El pasado nazi de Alemania aún está presente

 Manifestantes de derecha reunidos en Chemnitz, Alemania, después del presunto asesinato de un hombre alemán a manos de refugiados. Credit Sean Gallup/Getty Images
Manifestantes de derecha reunidos en Chemnitz, Alemania, después del presunto asesinato de un hombre alemán a manos de refugiados. Credit Sean Gallup/Getty Images

Gran parte del mundo pareció sorprenderse por los disturbios que surgieron en Alemania a finales del mes pasado, cuando miles de simpatizantes nazis y neonazis salieron a las calles de Chemnitz a cazar inmigrantes, sin que la policía pudiera hacer casi nada para detenerlos.

Mientras tanto, el apoyo para el nuevo partido alemán de extrema derecha, Alternativa para Alemania (AfD, por su sigla en alemán) ha seguido en aumento: en una encuesta realizada después de las revueltas en Chemnitz, la AfD superó a los socialdemócratas alemanes para convertirse en el segundo partido más popular en el país. AfD dice luchar contra la “cultura de la memoria” en Alemania y hace un llamado a favor de dejar de disculparse por el pasado.

Durante la campaña electoral, en septiembre de 2017, Alexander Gauland, uno de los líderes del partido, pronunció un discurso en el que dijo que “a ningún otro pueblo le han echado en cara un pasado tan falso como al alemán”. Gauland pidió que “le devolvieran el pasado a la nación alemana”; acotó, uno en el que podían “estar orgullosos de los logros” de los soldados alemanes en ambas guerras mundiales.

El sábado, un artículo en el diario alemán Die Zeit planteó la pregunta: “¿Acaso Alemania vuelve a ser amenazada como en 1933?”.

Es muy difícil que los estadounidenses entiendan esto. Alemania desempeña un papel especial en nuestra vida intelectual y política; a menudo se señala como el ejemplo de un país que, a diferencia de Estados Unidos, ha enfrentado con valentía su horrible pasado para luego convertirse en una verdadera democracia liberal.

Incluso en las discusiones inquietantes sobre los movimientos de extrema derecha que han ganado terreno en Europa a lo largo del año pasado —en las que países como Hungría, Francia y Suecia se han mencionado a menudo— con amabilidad parecen haber excluido de la conversación a Alemania, un país que parece haber expiado su pasado y “dio vuelta a la página”.

A pesar de la aparente utilidad de esa narrativa, es muy problemática por lo menos en tres aspectos. Es moralmente ofensiva para los hijos de judíos alemanes, como yo, que estamos dolorosamente conscientes de su falsedad. Es epistemológicamente conflictiva en su insinuación de que confrontar y superar con honestidad un pasado nacional complicado resulta mucho más sencillo de lo que es en realidad. Además, es políticamente problemática porque contribuye a la retórica de la extrema derecha alemana acerca de que el país ha cargado con el peso injusto de la culpa histórica.

Esto no quiere decir que Alemania no haya recorrido un largo camino hacia la transformación nacional. Sin embargo, el ascenso de la AfD y el estallido de la violencia y el odio racial en Chemnitz, explícitamente vinculado con su pasado nazi, demuestran lo difícil que ha sido la lucha por mantener una cultura democrática liberal, así como el poder de la historia contra la que se ha librado esta batalla. Si vamos a elogiar a Alemania es precisamente porque su historia siempre está presente y su lucha es continua, no porque haya superado ese pasado.

He visitado con regularidad Berlín durante más de treinta años. El primer día que paso ahí, siempre hago lo mismo: voy a la Olivaer Platz en Charlottenburg y tomo un café en una cafetería con vista a la plaza. Olivaer Platz era el parque favorito de Manfred, mi padre, cuando era niño en Berlín en la década de 1930. Sus abuelos Jakob y Rosa vivían más adelante en la Kurfürstendamm. Estaban a varias cuadras de la sinagoga Fasanenstrasse, donde Magnus Davidsohn, mi bisabuelo, fue el cantor principal desde 1912 hasta su destrucción en la Kristallnacht, o la Noche de los Cristales Rotos.

Los recuerdos más felices que mi padre conservó de su infancia berlinesa son de cuando jugaba en Olivaer Platz. Ahí también fue donde lo golpearon en repetidas ocasiones, una vez con tanta saña que su niñera tuvo que llevarlo a casa con su madre, sangrando e inconsciente.

Cuando llegué por primera vez a Berlín, en 1985, era un académico de intercambio entre el Congreso estadounidense y el Bundestag, y viví durante un año con una familia de acogida en la región del Ruhr. Los becados teníamos programado como parte de nuestra agenda un viaje a Berlín, donde nos recibieron representantes alemanes del Bundestag y nos llevaron a recorrer la ciudad.

Ese año, Phillip Jenninger, el presidente del Bundestag, se dirigió a nuestro grupo. En su discurso lamentó el sufrimiento alemán, pero no el de mi familia alemana. En cambio, habló a fondo de los casi cien alemanes, más o menos, que habían sido asesinados durante el cuarto de siglo anterior mientras trataban de cruzar el Muro de Berlín, así como de las familias hechas trizas a causa de la división de Alemania.

También mi familia quedó separada por esas divisiones. Alexander Intrator, mi abuelo, recibió su visa para entrar a Londres en 1938. Ilse, mi abuela, se quedó con mi padre y vivieron los horrores de la Kristallnacht, y estuvieron ahí hasta julio de 1939, cuando milagrosamente, y en el último momento posible, recibieron visas para ir a Estados Unidos. Mi papá no se reunió con el suyo durante otra década, lo cual imposibilitó el vínculo cercano que a menudo se forma entre un padre y su hijo.

Arrancaron violentamente a mi familia alemana de sus raíces. Mi abuela Ilse escribió en sus memorias de 1957: “Aunque estaba orgullosa de tener el privilegio de comenzar una segunda vida, lejos del lugar donde nací, no estuve exenta de la angustia. Mis raíces estaban en lo profundo de mi suelo alemán de origen. Quizá una parte de mí se quebró y se quedó allá, pues ¿cómo puedo explicar que mi corazón a veces parece atraído por una fuerza a kilómetros de distancia?… Hoy aún me duelen las cicatrices de haber arrancado esas raíces, así como el muñón de una pierna amputada provoca que un hombre diga: ‘Me duele el pie’, aunque sepa que no tiene pie”.

En 1985, en Berlín, me pregunté abiertamente por qué la destrucción de mi familia no estaba registrada en los monumentos de las calles de la ciudad ni en los discursos dirigidos a los estudiantes de intercambio. Ha cambiado mucho en ese aspecto, pero esa transformación ha sido muy reciente. Como un hijo de judíos berlineses que ha estado viniendo a la ciudad durante tantos años, el cambio me complace mucho.

Durante gran parte de mi vida adulta, la historia, el legado y el destino de los judíos de Berlín eran invisibles. Esos monumentos recientes en la ciudad, sobre todo el monumento a los judíos asesinados de Europa, mejor conocido como el Monumento del Holocausto, que se inauguró en 2005, se celebran de manera generalizada, y con justa razón. Son un comienzo positivo, pero cuando ese inicio rápidamente da lugar al surgimiento de la AfD, uno debe cuestionar cuán genuinamente representan los sentimientos subyacentes de un país.

Actualmente, cuando los turistas estadounidenses visitan Berlín, muy a menudo se llevan consigo algo parecido a la narrativa con la que me encontré en la década de 1980. El Punto de Control Charlie y los letreros acerca del Muro de Berlín eclipsan físicamente a los del museo de historia, Topografía del Terror, como si su objeto de remembranza fuera una idea adicional en contraste con lo que su entorno inmediato sugiere que es la verdadera tragedia de Alemania. Para muchos estadounidenses, Berlín no es la capital de Hitler, sino el sitio del Muro de Berlín, el emblema del victimismo alemán.

En la conciencia de los intelectuales afuera de Alemania, donde he pasado gran parte de mi vida, la nación en efecto está conectada con su pasado, pero sobre todo de manera positiva. El país se representa como ejemplo, uno de los pocos en la historia que ha enfrentado sus crímenes con honestidad.  Que Alemania “se hizo cargo” de su pasado es un concepto trillado. En efecto, Alemania se señala como un modelo único de una nación moral, un país que ha enfrentado su historia honestamente, los defensores mundiales de la memoria.

Sin embargo, ¿cuándo ocurrió ese momento, ese periodo en el que Alemania confrontó su pasado?

El Historikerstreit fue un debate en Alemania sostenido desde mediados hasta finales de la década de 1980 acerca de si era tiempo o no de que el país superara la discusión sobre su pasado nazi. Se presupone de aquel debate que el “enfrentamiento de Alemania con su pasado” había estado ocurriendo durante algún tiempo antes de eso. De hecho, esa confrontación debió haber pasado mucho antes del Historikerstreit, pues el argumento central que se debatía era que desde hacía tiempo había llegado la hora de acabar con ese conflicto.

Fui a la preparatoria y a la universidad en Alemania a mediados de los ochenta, más o menos en la época del Historikerstreit. Sus presuposiciones no me sorprenden. En ese entonces, mencionar el asunto del pasado de mi familia era arriesgarse a enfrentar la actitud defensiva y el enojo de la gente. La reacción era siempre la misma, incluso cuando simplemente explicaba la historia de mis padres. “Estados Unidos no ha hecho frente a su historia de esclavitud”, “¿Qué me dices del genocidio de los nativoamericanos?” y “¿Qué decir de Vietnam?”. Los alemanes en ese entonces me decían que cargaban el peso injusto de la culpa.

En mi preparatoria hablábamos del Holocausto. Específicamente, dialogábamos sobre Auschwitz. Aprendimos que los alemanes comunes y corrientes en ese entonces no sabían sobre los campos de concentración nazis ubicados en suelo polaco. Supimos que los guardias en esos campos de concentración rara vez eran alemanes occidentales, sino que a menudo eran europeos del este, como para insinuar que atribuir el Holocausto únicamente a los alemanes era una exageración del tema.

Este enfoque exclusivo en torno a los campos de concentración me dejó confundido. Mi madre es del este de Polonia y sobrevivió la guerra en un campo de trabajo en Siberia. Los soldados alemanes les dispararon a sus muchos tíos y tías, y a todos sus hijos, en cuestión de meses después de que Hitler invadió Polonia oriental. Este “Holocausto a través de las balas” no era un tema en nuestro salón de clases. No obstante, la mayoría de las familias alemanas que he conocido durante los años que he vivido en Alemania tiene por lo menos un familiar que sirvió en el frente oriental. Los alemanes hablaban del pasado, pero se trataba de uno cuidadosamente alterado.

Como el historiador checo Saul Friedländer lo enfatizó en su obra, los diálogos alemanes sobre su pasado parecen haber sucedido sin gran interés hacia las perspectivas de un grupo que también está implicado: los judíos alemanes y sus descendientes. La reconciliación principalmente fue una discusión entre alemanes no judíos. Sin embargo, un diálogo acerca de enfrentar el pasado que ocurre internamente entre los descendientes de los cómplices de ese terrible mal, sin ningún interés significativo en las perspectivas de los descendientes de quienes sufrieron terriblemente a causa del mismo, no es una confrontación total, así como una discusión sobre el patriarcado solo entre hombres también resultaría deficiente. De manera similar, una discusión alemana del pasado sin las voces de judíos alemanes o europeos orientales no es una confrontación en absoluto.

Algunos mitos son políticamente útiles. Una fuerza primaria en el nacionalsocialismo, por ejemplo, fue una creencia arraigada en la superioridad alemana, el equivalente específicamente alemán de lo que a veces se llama “supremacía blanca”. Esta creencia en la superioridad alemana nunca se ha desafiado con vigor en el país. Los “Lineamientos” de 1919 del Deutsche Arbeiterpartei (DAP) —el Partido Obrero Alemán, el nombre original del Partido Nazi— preguntan: “¿Contra quién está peleando el DAP?”. La respuesta era: “Contra todos los que no generan valor, quienes producen muchas ganancias sin ningún trabajo físico ni mental. Combatimos a los zánganos del Estado; la mayoría son judíos; tienen una buena vida y cosechan lo que no han cultivado”.

La ideología nazi aprovechó la supuesta ética de trabajo única de los alemanes para establecer una distinción entre arios y judíos. De manera inexplicable, se ha permitido que ese mito nacional continúe: desde el Wirtschaftswunder (el milagro económico alemán) de la década de 1950 hasta la crisis financiera de la década pasada. Con todo, Alemania es el país que trajo al mundo el eslogan “Arbeit Macht Frei” (“El trabajo libera”, la inscripción que estaba en el portón de entrada a Auschwitz). Es una falla específica de la educación alemana sobre el Holocausto que los ciudadanos de este país aún hagan distinciones nacionales con el uso de esta ideología, por ejemplo, entre alemanes y griegos.

En Estados Unidos, ha sido útil tomar a Alemania como un ejemplo positivo: si Alemania puede enfrentar su pasado tan rápida y efectivamente, entonces claro que debemos armarnos de valor y confrontar el nuestro; así, Estados Unidos pronto superará la supremacía blanca. Sin embargo, la facilidad de superar un pasado difícil es, en sí, un mito pernicioso. De hecho, la lucha para mantener una cultura liberal democrática mientras vivimos con fantasmas temibles es interminable, e incluso si el mito de un momento exitoso de confrontación alemana hubiera sido beneficioso, aún sería problemático aprovecharlo desde el punto de vista político.

Hacerlo alimentó la llama fascista alemana. Los líderes de la AfD explotan con fuerza esa narrativa, como parte de su reclamo afligido de que los alemanes han sido victimizados injustamente por la culpa. Pero ¿quién puede decidir cuándo se ha llegado a una confrontación completa?

Mi padre recibía pequeños pagos mensuales por parte del gobierno alemán para compensarlo por las golpizas que había recibido en las calles de Berlín, mismas que le dejaron lesiones de por vida. Cuando murió en septiembre de 2004, nuestra familia recibió una carta del gobierno alemán en la que nos anunciaba el fin de estos pagos. La carta declaraba que el caso de Manfred Stanley ahora estaba resuelto.

Jason Stanley es profesor de Filosofía en la Universidad de Yale. Su nuevo libro es How Fascism Works: The Politics of Us and Them.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *