El pastor y el lobo

Todos mentimos: por vanidad, por disculpar un error, por sacar algún provecho, por seguir la opinión común... En el mejor de los casos, por compasión o afecto, para no herir a otra persona: es la llamada mentira piadosa. Intentan algunos disculparlo porque cualquier opinión es subjetiva. Ya desmontó esa argucia dialéctica don Antonio Machado: «¿Tu verdad? No, la Verdad,/ y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela».

El gesto de Poncio Pilato de lavarse las manos ante las opiniones encontradas se ha convertido en símbolo universal de la cobardía, que no se atreve a oponerse al mal. Sin embargo, hay un momento en el que Pilato se humaniza. Juan es el único de los cuatro evangelistas que lo cuenta:

«Pilato insistió: –¿Eres rey?–. Jesús le respondió: –Soy rey, como tú dices, y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso nací y para eso vine al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz–. Pilato le respondió: - ¿Qué es la verdad?». Al leerlo, sentimos una punzada: ¿quién no se lo ha preguntado, alguna vez? Sobre todo, los que intentan pensar por sí mismos, sin plegarse a las opiniones comunes (las que satiriza Flaubert en su fantástico ‘Dictionnaire des idées reçues’).

Ya había dado Jesús una respuesta clara, cuando los discípulos dudaron, al identificar su misión con dar testimonio de la verdad: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Lo corrobora el ‘Apocalipsis’, al llamar a Jesús «el Veraz, el Verdadero». Y lo repite san Pablo, en su ‘Segunda epístola a los Corintios’: «Ante el juicio que puedan hacer todos los demás delante de Dios, nuestro testimonio consiste en proclamar abiertamente la verdad».

Aceptar la dificultad de alcanzar la verdad es algo radicalmente distinto a negar su existencia. Es muy fácil apuntarse al suave escepticismo de Campoamor. En una de sus ‘Doloras’, formula su conocida sentencia: «Y es que, en el mundo traidor,/ nada es verdad ni es mentira,/ todo es según el color/ del cristal con que se mira».

Refugiarse en este nihilismo es una tentación demasiado cómoda. Frente a los frívolos juegos de los sofistas, la lección de Sócrates consiste en buscar la verdad y defender la moral. (Lo explica Antonio Tovar en su ‘Vida de Sócrates’: un libro magnífico, tan olvidado hoy como tantas cosas notables de la España de la posguerra).

Medita con profundidad san Agustín sobre la tendencia del ser humano a la mentira. Distingue dos tipos de hombres: los embusteros, que mienten ocasionalmente, sea sin querer o para agradar, y los auténticos mentirosos, que disfrutan mintiendo, con independencia del provecho que puedan sacar de ello. (Inevitable resulta acordarse de un político español actual).

Distinguía Pérez de Ayala dos clases de vicios o pecados. Los primeros, vinculados al cuerpo, tienen en sí mismos sus límites: por grande que sea su afición, nadie puede encontrar placer en comer, beber o fornicar más allá de cierta medida. Mucho más graves son los segundos, que no tienen límite: la ira, el odio, la avaricia, la envidia... A este grupo, tan peligroso, pertenece obviamente la tentación de la mentira.

Para vivir en sociedad, muchos llevan (o llevamos) una máscara. Es el tema que desarrolla Larra en su precioso artículo ‘El mundo todo es máscaras’. No hace falta buscarlas –dice– en los bailes de carnaval, están por todas partes: el hipócrita que finge ser un santo; la mujer infiel que aparenta ser virtuosa; el ‘joven’ de sesenta años; el abogado que engaña a los litigantes; el moribundo que se arrepiente de sus pecados pero, si llegara a sanar, volvería a las andadas... Concluye Larra, con inteligente desolación: «El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval».

Se anticipa así Larra al existencialismo de Sartre: lo que todos hacemos, en sociedad, es ‘jouer la comédie’, representar un papel, llevar puesta una máscara. Lo escenificó Marcel Marceau, el gran mimo francés (según me dijo, gran admirador de España por Cervantes y por la tauromaquia). En uno de sus números más celebrados, el protagonista se iba poniendo sucesivamente máscaras: sonriente, llorosa, soñadora... El virtuosismo del mimo consistía en que no existía máscara alguna, bastaba con que se cubriera la cara un momento y, en seguida, apareciera con una nueva expresión. La conclusión era trágica: al final, por mucho que él tirara de los bordes de su cara, no podía ya quitarse la última máscara, ésta se había convertido en su auténtico rostro...

Ese es el riesgo que acecha a los mentirosos habituales. Los autores de comedias de nuestro Siglo de Oro utilizaban un sutil juego retórico: «Engañar con la verdad». No es algo tan raro como puede parecer: si ciertas personas afirman, por ejemplo, que «dos y dos son cuatro», yo intentaré averiguar de qué forma me están queriendo engañar. Son vidas enteramente montadas sobre la mentira.

Suele aceptarse que todos los políticos mienten, alguna vez: eso sí, unos, más que otros. A pesar de su puritanismo protestante, los electores norteamericanos llegan a perdonar más fácilmente un escándalo erótico (recuérdese a Bill Clinton) que una mentira pública (recuérdese el caso Watergate). Me temo que España está todavía muy lejos de Estados Unidos...

Más allá de la moral, conviene no olvidar que la mentira sistemática puede acabar resultando poco práctica. El ejemplo que todos conocemos es el de la fábula atribuída a Esopo del pastor mentiroso (en algunas versiones posteriores, se llama ‘Pedro y el lobo’): el pastorcillo mintió tantas veces al pedir socorro diciendo que llegaba el lobo que, cuando resultó ser verdad, nadie lo creyó, nadie acudió a socorrerlo y el animal devoró a todas las ovejas (o al propio pastor, según las distintas versiones).

Un singular dramaturgo de nuestro Siglo de Oro, Ruiz de Alarcón, lo desarrolló en su inteligente comedia ‘La verdad sospechosa’. El protagonista, don García, es un mentiroso sistemático, al que Jacinta le da esta lección final:

«¿Qué importa que verdad sea/ si el que la dice sois vos?/ Que la boca mentirosa/ incurre en tan torpe mengua/ que solamente en su lengua / es la verdad sospechosa».

Imaginen que ese político español de cuyo nombre no quiero acordarme dice alguna vez una verdad: ¿le creerá alguien que no sea de los eternamente fieles de su partido? ¿Aceptará él que mentir tanto acaba siendo poco práctico? Como dice el bolero, lo dudo.

Atribuyen a Abraham Lincoln esta sentencia: «Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo. Se puede engañar a algunos todo el tiempo. Pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo». Con asombrosa perseverancia, un político español actual intenta probar que eso es sólo una antigualla. ¡Pobres de nosotros!

Andrés Amorós es catedrático de Literatura.

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