El papelón de los socialistas

Por si no estaba ya suficientemente claro, el paso dado ayer por José Luis Rodríguez Zapatero confirma el grave error político que cometió en mayo pasado, cuando decidió prolongar la legislatura a pesar de la formidable derrota que el PSOE había sufrido en las elecciones municipales y autonómicas. Porque desde entonces su Gobierno no ha hecho sino navegar sin rumbo, al albur de las presiones externas, extranjeras y españolas, adoptando medidas que, además de ser impopulares, contradicen lo que queda del ideario socialista. Con ello no solo no ha conseguido mejorar las posibilidades electorales del PSOE, sino que ha comprometido el futuro mismo del partido.

La reforma de la Constitución para introducir en ella una norma que limite el gasto del Estado y el de las autonomías es una imposición del Gobierno de Angela Merkel, y su aceptación por parte de Zapatero está destinada fundamentalmente a convencer a la opinión pública alemana de que no es descabellado que su país apoye financieramente al nuestro. Con el más elemental de los argumentos: el de que España aplica las reglas germanas. Pero esas normas responden a tradiciones políticas y constitucionales específicas, a una trayectoria que poco tiene que ver con la nuestra.

Dadas las circunstancias terribles en las que se encuentran nuestra deuda pública y privada, seguramente no había más remedio que aceptar esa imposición. Pero eso no obsta para que la introducción en nuestra carta magna de un elemento extraño y muy relevante constituya un hecho extraordinario que, a medio y largo plazo, puede propiciar un cambio sustancial de la concepción de nuestro Estado de las autonomías. Un hecho que se habrá producido con una facilidad injustificable, sin debate alguno, como si no tuviera importancia.

Los socialistas han cargado sobre sus espaldas la responsabilidad de un paso que puede llevar al cajón de los trastos viejos todas las posiciones que su partido ha mantenido hasta ahora en la materia. Un PP cada vez más marcado por sus actitudes neocentralistas se ha librado de tener que hacer ese papelón, de enfrentarse a la parte de la opinión pública que posiblemente se habrá tomado la medida como una afrenta. Y seguramente sin haber perdido un solo voto, quién sabe si habiendo ganado alguno gracias a la nueva imagen de debilidad que acaban de dar sus rivales. Cabe sospechar que al PSOE le habría ido bastante mejor si la reforma la hubiera propuesto un Gobierno de la derecha.

Alfredo Pérez Rubalcaba parecía ayer superado por los acontecimientos. Su explicación de que Zapatero le había convencido de la oportunidad de la reforma constitucional cuando le dijo que Mariano Rajoy estaba de acuerdo con ella es, como poco, muy pobre. Su insistencia en defender la opción contraria hasta hace unas semanas tampoco mejora su imagen de buen calculador. Pero lo peor para él, resultados electorales aparte, es cómo orientará a partir del 20-N su tarea de líder de la oposición en esta materia, que todo indica que será crucial en la futura legislatura.

Carlos Elordi, periodista.

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