El ‘paseo’ de Winter

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 30/12/06):

Los tesoros de la infancia, en mi época, se reducían en general a residuos de la guerra. Había un lugar legendario, allá donde la pequeña ciudad provinciana perdía su nombre, que sin estar prohibido tenía para los niños algo de territorio vedado. Nunca nos jactábamos de haber estado por allí y si nos preguntaban mentíamos y hablábamos de cualquier otro lugar cercano. Eran unos descampados junto a la cárcel. Por entonces todas las ciudades estaban llenas de descampados, unos territorios que ejercían un atractivo especial para jugar; auténticos parques, improvisados y salvajes. Sería más exacto afirmar que se trataba de restos, ruinas, desechos de algo que hubo allí y fue derribado por los bombardeos, pero aún estábamos con el aura del juego, mucho antes de que descubriéramos el drama.

La cárcel de Oviedo estaba situada entre la ciudad y el monte Naranco, pero muy a contramano; podríamos decir con ironía, que para ir a ella había que proponérselo. Eran lugares que nosotros usábamos tratando de cazar pájaros con tiragomas, actividad a la que nos dedicábamos concienzudamente todos los años, incluso construyendo los tiragomas, y jamás recuerdo de nadie, no digo yo mismo, sino nadie, que fuera capaz de matar nada, ya parado ya en movimiento. El límite de las correrías infantiles venía dado por la cárcel, hacia cuyos alrededores íbamos muy de tarde en tarde, y donde escuchábamos los gritos y los insultos más procaces que nos dirigían los presos tras las rejas, que nos intimidaban sin que nos diéramos por aludidos, ni nosotros ni los guardias de las garitas. Pero un poco más allá de la cárcel, hacia Pando, estaba una especie de chalet grande cuyo nombre entonces no sabíamos y que estaba rodeado de un halo extraño; el Orfanato Minero.

Entonces los niños teníamos el acendrado hábito de no preguntar; no por falta de ganas, sino por la acumulada experiencia de las reacciones.

La leyenda de silencio que cubría el Orfanato Minero de Oviedo tenía un nombre a penas pronunciado, al menos hasta que pasó el cólera. Ernesto Winter Blanco. La trayectoria de este hombre hoy olvidado de todo que no sea alguna calle marginal en Asturias, y alguna breve nota libresca, a menudo equivocada – el prosopopeico Diccionario Histórico de Asturias, le confunde hasta el nombre-, atrae por su carácter insólito, porque por encima de cualquier condición intelectual, profesional o cultural, fue uno de esos personajes cuyo modo de vida, cuya actitud ante la sociedad, fue su mejor y más perfecta obra. Y eso que había viajado mucho, escrito bastante y charlado aún más. ¿Y con esa proyección, preguntará cualquiera, por qué la leyenda de silencio? En aquel Oviedo bronco de posguerra, donde todo el que tenía que saber sabía y el que no sabía ni siquiera tenía derecho a preguntar, Ernesto Winter estaba probablemente entre las vergüenzas más vergonzosas de quienes habían ganado la guerra. Lo fueron a buscar en la noche del 7 de noviembre de 1936. A sus 63 años ya lo había hecho todo y nadie que le conociera podía dudar de su honestidad y de su coherencia. Lo habían detenido ya apenas iniciado el Alzamiento y aseguran que le interrogó el propio coronel Aranda y el siniestro comandante Caballero, del que jamás se conoció gesto que hiciera honor a su apellido, pero lo dejaron volver a casa. Una partida de asesinos, de la facción de los patriotas y católicos, le buscó de nuevo sin ánimo de interrogarle.

Llamaron a la puerta de aquel Orfanato Minero, ya entonces destartalado, y abrió el hijo mayor de los tres que tenía. “Venimos a que tu padre nos acompañe”. Y Ernesto Winter Blanco se vistió y se preparó a salir, y fue entonces cuando el hijo, Ernesto también, tuvo un rasgo de sospecha y dijo: “A estas horas mi padre no se va solo”. “Pues vente tú también”, dijeron los ejecutores. Apenas unos metros más allá de la casa, recién pasada la vía del tren, los liquidaron; los pasearon.El jefe falangista del grupo lo comentaría durante muchos años en el Café Paredes, frente al teatro Campoamor donde ahora se conceden los Premios Príncipe de Asturias. “¡Dos por uno!”, decía el verdugo, jugando con las palabras de un anuncio que se haría célebre en el más conocido de los comercios de Oviedo, Al Pelayo,situado como no podía ser menos en la calle Uría, exactamente en los bajos de la casa donde vivió, hasta su boda en la Iglesia de San Juan, doña Carmen Polo, esposa del general inolvidable.

Ernesto Winter había nacido en Gijón, su padre procedía de Alsacia y había llegado a Asturias por su condición de maestro vidriero para una de las primeras industrias que se pusieron en marcha en el norte de España. El padre debía de ser un tipo curioso en aquella Asturias a medio camino entre la Edad Media y la Ilustración, y lo debió entender muy bien, porque además de ser conocido por sus dotes de cazador – el ángulo medieval- hizo estudiar a su hijo el bachillerato en Francia y la carrera de ingeniero en Bélgica – el ángulo ilustrado. Ernesto Winter Blanco se crió absolutamente en España y en el seno de las nuevas clases medias que trataban de quitarse el arnés caballuno de la enseñanza católica de la época. Que el niño Ernestito Winter Blanco tenía dotes pedagógicas excepcionales, incluso de relaciones públicas y de negociador habilísimo, lo prueba una anécdota, soberbia en su plasticidad. Estando el chaval en la casa de unos amigos de sus padres, le preguntaron, en el bable-castellano que era de uso: “Ernestito, ¿qué quiés (quieres), figos (higos) o pases (uvas pasas)?” Y el niño en un rasgo de talento prodigioso respondió: “Deme figos,pero gústenme más les pases“.Modo sublime de conseguir figos y pases.

Por relación familiar estaba vinculado nada menos que a Concepción Arenal; era cuñado de su hijo, Fernando García Arenal. Y por tanto con la Institución Libre de Enseñanza. No me resisto a transcribir, en estos tiempos de zafios patriotas futboleros, la historia que Winter narró en 1923: “Hace unos 30 años, el Sr. Cossío, de la Institución Libre de Enseñanza, trajo a España el primer balón de foot-ball. Recuerdo haber visto jugar a Cossío y a D. Francisco Giner, siendo portero de un campo el Sr. Altamira. Mucho después se generalizó ese juego, ganando en eficiencia y eficacia, perdiendo en ingenuidad y finura”. ¡Qué tiempos, en los que era común que un periodista supiera diferenciar en castellano eficiencia y eficacia! Disculpen el apéndice, pero dudo mucho que alguien que no fuera Winter hubiera sido capaz de contar esa escena única para la historia, no del fútbol, sino de España. En la portería don Rafael Altamira, maestro de historiadores, que moriría viejo y jodido en el exilio mexicano. En el centro del campo José María de Cossío y don Francisco Giner de los Ríos, fundadores de la Institución Libre de Enseñanza. Un momento sublime y relajado de nuestra miserable historia. La masa encefálica del país en calzoncillos. Memorable.

Viajó. Ernesto Winter viajó mucho, algo de un valor pedagógico y humano excepcional para la época. Conoció Estados Unidos, y sobre todo Francia, Italia e Inglaterra, donde visitó más de 80 talleres y fábricas, porque una de las singularidades de Ernesto Winter fue su preocupación por la industria, por la formación profesional y por la reivindicación de los industriales, los hombres de empresa. Así fue como llegó a Barcelona, donde viviría durante largas temporadas; aquí nació su hija Ana y aquí trabajó en dos publicaciones vinculadas a la economía, El Constructor y La Industria Metalúrgica,ambas en vísperas de la Exposición Universal de 1929. Y en Barcelona publicará una auténtica joya, cuyo título refleja la fascinante personalidad del autor: Elogio de la inquietud.Apareció en 1923 con un brevísimo prólogo de Fernando de los Ríos, socialista y ministro años más tarde.

El Elogio de la inquietud de Ernesto Winter está resumido en sus frases primeras, magníficas: “Sólo la inquietud es vida. Sólo el vivir del esforzado es vivir. Con goces o con tormentas, con ventura o con desgracia, sólo la vida del apasionado es digna de ser vivida. Tal es la esencia de este libro”. En vísperas de la instauración de la República le nombraron director del Orfanato Minero de Asturias, en Oviedo, por acuerdo de los líderes socialistas Manolo Llaneza, Amador y Peña, y con la firma explícita del ministro de Fomento, duque de Guadalhorce. Allí se tiró durante años, apoyado a duras penas por los líderes sindicales socialistas y anarquistas que le miraban de reojo. Después de las elecciones de febrero de 1936 y la radicalización política, le cesaron y pusieron a Eleuterio Quintanilla, un voluntarioso dirigente anarquista, horro de todo lo que no fuera buena voluntad. Ernesto Winter decidió marchar a Valencia para hacerse cargo del Orfanato de Empleados de Correos. Nole dio tiempo.

Ni Eleuterio Quintanilla pudo asumir el Orfanato Minero porque hubo de ir a la guerra, para terminar muriendo en el exilio de Burdeos. Ni Ernesto Winter salió de Oviedo. Se quedó allí para siempre, en la fosa común. Admiraba “al malogrado poeta Peguy” y tuvo a gala afirmar en aquellos años terribles: “Hemos de preparar a nuestros hijos a la pasión y al amor, para que educados en la sensualidad, sepan huir de la lujuria, de la gula, de todos los excesos”. Con este bagaje se entiende que aquellos cafres se lo llevaran por delante, y a su hijo, por demás.