El peligro de la discordia

El profesor de filosofía, Marcello Clerici, convertido al fascismo, se ofrece en su viaje de boda a París a asesinar a una de las más prestigiosas voces opositoras: su maestro y profesor de la universidad de Roma. Sin mayores escrúpulos lo lleva a cabo. Wiktor, un joven y prestigioso músico en la Polonia comunista, satélite de la URSS, es detenido junto con Zula, su amante y estrella de la canción. A él le rompen las manos, los inutilizan y ambos se suicidan. ¿Qué prefiere nuestro presidente del Gobierno, la historia de Moravia contada por Bertolucci; o la de Pawel Pawlikowski? ¿Prefiere a El conformista, o a los protagonistas de Cold War? Ambas películas transcurren en la Europa de la segunda mitad del siglo pasado, es decir, hace nada, infectadas por el mal de los totalitarismos de derechas e izquierdas hoy metamorfoseados en los populismos. Los resultados de aquellos totalitarismos, los mismos: falta de libertad, millones de muertos, el terror y la involución del ser humano.

El peligro de la discordiaAl tener como socio a Podemos y sus adláteres, el presidente del Gobierno optó por alinearse con los villanos de la película del director polaco. Y lo hizo sin vergüenza alguna. E inmediatamente volvió a campar a sus anchas el nacionalismo catalán. Los otros siguen a la espera, y al desenterrar los fantasmas del pasado y estar ya todo desnortado, surgió lo que desde el propio franquismo no había vuelto a existir: la extrema derecha. Ambos extremos, sin lugar a dudas, siempre se han necesitado. Y si bien el presidente apenas ha hecho la más mínima mención crítica a sus amigos de viaje por si pudiera molestarlos, sí ha desarrollado una buena artillería contra los recién regresados, también viejos conocidos de quienes vivimos y sufrimos, durante algunos años, la lenta agonía del franquismo. Y lo que es más odioso e indigno: achacarle este mal a los otros dos partidos constitucionalistas. Equiparar de fascistas al PP y a Ciudadanos (cuyo líder es un catalán que viene sufriendo las amenazas e insultos desde hace años) es como decir que el PSOE es un partido estalinista. Marx, Lenin, Stalin o Mao sí que están en el mundo ideológico de Pablo Iglesias aunque nunca los cite. Iglesias dispuesto, en otros tiempos anteriores al chalet, a entregar a su país a la revolución castrista o bolivariana de resultados tan conocidos, o lo que es incluso peor, al régimen integrista iraní.

En los últimos meses, intentando comprender todo lo que está pasando, a veces, perdemos nuestra propia capacidad para hacerlo. Como escribió Paul Valéry en medio del convulso período de entreguerras de la primera mitad del siglo pasado, estamos en la «bancarrota del sentido común». Las ideas racionales más comúnmente aceptadas han sido atacadas, refutadas, sorprendidas y disueltas por los propios acontecimientos. Tenemos la certeza de que nuestra democracia está irresponsablemente puesta en peligro. Quienes hemos leído a Maquiavelo sabemos que la política no es más que el arte de mantenerse en el poder. Por lo tanto la moral y la política, muchas veces, están separadas, y juzgar la política a través de la moral es un error, pues cuando un político habla de moral sigue haciendo política. Los valores de justicia, respeto, lealtad institucional, transparencia y seguridad han quedado de lado como una pesada carga.

La democracia está en peligro. Entre otras cosas, porque no se supo arraigarla bien. El propio país está amenazado en su integridad. Y lo hacen unos pocos que creen que tienen más derechos que el resto. Nacionalistas, Podemos y Vox son lo mismo. Quizás bajo ideas distintas nos conducen hacia el mismo abismo: la destrucción y aniquilación de nuestro Estado de derecho y su transformación en otra cosa. También la destrucción y aniquilación de esta Europa quizás no tan perfecta como deseáramos, pero que también nos ha dado las mejores décadas de paz y bienestar. La democracia precisamente debería protegernos y cuidarnos de estos enemigos, pero ¿quién la protege a ella? La democracia, y en España todavía más, ha sido la concordia ordenada, la paz y el desarrollo. El resto de sistemas políticos son la discordia. Hanna Arendt hizo inteligentes matizaciones entre el poder totalitario, el poder tiránico, el régimen despótico y las dictaduras de partido único. El poder totalitario-tiránico-despótico concentraba toda su autoridad en manos de una persona y provocaba la impotencia absoluta de los ciudadanos que volvían a ser súbditos. Hitler y Stalin eran dictadores totalitarios y sus regímenes, dictaduras de partido único. Lenin había sido un dictador revolucionario de partido único apoyado en la burocracia del partido. Mussolini, a diferencia de los nazis, fue un adorador del estado, un dictador militar -como Franco- solo que sin un verdadero ejército. El dictador totalitario se siente como la única cabeza de toda la humanidad.

El presidente del Gobierno está al lado de uno de estos dos grandes sistemas totalitarios. De aquel partido que habiendo perdido las elecciones en Andalucía echa a la calle a su gente para manifestarse contra la democracia representativa. Nadie puede ir contra la propia dignidad, pero se intenta. La Boètie criticaba a los gobernantes que buscaban el enfrentamiento entre sus conciudadanos para prevalecer. Sin proponérselo (al menos les doy este voto de confianza) nuestros actuales regidores están cumpliendo con aquel principio del que hacía gala Thoreau: un gobierno es un mal necesario del que sólo cabe esperar que gobierne poco. Evidentemente, Thoreau era un ingenuo roussoniano. La moral está en la conciencia de uno mismo, mientras que la política es estar permanentemente en acción. Acciones positivas, deberían ser, no negativas.

El camino que ha tomado el presidente del Gobierno es muy semejante al de Coriolano, el personaje de una de las obras menos conocidas de Shakespeare. El general romano cuyo nombre era Cayo Marcio, se alió con los mayores enemigos de su país, los volscos (hoy las tribus bárbaras de los populistas y los nacionalistas) para marchar sobre Roma (nuestro propio país). El verdadero drama político del gran dramaturgo inglés, según Harold Bloom, era éste y no Julio César o Enrique V. Para Coriolano el pueblo de Roma era muy voluble y no se merecía nada. Ellos, sus conciudadanos, lo llegaron a considerar una amenaza para su sobrevivencia.

Con todo, Coriolano era más enemigo de sí mismo que de ellos, y su tragedia no es consecuencia del miedo y la ira del pueblo, sino de su propia naturaleza y educación. Cayo Marcio («un gran espíritu encadenado» a decir de Chesterton) no logra sobrevivir a su contexto y a sus circunstancias. Desterrado por la multitud, regresa para castigarla acompañado de los volscos. Empresa no muy honorable. Coriolano (la última versión cinematográfica la interpretó y dirigió Ralph Fiennes, teniendo como telón de fondo la cruenta guerra civil de la ex Yugoeslavia) vive y muere, según Hazlitt, en la insolencia del poder. No hay ningún lugar para él en el mundo y ni unos ni otros lo quieren. Sin hogar. ¡Qué cosa más terrible! Pero quien no defiende a su país tampoco está defendiendo a su hogar. Ya no es general de nada ni de nadie. Coriolano, dice Bloom, por malvado que pueda ser, tiene que ser perdonado por el público. Nuestro Cayo Marcio lo sabrá cuando se someta a las elecciones generales. Y, aunque tarde, nosotros, el público, lo decidiremos.

César Antonio Molina es escritor, ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura.

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