El partido de Zapatero

Por Javier Zarzalejos (EL CORREO DIGITAL, 25/11/07):

Es verdad que se está tomando a broma, pero uno de los fenómenos de mayor interés, y de seguras consecuencias para el futuro, es la transformación del Partido Socialista Obrero Español en el Partido de Zapatero o el Partido de la ‘Z’, para redondear el mensaje propagandístico. Sin embargo, no es un mero recurso publicitario. Entre sonrisas de displicencia o de adhesión, Zapatero empieza a concitar en torno a sí un culto a la personalidad desconocido en la trayectoria democrática de nuestro país. A muchos nos parecen simplemente sonrojantes los intentos del taller de Suso de Toro por hacer del presidente del Gobierno una leyenda viva, en la que se reúnen en armónica convivencia una mente penetrante con un carácter de virtudes silenciosas y una vocación política a cuyo servicio se aplica la astucia heladora del personaje. Seguramente Zapatero tampoco necesita tanto masaje que sólo se explica como alimento de un ego que parecería requerir de autoafirmación a cada paso. El caso es que, además de los productos del polígrafo de Toro, la ‘Z’ preside la nueva ortografía -qué inquietante manía ésta de de manipular el lenguaje-, en los mítines de los socialistas, el atril desde el que hablan los oradores es una gran ‘Z’ (de Zapatero) y, a cinco meses de las elecciones, es muy probable que la imaginación mitómana genere nuevos artefactos para subrayar la esencia personalista de la apuesta electoral y política del PSOE. Eso sí, tendremos que escuchar aquello de que lo importante no son las personas, sino los programas.

La novedad del fenómeno se acentúa porque no han faltado en nuestro país liderazgos fuertes. Felipe González y José María Aznar no fueron precisamente dirigentes irrelevantes en sus respectivos partidos pero a nadie se le ocurrió hablar del partido de la ‘G’ o de la ‘A’. La admiración puede dejar espacio a la racionalidad. No, lo de Zapatero no es liderazgo, es otra cosa. Tal vez (es una simple especulación) ya se le empiece a quedar pequeño el Partido Socialista y lo suyo sea encabezar un proyecto de izquierda sin fronteras o es posible que en vez de esperar a que el desgaste del poder instale la mediocridad en la dirigencia, Zapatero haya decidido que precisamente la mediocridad es su aliada natural y, por tanto, la haya instalado desde el principio con efectos tan embriagadores.

Hay en el socialismo quien se plantea con seria preocupación las consecuencias que puede tener esta metamorfosis para un PSOE sin poder. Zapatero despreciaría semejante preocupación porque no admite el supuesto de partida: su gestión y su proyecto consisten precisamente en no perder el poder. Si tiene razón en su apuesta, ya se verá. Hasta ahora lo único que hemos visto es a Zapatero obligado a replegarse de los grandes objetivos políticos cuya consecución garantizó: proceso de paz, revisión territorial, reconducción de los nacionalismos, diseño de una ‘nueva’ política exterior. Hemos apreciado en él gran soltura como gastador de la despensa llena, dotes innegables de táctico curtido en el aparato de partido, eficacia como comunicador capaz de hacer creíbles para muchos las manipulaciones más groseras de las palabras. Pero lo que no ha aparecido por ninguna parte es el estadista que ahora se glosa en un país retraído hacia la ficción autárquica y despreocupada del bienestar gratuito. Una gestión de gobierno en tantos casos más que mediocre, la pérdida de señas de identidad que ha experimentado el socialismo en España por su proceso de ósmosis nacionalista y el personalismo ensombrecedor de Zapatero constituyen una combinación inquietante para el futuro no muy lejano.

Aunque, al decir de Giulio Andreotti, el poder desgasta sobre todo al que está en la oposición, difícilmente podrá negarse que el PP ha demostrado encontrase firmemente afianzado en un amplio espacio político que ha superado sin fractura ni desmovilización la derrota del 14-M, el fin del liderazgo de Aznar y la estrategia de aislamiento de la izquierda y los nacionalistas. Los dirigentes socialistas han tomado buena nota de los resultados obtenidos por el PP en las dos elecciones de ámbito nacional celebradas en esta legislatura, las europeas de junio de 2004 saldadas prácticamente con un empate con el PSOE y las municipales del pasado mes de mayo, ganadas por el PP. Unos resultados que, además, vienen a confirmar el fracaso de la estrategia de radicalización del PP que buscaban los socialistas situando en la agenda política aquellos asuntos que más podían prestarse a descalificar al partido de la oposición como ‘derecha extrema’.

Si el objetivo era desalojar al PP del centro, los números muestran el fracaso de la operación que, bien al contrario, en quien ha acusado los perfiles de radicalismo es en el Partido Socialista y en el propio Zapatero, fuente inagotable de crisis en las que el presidente del Gobierno cree brillar. Si la estrategia del Partido Socialista hubiese triunfado, no le veríamos ahora borrando las huellas de tres años de legislatura, ni los sondeos oficiales tendrían que forzar la hipótesis de participación en las elecciones generales hasta el 80% para cocinar una ventaja presentable para el PSOE.

No es escaso mérito de Rajoy haber sido capaz de administrar esta duro cuatrienio preservando la solidez y la movilización del amplio segmento político que representa el PP. Sería interesante ver si el PSOE -por supuesto, no en la condiciones traumáticas del 14-M- saldría igualmente bien parado de una derrota electoral y un relevo en el liderazgo. En cualquier caso, es lógico que ahora el mensaje de Ferraz insista en que las elecciones no están ganadas. El 38% ó 39% de intención de voto que le dan las encuestas al PP no es suficiente para ganar pero el 41% ó 42% que le atribuyen al PSOE tampoco le aseguran la victoria a Zapatero. Se dice que el PP está preso de su derrota en 2004. Lo que parece claro es que el PSOE está preso de su victoria, es decir, de la necesidad de reproducir la atípica mayoría que se la dio. Es lógico que ahora el mensaje de Ferraz insista en que las elecciones no están ganadas. A los socialistas le falta el centro y por esa razón se ven abocados a un frágil juego de precarios equilibrios tácticos. No es fácil sacar pecho por la banderas españolas que inundaron Ceuta y Melilla durante la visita de los Reyes y al mismo tiempo apelar al voto útil de la izquierda radical y los nacionalistas, entre los que Zapatero se jacta de ser tan bien valorado, para ‘frenar a la derecha españolista’. Tan difícil debe de resultar que no es el PSOE el que lo intenta sino un nuevo partido, el Partido de Zapatero.