¿El paraíso?

Algunos de los que nacimos poco antes de la Guerra Civil recibimos una educación profundamente religiosa, católica, en la que primaban creencias certeras y dogmas que se arraigaron en nuestras almas. No en todas, claro. Así que quedaron muchas preguntas a la espera de lucubraciones oníricas intransferibles, propias de una ignorancia profana, que piden explicación tras reflexión esperanzada. En ella me centro.

Sueño con un espacio ilimitado, el Cielo, en el que aparecen sin tregua espíritus humanos de origen terráqueo o universal, situados ya en la sempiternidad alcanzada. Sus ideas coloquian, mente y alma incorpóreas, con las de los innumerables autores que les acompañan.

La justicia, que caracteriza esencialmente a nuestra conciencia, sedienta de un balance en permanente ajuste, riguroso y exacto (con premio al que mereció y castigo al que restó, luz y oscuridad respectivas, que saldarán en cada caso el equilibrio), pide trascendencia, un Más Allá que la haga posible, que la culmine.

A todos nos gusta encontrarnos aquí, en la Tierra, con nuestros amigos, hablar con ellos, mirarles a los ojos para leer sus sentimientos cercanos. Y no son tantos; nos apetecería que fueran más. La verdad es que mientras disfrutamos de la relación no nos damos cuenta, no la valoramos pertinentemente.

A medida que entro en la vejez siento la felicidad según la estoy viviendo. La pretendo cuando, por experiencia, la espero, y pasada, la añoro. Muy poco a poco la voy conociendo. De ahí que sueñe con el Cielo.

Cómo me gustan los churros crocantes —no los blandos— con azúcar y chocolate a la francesa. Antes me los tomaba sin más. Hoy, vetusto, los paladeo y me entero.

Lo mismo me ocurre con las tertulias enjundiosas de aquellos conocidos que, en tiempos, despilfarré. Ahora las aprecio al máximo.

En este estadio (sigo en el Cielo), me imagino como espíritu feliz rodeado de ideas personalizadas, atractivas, nacidas desde tiempos inmemoriales, creadas por los que, en tierra, las generaban para encielarlas después. Placer infinito y crecedero porque quienes aparecen de continuo —la procesión de los que despiden la vida terrenal— las seguirán aumentando, aportando las propias. Capital espiritual que nunca se acaba, de florecimiento perenne.

Los creyentes en divinidades a las que adoraron las vivirán inmediatas con intensidad desde aquí inimaginable. El amor al Mensajero divino que sufrió la cruz blasfema será emocionante como el que sentirán por su Madre, maternidad incomparable.

El Ser Supremo lo será para todos aquellos que a Él hayan llegado por distintos senderos, unos creyendo y otros negando.
Por Él nos sentiremos rodeados, en plenitud total.

Sabemos que, para nosotros, la Tierra fue el Obrador, el Taller para la creación del ideario merecedor de este Edén.
A mí (misterio), me interesó desde crío la belleza y espero: sentirme colmado Allí; no padecer fealdad alguna en el inmenso entorno; gozar del placer de ver, sí, ver, ideas hermosas surgidas de tantísimas presencias nuevas en el éxtasis celestial.
Atisbo de belleza tan deseada nos la dio en Tierra —ésta física— la Naturaleza en estado puro. Nosotros, los arquitectos, que aspirábamos a edificar cuerpos y conjuntos armónicos y ordenados, nos orientábamos al mirar los mundos, vegetal y animal, intocados; el orden sutil y enigmático que, como humanos, tabulábamos, simplificando. Nuestra obra resultaba, en el mejor de los casos, lo que un robot respecto a su modelo inspirador y soñado.

Simetrías, hasta hace poco respetadas, hoy son cuestionadas en nuestro oficio. No se verá un lepidóptero, una mariposa, cuyas alas pareadas estén diferentemente pintadas. Igualmente riguroso será el respetuoso equilibrio que caracteriza a aves y peces hemisimétricos. Y si analizamos el mundo de los animales superiores apreciaremos el evidente pareamiento de ambos lados de todas y cada una de las caras; los lagrimales negros del guepardo —la chita— modelo de maquillaje femenino; las barbas de los leones, aunque, como en los hombres, puedan, por defecto, ser más ralas al este que al oeste; los colmillos de los elefantes, que, quizá por su desgaste, lleguen a diferenciarse; las astas de los toros; los trofeos de caza, el corzo, el rebeco, el muflón, el gamo, el venado. Sin embargo, el ritmo pinturero de los cuerpos queda liberado: perros, caballos, tigres y leopardos asimetrizan sus coloreados tras haberse mantenidos fieles a la ley, como señalé, en sus visajes, la parte más noble de sus cuerpos.

El crecimiento en el mundo vegetal genera imágenes distintas pero siempre coherentes con su química orgánica: el nacimiento de las ramas surgidas del tronco central en formas de máxima economía constructiva; las distintas espirales que generan las simetrías dinámicas, inspiradoras de las razones y secciones áureas, y de los giros en plantas gamadas animadoras de arquitecturas meditadas; las secuencias de los nudos troncales a compás de las ramas caídas…

Hoy, en un mundo pretenciosamente rebelde, se atenta contra tales leyes a la busca de lo inesperado. Quienes logren la emoción de una bella sorpresa se sumarán al paraíso celestial en sinfonía y concierto.

Quienes destruyan u ofendan con sus informalidades disparatadas caerán al incomunicado silencio del presidio infernal. La «intelectualidad» presente, la que da la cara, presume de agnóstica según lo que se lleva; la hermética y púdica, fiel a su conciencia, no habla, pero reza y sabe que la siguen innumerables gentes que se entienden a diario con Quien creen que les escucha.

l otro día, para mi asombro, se desarrolló una tertulia en «Lágrimas en la Lluvia» entre tres exorcistas oficiales —sacerdotes católicos y cultos— sobre las acciones actuales de los demonios y de sus poseídos. Al principio me sonó a broma, pero, tras una hora reflexiva y bien llevada, me sentí interesado y —¿por qué no?— informado de la terca constancia activa de un espíritu siempre presente.

Me temo que los que hemos gozado de una vida cinco estrellas hayamos amortizado parte de nuestros hipotéticos derechos natales, cuando los que sufrieron miserias se encontrarán Aquí con la cosecha generosa de sus siembras, si dolorosas, rentables.

Todos, unos y otros, recibiremos las respuestas a tantas preguntas que quedaron incontestadas.

Y quisiera personalizar al Ser Supremo —si esto fuera posible— en su sensibilidad artística y estética, de ninguna manera codificada. Me fijo en un girasol cuyo desarrollo he seguido atento este año. Nació de una «pipa», emergió y fue erigiendo tallo; poco a poco, hojas verdes que danzaban al viento; y, entonces, apareció la mínima bóveda circular de la que nacerían los dorados pétalos que habían de buscar el sol, la luz, para su contento. ¿Qué código químico-genético es capaz de guiar la vida con tan soberbia y bellísima humildad?

Cuando me cuentan —hasta en internet— que el mundo o Dios —les es igual— son el autor, me digo: ¿es el mundo físico apto para crear cerebros de los que surgen poemas y sinfonías, acordes y bellezas que despiertan emociones? ¿O es nuestro Dios, Autor sublime, infinito e inalcanzable, Quien Allí nos obsequiará con su presencia aclaradora: respuesta total a nuestra eternidad?

Por Miguel de Oriol e Ybarra, arquitecto.

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