El pasado de Günter Grass

Por Miguel Escudero y Blanca Álvarez, escritores (EL CORREO DIGITAL, 04/09/06):

Hace unos años, cuando la vida era en blanco o rojo y vivía en permanente estado de radicalidad, hube de enfrentarme a las lágrimas de un hombre a punto de jubilarse de la Guardia Civil. No lloraba por apego al cuerpo, su llanto resultaba más terrible al imaginarlo bajo un tricornio y lo resumió en una frase: «Tenía quince años, hijo de viuda pobre en una aldea perdida de Galicia; cruzar el océano con una maleta de cartón me daba vértigo. O eso, o entrar al servicio de la Guardia Civil, o morir de hambre. Mi padre había sido un socialista que me enseñó a leer en panfletos ocultos bajo el colchón de hojas de maíz». Tenía 16 años cuando firmó su entrada.

No somos ni ángeles ni demonios. Pero entre las lágrimas del guardia civil y la desmemoria de tipejos que navegan por la política o las revistas del corazón sin recordar las cadenas y consignas utilizadas sólo unos años atrás hay una diferencia: la conciencia. En el primer caso aún sangraba, entre los segundos sólo existe el corcho. Gunter Grass ha confesado, hermosa y olvidada palabra como la de solicitar el perdón por los errores, haber estado alistado en las filas nazis. Con 15 años y en mitad del horror. No sé si es tarde, si existen intereses espurios o tan sólo se trata de saldar cuentas al final de todo. No dirigió, con voluntad, edad y conocimiento, un campo de exterminio, como quienes siguieron viviendo e incluso creando imperios empresariales de los dientes de oro arrancados a los prisioneros y protegidos por silencios interesados. No dirigió masacres a niños y mujeres en Shabra y Chatila para ser presidente, como Sharon.

Olvidamos el derrumbe de un hotel por fraude en los materiales de Jesús Gil y llega hasta la Alcaldía de Marbella; olvidamos el pasado franquista de faraones nacionales que se jubilan con pensión de ministro y agradecimientos por los servicios prestados -ríanse- a la Constitución. Sin embargo todo ‘quisqui’ se siente obligado a denostar la figura de Grass. Claro, es escritor. Los escribas fueron sagrados en la antigüedad, respetados, envidiados, admirados, marginados y ensalzados. A ellos pertenecía el don de la palabra. Ningún padre desea que su hijo sea escritor, pero no existe un burgués de medio pelo que no se fascine con la supuestamente interesante vida del escritor. Y Grass lo es. Por encima y por debajo de sus miserias humanas. Como lo fue Céline por más que nos indignen sus admiraciones al fascismo, como lo fue Ezra Pound, condenado a los hospitales psiquiátricos por sus mismas admiraciones. Como lo fue Víctor Hugo, a cuyo entierro asistieron todos los desheredados de París. Como lo fue Rimbaud, que abjuró de los burgueses que pagaban sus versos y masacraban a obreros revolucionarios.

Quien padece las glorias y miserias de este oficio ha de saber dos cosas: lo admirarán como a un dios mientras buscan la manera de asesinarlo; cualquiera de sus gestos será examinado a la luz de todos los soles, para imitarlo, calumniarlo, acusarlo, derrotarlo. Su palabra aún mantendrá algo de la divinidad para el resto de los mortales y su vida pertenecerá siempre a la marginación. Aunque se la revistan de metales preciosos. He dicho escritor, no cortesano/a. Lean este último término en todas las acepciones del diccionario de la Real Academia. Sorprende mucho el revuelo que se ha formado este verano al saberse que Günter Grass sirvió en las SS. Ha sido el propio escritor quien lo ha revelado a un periódico alemán, pocos días antes de aparecer su libro ‘Pelando la cebolla’, en donde refiere someramente su paso por esa ignominiosa organización. No obstante, su juvenil militancia nazi era bien conocida. Grass ha dicho que necesitaba y le agobiaba confesar su paso por las SS. No sé, a la vejez, viruelas. Ahora bien, la cuestión es saber si tal adscripción supuso algún delito concreto que se deba recriminar.

El autor de ‘El tambor de hojalata’ (1959) tenía 11 años cuando el régimen nazi hizo estallar la II Guerra Mundial. En 1990, nueve años antes de obtener el premio Nobel de Literatura, publicó un artículo, ‘Escribir después de Auschwitz’, en donde decía que a los quince años, seducido por la posibilidad de hacer novillos, inició su actividad como colaborador juvenil de la defensa antiaérea y refería su fanatismo como miembro de las Juventudes Hitlerianas, «era una estupidez generalizada, situada por encima de diferencias de clase o religión, que se alimentaba de la autocomplacencia de los alemanes». Asimismo deploraba haber aceptado sumirse en la ignorancia y consagrarse a causas ‘idealistas’, como la de considerar que ‘la bandera es más importante que la vida’; ¿qué bandera y qué vida?, podríamos preguntarnos.

Hasta el final del III Reich, su educación «había consistido en un mero adoctrinamiento en las metas del nacionalsocialismo». Pero ya hace más de dos decenios que Günter Grass dijo en público: «Desde los quince años, yo sabía que en los alrededores de mi ciudad natal (Danzig, la actual Gdansk polaca) se encontraba el campo de concentración de Stutthof, rodeado de un hermoso paisaje, entre el Báltico y la ensenada. No sólo Dachau y Buchenwald estaban cerca. Uno de los 1.634 campos de concentración registrados se llamaba Bergen-Belsen. En toda Alemania resonaban cotidianamente, en tono de amenaza o advertencia, los nombres de los campos cercanos; la abreviatura KZ era usual. Pero nadie preguntaba: ¿Qué pasa ahí y en otros lugares, a quiénes les pasa eso, y hasta qué extremo? Yo tampoco preguntaba». ¿No es un claro descargo de conciencia?

Alguien ha escrito que ahora Grass ha dejado de ser un ‘referente’ moral. Para mí nunca lo fue y, en cambio, sigue siendo lo que era: un escritor. ¿No se desenfoca la realidad con puritanismo? ¿Podría ‘recuperar puntos’ por haber fundado la ‘Asociación de Votantes Socialdemócratas’ o por ver ese ideario como exigencia de «revisión permanente de lo establecido»?