El partido de Lincoln

Por Pablo Salvador Coderch, catedrático de Derecho Civil de la Universitat Pompeu Fabra (EL PAÍS, 22/10/06):

Fundado por oponentes a la expansión de la esclavitud, el Partido Republicano, con Abraham Lincoln a la cabeza, se hizo con la presidencia de los Estados Unidos en 1860, forjó la Unión a cañonazos y emancipó a los esclavos. Tras la Guerra Civil (1861-1865), gestionó la industrialización galopante de la nación y casi consiguió apropiarse de ella, hasta que, muy entrado el siglo XX, Woodrow Wilson, un catedrático idealista, ganó las elecciones presidenciales en 1912 y 1916 y promovió el programa legislativo del progresismo.

Tras otro interregno republicano, la Gran Depresión trajo en 1932 al segundo Roosevelt y a su New Deal, una coalición improbable entre liberales del Norte y Demócratas racistas del Sur que gobernaría durante una generación, pero que saltaría por los aires a mediados de los años sesenta cuando un presidente tejano, Lyndon Johnson, se enajenó, primero, al Sur con la legislación sobre derechos civiles y, en seguida, al resto del país con el desastre de Vietnam. Desde entonces, los Republicanos pugnan por volver a ser el alma de América, su mayoría natural. ¿Deberían conseguirlo?

No, no les conviene a los norteamericanos, pero tampoco a nosotros mismos: el Partido Republicano lleva ya mucho tiempo mandando y controla los tres poderes del Estado -el Legislativo, el Ejecutivo y la cúspide de la Justicia- circunstancia intrínseca y universalmente insana; además, su política exterior jamás se alineará de modo sostenido con nuestros intereses primordiales de europeos meridionales: el Partido de Lincoln tiene un alma distinta a la nuestra. Más allá de la política, esta gente proviene de un protestantismo pietista, cuya historia profunda detesta "el ron, los romanos y los rebeldes", es decir, la libertad privada de darse al vicio del alcohol, a los católicos romanos y a los confederados, que quisieron separarse de la Unión. Aunque hoy su diablo particular son las drogas, a pesar de que hayan situado a cinco magistrados católicos en el Tribunal Supremo y por más que se hayan hecho con el Sur, en el fondo de su corazón, nunca dejarán de mirarnos de medio lado. Para un republicano blanco y presbiteriano, un español es indiscernible de un hispano y ambos son poco menos que una amenaza cultural: en inglés americano, "amigo" es despectivo, algo que don José María Aznar ignoró a su riesgo.

En cambio, los Demócratas siempre han estado más cerca de las comunidades litúrgicas -paradigmáticamente, de la católica-, de los inmigrantes, de los judíos y -fuera del Sur- de los descendientes de los antiguos esclavos. Son un desmadre, claro, y uno no acierta a ver todavía a alguien que vuelva a centrarles, como consiguió hacer Bill Clinton, pero a poco que se aplicaran, el próximo 7 de noviembre podrían recuperar, al menos, una de las dos Cámaras y preparar desde el Congreso su asalto a la presidencia en 2008.

La debacle de la Guerra de Irak podría ayudarles, pero no estoy nada seguro, pues, como narra en un libro magnífico el periodista Thomas E. Ricks (Fiasco. The American Military Adventure in Iraq, 2006), todas las instituciones públicas y privadas de la nación fallaron entre el 26 de agosto de 2002, día en que Dick Cheney declaró impasible que los iraquíes tenían armas de destrucción masiva, y el 5 de febrero de 2003, cuando un Colin Powell rotundo y aparentemente sincero lo repitió ante el mundo.

En el ínterin, el Congreso en masa, el New York Times, la cúspide militar y el país entero entraron al trapo y ahora, ni Demócratas, ni Republicanos saben adónde mirar. No a sus propias bajas, por supuesto: casi tres mil muertos, cada uno de ellos enterrado por una montaña de cien millones de dólares que se podrían haber gastado en cien mil cosas mejores, como en educación, infraestructuras y seguros sociales.

En menos de cuarenta años, la Unión que soñó Lincoln ha pasado de doscientos millones de habitantes a trescientos y la Oficina Federal del Censo predice que serán cuatrocientos en 2043, es decir, que el país va a conservar masa crítica suficiente para afrontar con serias probabilidades de éxito el retorno del imperio chino, el cual no usa el inglés como lengua de cultura. Y los guardianes de la élite Republicana, conocedores de que el tiempo de la estrategia es geológico, juegan, desde la fundación del Partido, la carta de la hegemonía del inglés, de las iglesias y de los individualistas: el americano de verdad, dicen convencidos, habla en inglés, pertenece a una comunidad y se busca la vida por su cuenta, no por la del contribuyente. Quizás. Demasiadas veces, los españoles nos reímos de la religiosidad americana. De nuevo, a nuestro riesgo: ¿en qué maldito lugar de Europa podría sobrevivir una comunidad amish?

Desde luego, la demografía juega en contra de los Republicanos, pero darlos por muertos sería otra imprudencia. Puesto a equivocarme, osaré dar algunos nombres para los próximos dos años. Tres son muy conocidos en Europa: Rudy Giuliani, 62 años de edad, nacido en Brooklyn de humilde cuna, un ex alcalde de Nueva York que supo galvanizar la ciudad en su peor hora, aunque no es nada simpático; John McCain, 70 años, encarnación del tipo duro, lacónico y leal -héroe de guerra-, senador por Arizona, respetado, pero muy suyo y ya mayor; Condy Rice, 52, inteligente, con mucha experiencia y alguien que, a diferencia de su némesis, Hillary Rodham Clinton, aceptaría postularse sólo para la vicepresidencia, aunque la persigue una fama de áspid. Los tres que siguen suenan menos aquí: Mitt Romney, 59, gobernador de Massachu-setts -que ya es mérito para un Republicano-, pero mormón; George Pataki, 61, ex gobernador de Nueva York, granjero, pero abogado; Bill Frist, 54, también del Sur y líder de la -hasta ahora- mayoría Republicana en el Senado, quien se retira este noviembre. A otros pueden retirarlos los electores. No estaría mal.