El Papa y los lobos

La mala salud nunca ha sido motivo para la renuncia de un papa al papado. No lo fue para Gregorio XII, el último que renunció, en 1415, porque lo hizo para salir del embrollo del cisma de Occidente . Los papas mueren con el cetro puesto. El motivo lo dijo el propio Benedicto XVI al periodista Peter Seewald en mayo del 2010: “Si el Papa llega a reconocer con claridad que no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho y en ciertas circunstancias también el deber de renunciar”. ¿Qué encargo y qué circunstancias requerían del frágil Papa una fuerza que ya no tenía? Hay que remontarse a la elección de Joseph Ratzinger en el 2005. Fue catalogado como papa intelectual, brillante teólogo, defensor de la restauración de los valores espirituales, aun dogmáticos y desfasados, que constituían la identidad de la Iglesia. Pero su principal función, de 1981 al 2005, fue presidir la Congregación para la Doctrina de la Fe, anteriormente llamada Inquisición, o sea, el KGB del Vaticano. Ratzinger tenía toda la información sobre la degeneración moral y la corrupción financiera de la milenaria institución en que refugian sus tribulaciones o disfrazan sus malandanzas 1.200 millones de seres.

Decidió actuar, empezando por la pederastia, esa enfermedad endémica de la Iglesia católica. Su objetivo inmediato fueron los Legionarios de Cristo, la poderosa congregación, emanada de la oligarquía mexicana y protegida por los anteriores papas, en particular por Juan Pablo II durante su largo papado. Marcial Maciel, el legionario en jefe, pudo al fin ser expuesto públicamente como abusador sexual de niños, empezando por sus propios hijos, drogadicto y estafador financiero. Murió desterrado y la congregación fue intervenida por un delegado vaticano. Se salvó de la disolución con su desvinculación explícita de su fundador, aun a sabiendas de que este había creado un sistema que aún persistía. Fue protegida por el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado y mano derecha de Juan Pablo II. Benedicto XVI relevó a Sodano, pero se encontró sin aliados fiables en la curia vaticana, constituida mayoritariamente por cardenales italianos con vínculos históricos con la política, las finanzas y el mundo subterráneo de Italia. Una organización “devastada por jabalíes”, dijo el Papa.

Ratzinger sabía la extensión del abuso sexual en la Iglesia, en particular sobre menores, y era consciente del encubrimiento de los pederastas por sus superiores eclesiásticos. Necesitaba apoyos y para ello tenía que doblegar la trama enquistada en las alturas del Vaticano. Buscó aliados. En el 2006, nombró secretario de Estado al cardenal salesiano Tarcisio Bertone, un campechano salesiano piamontés que no formaba parte de la élite, conocedor de los laberintos vaticanos. En realidad, su conexión profunda era con el verdadero secreto del Vaticano, las finanzas de la Iglesia, redes financieras de oscura contabilidad estructuradas por el Instituto para las Obras de la Religión, el banco vaticano, escenario de repetidos escándalos, conectado en momentos con la logia P4, con un pasado de suicidio (o asesinato) de su presidente y con indicios de servir para blanqueo de dinero. Grave error. Su hombre de confianza no encubría pederastas, pero era quien supervisaba negocios poco claros, como los de las contratas de obras.

Pero en el 2009 el cardenal Carlo Maria Viganò fue nombrado secretario del Governatorato responsable de la intendencia. El 27 de marzo del 2011, Viganò escribió una carta al Papa denunciando las “corruptelas y privilegios” que vio al asumir su cargo. En otra carta añadió: “En el Vaticano trabajan siempre las mismas empresas debido a que no hay transparencia alguna en la gestión de los contratos de construcción e ingeniería”. Bertone exigió su destitución y el Papa lo envió de nuncio a Washington en el 2012, pese a sus protestas y advertencias. Entonces otra red interna vaticana (apodados los cuervos por la prensa) decidió pasar a la ofensiva “para proteger al Papa” y obtuvo de su mayordomo Paolo Gabriele la filtración de la correspondencia secreta del Papa. Fue el llamado Vatileaks, en cuyas cartas se revelaban algunos de los detalles que he comentado. La policía detuvo a Gabriele y al informático que lo ayudó, Sciarpelleti, en cuyo poder encontraron la documentación secreta. Aun contradiciéndose en su declaración, Sciarpelleti declaró que las cartas se las dio monseñor Polvani, que resulta ser sobrino del cardenal Carlo Maria Viganò. Malas lenguas sostienen que en realidad los cuervos fueron creados por el propio Papa para airear las conspiraciones. Porque entre otras se encontró una carta del cardenal colombiano Castrilla al Papa relatándole que Paolo Romeo, arzobispo de Palermo, había dicho a un interlocutor que el Papa moriría en los próximos 12 meses. El Papa indultó a su mayordomo, le encontró casa y trabajo a cambio de silencio, y nombró una comisión de cardenales octogenarios (no papables) para investigar los hechos, que entregó su informe el 17 de diciembre. Sólo el Papa conoce su contenido.

Pero la batalla decisiva fue sobre el control del banco vaticano. El Papa había nombrado a un amigo fiable, Ettore Gotti Tedeschi, miembro del Opus y representante del Grupo Santander, para terminar con el blanqueo de capitales. Bertone y su hombre de mano, Marco Simeon, director de la radio y vinculado a la logia P4, consiguieron la destitución de Tedeschi y buscaron un candidato afín para sustituirlo. El Papa frenó la operación y se la jugó a Bertone. Su última decisión antes de renunciar fue nombrar a un industrial alemán, barón Ernst von Freyberg, con instrucciones de limpiar el banco.Y no es la última jugada de Ratzinger. Antes de dimitir buscó un posible sucesor con energía para seguir esa tarea de regeneración que no pudo terminar. No se sabe quién es la persona, porque si se supiera la santa alianza de los poderosos arzobispos italianos Scola, Ravagi y Bagnasco lo bloquearía. Quizá podría ser Luis Antonio Tagle, arzobispo de Manila, de 56 años, con ideas reformistas. Sería el legado de un Papa que, en palabras de L’Osservatore Romano, fue “un Papa rodeado de lobos”.

Manuel Castells

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