El peligro de la globalización

Los discursos políticos son códigos cuya función es disimular la realidad, sobre todo cuando no es agradable describirla. Sabemos, por ejemplo, que la «justicia social» es una manera elegante de gravar a los ricos para sostener a los pobres. De la misma manera, la «igualdad de oportunidades» es una discriminación positiva para ayudar a aquellos a quienes el nacimiento ha marginado. Hoy en día, de todos estos discursos, el más codificado, y por tanto el más mentiroso, es la postura «nacionalista», como el experimento de Donald Trump, Viktor Orban, Marine Le Pen o Benjamin Netanyahu. Oyéndolos, se diría que se trata solo de preservar tradiciones eternas y una cultura local. Al traducirlos, estos programas y eslóganes son simplemente racistas, étnicos o tribalistas, pues apelan a los impulsos más antiguos de la naturaleza humana.

El líder no necesita explicar su pensamiento; el elector comprende inmediatamente que apela a su reflejo arcaico, pero siempre presente, de rechazar al otro. El otro se percibe, sin que sea necesario precisarlo, como una amenaza, un ladrón en potencia de nuestra identidad o un depredador sexual. Trump, a este respecto, es el más transparente: su popularidad está enteramente anclada en la población blanca y evangelista, contra los invasores de color, considerados criminales y violadores. Orban describe Hungría, a sus interlocutores y electores, como un país asediado por el islam, y lo fue, pero en el siglo XVII. Para Netanyahu, cualquier árabe es un terrorista antisemita en potencia. El partido nacionalista que gobierna Polonia ha añadido recientemente a los inmigrantes (en realidad inexistentes) una nueva categoría de amenaza contra la identidad: los homosexuales. Supuestamente, Polonia está asediada por los gays, que podrían destruir la virilidad polaca y su catolicismo conservador.

Dicho esto, guardémonos de dar lecciones, pues estas preocupaciones explotadas por los políticos son reales. Sería fácil y vanidoso burlarse de ellas y considerarlas solamente una forma de oscurantismo en nombre de no sé qué verdad superior. En realidad, todo el mundo occidental se ve sacudido por la globalización, que no es solamente económica, sino también étnica, cultural, sexual, estética y gastronómica.

No debemos encogernos de hombros y reprochar a un europeo o un norteamericano, que siempre ha vivido como blanco y cristiano, que compruebe de repente que lo que le rodea ya no lo es y no volverá a serlo. Cuando Trump fue elegido, escribí en ABC que se trataba de «la revancha del macho blanco»; dos años después, no puedo sino confirmar este análisis mordaz. Admitamos también y comprendamos que los líderes nacionalistas nunca son juzgados por lo que hacen, sino únicamente por lo que encarnan: cuanto más se parezcan Trump, Orban y Netanyahu a su caricatura, más se consolidará su popularidad. Esta situación, generalizada en Occidente, provoca unos nubarrones que una sola elección no podría disipar.

Para empezar, la globalización multiforme no va a detenerse ni a retroceder; rechazarla es una batalla perdida. Los nacionalistas acabarán por comprobar que Trump nunca podrá interrumpir la oleada migratoria llegada de Centroamérica, y tampoco Europa podrá frenar la inmigración africana. Entonces, ¿cómo van a reaccionar los occidentales de pura cepa? ¿Con resignación, como los romanos invadidos por los bárbaros, los íberos por los visigodos o los galos por los romanos? ¿Nos dirigimos hacia un mestizaje generalizado comparable al que, paradójicamente, fundó Occidente hace quince siglos? ¿O bien los pueblos que se sientan invadidos se rebelarán con violencia contra los inmigrantes y la impotencia de sus líderes políticos? En mi opinión, es imprevisible. Igual que es imprevisible el futuro de la democracia en la época de la globalización.

La democracia, en efecto, supone cierta homogeneidad nacional: la minoría acepta la ley provisional de la mayoría, porque en el fondo unos y otros comparten los mismos valores culturales. ¿Qué pasa cuando esos valores ya no se comparten? En Estados Unidos, una parte de los blancos nunca aceptó la elección de Obama, lo que provocó que Trump comenzara su carrera política negando que Obama fuera ciudadano estadounidense. La democracia israelí también es prisionera de este dilema: de no crearse un Estado palestino, a la larga los electores árabes serán más numerosos que los electores judíos. ¿Sobreviviría la democracia israelí? Y, ya que estamos en vísperas de designar un nuevo presidente del Parlamento europeo, observemos que, en cada país, unas minorías significativas no aceptan que las autoridades supranacionales dicten la ley.

Nos gustaría disponer de soluciones inmediatas para hacer compatibles democracia y multiculturalismo, pero no las tenemos. Aunque personalmente sea partidario de la globalización y el multiculturalismo, procuro al menos no rechazar por estrechos de miras a quienes están enraizados en su identidad; considero que están equivocados al ignorar los beneficios de la globalización o el progreso que supone el movimiento feminista, pero respeto su derecho a la diferencia. A fin de cuentas, lo que más amenaza la paz civil y nuestras instituciones liberales es creer que «nosotros» tenemos toda la razón y los «otros» están completamente equivocados. El primer paso para salvaguardar la democracia en tiempos de la globalización exige reconocer que cada uno, en el mejor de los casos, solo está en posesión de una media verdad. Las soluciones, por lo tanto, son intermedias.

Guy Sorman

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