El paraguas de ETA

La ceguera del Tribunal Constitucional inauguró una nueva fase en la evolución de los problemas políticos en Euskadi, haciéndonos recordar que la ceguera de la Justicia concierne al rechazo de cualquier influencia externa, no al reconocimiento de la realidad. Era evidente que en unas elecciones europeas, por debajo de los dos o tres primeros nombres, podía rellenarse la lista con toda suerte de ciudadanos no implicados, que era en el vértice donde había que buscar las conexiones requeridas en la Ley de Partidos. Y con su encomiable lealtad de más de treinta años al mundo de la izquierda abertzale, sus escritos en pro de no condenar a ETA y su reciente presencia en una candidatura de ANV, Alfonso Sastre no ofrecía la menor duda. El hecho será sobre todo importante de cara a los recursos presentados por Batasuna en Estrasburgo, ya que al representante jurídico del Estado español le será difícil explicar por qué unas veces A es B y otras A no es B. Ahora bien, no es éste el único efecto de la participación de los inter-nacionalistas. Los buenos resultados de esta Neobatasuna coinciden con el frenazo al despegue de Aralar y el retroceso sensible del hasta ahora partido del eterno gobierno. El mapa del nacionalismo se está modificando, en consecuencia, y no precisamente en el sentido de una normalización política del país.

Porque una vez más ha quedado de manifiesto la cohesión de ese electorado que se mantiene vinculado simbólicamente a ETA, y que ve en la organización terrorista el guía para alcanzar el objetivo fundamental: la independencia de Euskal Herria, o cuando menos de las cuatro ‘provincias del Sur’. Las elecciones autonómicas de marzo hicieron nacer la esperanza de que el espacio independentista, con una visión del país y una composición social similares, la vocación de hacerle la vida imposible al PSOE (apoyo a la huelga general) y una voluntad de equidistancia entre los dos ‘sufrimientos’ -el de las víctimas y el de sus causantes-, pero con un rechazo claro de ‘la violencia’, fuera ocupado por Aralar. Un tercio de los potenciales votantes de Batasuna respondió a la convocatoria y pudo esperarse una evolución progresiva en ese sentido, acorde con el distanciamiento de ETA que parecía observarse en las encuestas. Ahora, como en el canto de Beotibar, las aguas han vuelto a su cauce y la hegemonía del colectivo-Batasuna quedó más que comprobada. Incluso en Navarra, si bien aquí el hecho de estar Nafarroa Bai envuelta en una candidatura plural donde el eurodiputado iba a ser de Esquerra favoreció sin duda la rotunda victoria relativa de los falsos ‘internacionalistas’ al aparecer como única candidatura explícita de izquierda abertzale.

«La tropa está encantada», me decía en Euskal Telebista un contertulio procedente del campo batasuno. Tiene razones para ello, al igual que los demás tienen razones para preocuparse. Aralar encarnaba el ideario de izquierda abertzale en todos sus aspectos, pero desvinculado de la organización terrorista. Batasuna y sus cien máscaras encarnan la pretensión de operar con una autonomía de superficie en el campo político democrático, aspirando a ser consideradas organizaciones legales, pero manteniendo un inequívoco enlace con ETA, simbólico hacia el exterior y efectivo en la esfera interna. Curiosamente, para alcanzar el óptimo técnico en esta situación, logrado en las europeas, vino de perlas que ETA por un tiempo no matase. Cobraba así forma una imagen positiva de la banda que, para los seguidores de Batasuna, si no mataba era por su buena voluntad: quiere realmente la paz en el país y busca una nueva negociación donde sus objetivos ‘democráticos’ se vean realizados. Pero tampoco debía desaparecer, ya que suyo ha sido el protagonismo del proceso que debe ahora seguir y que estuvo a punto de triunfar en las conversaciones de Loyola. Lógicamente, si cometía algún atentado o alentaba la conflictividad en la calle era porque ‘el enemigo’ se mantiene en su perversa actitud de perpetuar ‘el conflicto’, y conviene recordarle en todo momento que ‘el pueblo’ seguirá luchando. Avalado por la confirmación de la hegemonía del referente ETA entre la izquierda abertzale en las elecciones, el atentado criminal de Arrigorriaga ha supuesto así así la puesta a prueba desde el Gran Hermano de la lealtad de Batasuna. Y si todo sale como se espera, si la ideología sigue atenazando las conciencias -como acaba de suceder-, visto bueno para seguir asesinando en la medida que los recursos lo hagan posible. Así las cosas, la figura de Otegi, con sus falsas palabras de cambio, señuelo para el ‘polo soberanista’, adquiere los rasgos de un payaso trágico.

Mientras no hubo muertes, resurgieron las voces de fuera, los antiguos defensores de la equidistancia y del ‘diálogo’, para asimilar la comprensión de que la base política de Batasuna se mantiene -‘siguen ahí’- con la imperativa necesidad de que ‘en Madrid’ entiendan que hay que darle un cauce legal, esto es, que hay que reintroducir a ETA en el sistema político del cual fue excluida trabajosamente gracias a la Ley de Partidos. Y olvidando lo que ya está comprobado: es ETA la que sitúa la partida en el tablero de la muerte.

La confirmación electoral de una fuerte izquierda abertzale colocada bajo el paraguas de ETA tampoco fue una buena noticia para el PNV. Si en capitales como San Sebastián y Vitoria se confirma el predominio de PSOE y PP, e incluso en Bilbao la votación lograda por el PSOE roza una mayoría conservada a duras penas, en las zonas rurales los neobatasunos amenazan directamente al PNV como primer partido, cuando no lo desplazan lisa y llanamente. Un mal presagio de cara a las futuras elecciones locales. El mapa de un ‘polo soberanista’ va cobrando forma, desde la Navarra atlántica a los epicentros del nacionalismo radical en Guipúzcoa, aunque Vizcaya y Álava sigan resistiendo a la penetración radical. No obstante, aun desde su posición minoritaria, los verdaderos abertzales seguirán presionando pueblo a pueblo sobre un nacionalismo democrático que ya no cuenta con la justificación de que gracias a su pragmatismo los patriotas gobiernan en Euskadi. El desgaste experimentado por los antiguos jelkides en las europeas resulta bien elocuente.

Por otra parte, ha sido el PNV de Ibarretxe el que ha construido su propia trampa, al insistir una y otra vez, con planes y consultas frustrados, que precisamente al tropezar con el obstáculo de la legalidad española venían a confirmar la aparente necesidad de la otra vía, basada de un modo u otro en la violencia. Al apuntar hacia el independentismo, el PNV trazaba una línea convergente con Batasuna y ETA; al mantenerse en la esfera legal erosionaba su propia hegemonía en el campo abertzale. La estéril insistencia en la descalificación del Gobierno López desde las elecciones no sirvió a otro propósito: no ha movilizado a su propio electorado y proporciona argumentos a sus competidores. Mientras conservó la Lehendakaritza y la mayoría parlamentaria (con el tripartito), tales oscilaciones le permitían jugar a dos bandas, incluso a pactar con el Gobierno Zapatero en Madrid. Ahora el PNV se ve obligado a elegir, y no vendría mal que lo hiciera tras una profunda reflexión, dado el papel axial que sigue desempeñando en la política vasca. Un razonable regreso a un autonomismo reivindicativo tropezará con la presión de los radicales en ascenso, que buscan presentarse en las próximas elecciones como los auténticos patriotas vascos. La deriva hacia el soberanismo lleva a Euskadi hacia la desestabilización. De momento, la sucesión de obstáculos puestos a todos los niveles ante el Gobierno de Patxi López sólo puede acarrear para el PNV la pérdida de Álava. Al viejo partido le llega el momento de hacer política, y ante el primer reto sólo ha mostrado su incapacidad: como tantas veces en el pasado, Urkullu se limita a condenar el crimen de Arrigorriaga por razones humanas, negándose a dar a la condena dimensión política alguna. Muestra que su posición se caracteriza hoy por la inseguridad, a diferencia de la que tienen aquéllos que permanecen bajo el paraguas simbólico de ETA, sin importarles que una vez más se encuentre teñido de sangre.

Antonio Elorza, catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense.