El papel español en la fundación de EE UU

Por Carla Blank, autora de Rediscovering America, 2003. Traducción de Mireia Sentís (EL PAÍS, 09/10/07):

La reciente visita a Jamestown (Virginia) de la reina Isabel de Inglaterra fue acompañada por una ráfaga de artículos acerca de la fundación de Estados Unidos por anglosajones. Estos relatos establecen con exactitud que Jamestown fue el primer asentamiento inglés permanente, pero yerran cuando consideran a Jamestown el primer asentamiento colonial europeo en Norteamérica.

La edición de la revista Time del 7 de mayo tenía como titular de portada ‘Norteamérica, 400 años. Cómo la colonia de Jamestown nos ha hecho lo que somos’. En su interior, el artículo estelar, de Richard Brookhiser, llevaba por título ‘Una mirada en profundidad al lugar donde nuestra nación empezó a tomar forma’. Enterrado en este artículo figura el reconocimiento de cierta presencia española en 1607: “Los 104 colonos… eran los últimos participantes en la lotería del Nuevo Mundo. España había conquistado México en 1521, Perú en 1534”. Pero tales declaraciones ignoran los primeros asentamientos permanentes en el actual territorio de Estados Unidos, que eran también españoles:

En 1565, la capital del territorio colonial español de La Florida fue fundada en San Agustín (ahora, Saint Augustine) por el comandante de la armada española Pedro Menéndez de Avilés, y permaneció como posesión española hasta 1817.

En el territorio español de Nuevo México, un área que se convertiría en el suroeste de Estados Unidos, los españoles fundaron Santa Fe en 1607, el mismo año en que llegaron los primeros colonos a Jamestown. En 1610, Santa Fe era designada oficialmente capital, convirtiéndose así en la más antigua del país. El Palacio de los Gobernadores, desde el cual los españoles regían Nuevo México, fue construido ese mismo año en la plaza de la flamante ciudad, con materiales y estilo adoptados de los pueblos indígenas locales. Hoy día, continúa en pie.

La preferencia nacional estadounidense por reivindicar la ascendencia inglesa no es nueva. La mayoría de sus antologías literarias comienzan con los puritanos, sin ni siquiera mencionar el hecho de que antes de su llegada ya existían publicaciones literarias en lengua no inglesa. El primer informe etnográfico de las tierras que más tarde se convertirían en EE UU fue escrito en español, y no en inglés: La relación (1542) de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. ¿Cuántos ciudadanos de EE UU se han enterado de que los estudios y las letras españolas iniciaron importantes instituciones de lo que sería la futura cultura estadounidense?

De acuerdo con la introducción a la Antología de la herencia literaria hispánica en Estados Unidos, de Nicolás Kanellos: “Para bien o para mal, España fue el primer país en introducir una lengua europea escrita en una zona que se convertiría en parte de Estados Unidos. Comenzando en 1513 con los diarios de viaje por Florida de Juan Ponce de León, la conservación de registros civiles, militares y eclesiásticos llegó a ser práctica corriente en las comarcas, entonces hispánicas, del sur y suroeste de Estados Unidos… Todas las instituciones de alfabetización -escuelas, universidades, bibliotecas, archivos gubernamentales, tribunales y otras- fueron introducidas en Norteamérica por los españoles a mediados del siglo XVI”. Y sin embargo, en su libro de 1992 La desunión de Norteamérica. Reflexiones sobre una sociedad multicultural, el fallecido historiador Arthur Schlesinger Jr. defendía el mito de que la nación norteamericana está influida por una única cultura europea: “La tradición anglosajona blanca y protestante fue durante dos siglos -y en algún aspecto esencial sigue siéndolo- la influencia dominante sobre la cultura y sociedad norteamericanas. Esta tradición suministró el estándar al cual habrían de adaptarse otras nacionalidades inmigrantes y la matriz a la cual terminarían por asimilarse”.

La actitud de Schlesinger trae a colación otra postura muy popular entre los intelectuales de EE UU: aunque “anglosajón” es una designación étnica como cualquier otra, los líderes de este grupo afirman representar al conjunto de los norteamericanos e insisten en que todos los demás abandonen sus respectivas etnicidades y se sumen a la suya.

En ‘Trans-National America’ (New York Review of Books, 22-11-1990), el profesor de Ciencias Políticas Adrew Hacker reseñó cinco libros relacionados con la etnicidad en las aulas estadounidenses. Su análisis revelaba que los libros contenían muchas cuestiones y puntos de vista contradictorios. Sin embargo, Hacker concluía que la evaluación realizada 150 años antes por Alexis de Tocqueville según la cual el “modelo prevaleciente en el país sigue siendo angloamericano”, es todavía correcta “en muchos aspectos”.

Dado que esta perspectiva se ha generalizado en la política educativa estadounidense, resulta alentador que un 26% de las cartas al director recibidas por Time el 21 de mayo opinara que “concentrarse en Jamestown excluye otras culturas que ayudaron a construir Norteamérica”. Ahora bien, el 74% restante apoyó el planteamiento de la revista, porque “adoptar una visión honesta sobre la vida de Jamestown enriquece nuestra democracia”.

Si los estadounidense omitimos la multiplicidad de acontecimientos y culturas que se desarrollaron a lo largo de más de dos terceras partes del territorio actual del país, proseguiremos alejándonos del reconocimiento de los aspectos fundamentales de nuestra identidad nacional.