El peligro de olvidar la crisis bancaria de 2023

El peligro de olvidar la crisis bancaria de 2023
Justin Sullivan/Getty Images

Casi un año después de la minicrisis bancaria en los Estados Unidos, es conveniente repasar lo sucedido. ¿Fue una tormenta en un vaso de agua? ¿Hubo en realidad una amenaza sistémica, o fue apenas un problema con algunos pocos bancos? ¿Deberían las intervenciones de la Reserva Federal y del Tesoro de los Estados Unidos preocuparnos o tranquilizarnos?

Allá por marzo de 2023, tres bancos estadounidenses medianos quebraron en forma repentina. El caso más destacado fue el del Silicon Valley Bank (SVB), que se convirtió en la segunda quiebra bancaria más grande en la historia de los Estados Unidos (después de la del Washington Mutual en 2008). Alrededor del 90% de los depósitos en el SVB no estaban asegurados, y los depósitos no asegurados son propensos a corridas. Para colmo de males, el SVB tenía importantes sumas invertidas en bonos a largo plazo, cuyo valor de mercado se redujo al aumentar los tipos de interés. Cuando vendió algunas de esas tenencias para obtener fondos, comenzaron a materializarse las pérdidas no realizadas en su cartera de bonos. Luego, una oferta de acciones fallida activó una clásica corrida bancaria.

Es cómodo pensar que el problema sólo afectó a algunos bancos aislados. Pero fue un problema sistémico.

En una operación de flexibilización cuantitativa (FC), la Fed compra bonos a las instituciones financieras. Por lo general, los vendedores proceden a depositar el dinero en los bancos, y el resultado es un gran aumento del volumen de depósitos no asegurados en el sistema bancario. Por el lado del activo de los bancos, hay un correspondiente incremento de reservas del banco central. Es una situación estable, porque las reservas son el activo más líquido del planeta y pueden usarse para satisfacer a cualquier depositante impaciente que venga a buscar su dinero. Por desgracia, al continuar la FC, varios bancos pequeños (con activos por menos de 50 000 millones de dólares) se apartaron de esta posición estable.

Históricamente, los bancos estadounidenses pequeños seguían un modelo de financiación conservador tal que los depósitos a la vista no asegurados rondaban el 10% de su pasivo. Pero cuando la Fed puso fin a la FC de tiempos de la pandemia, los depósitos a la vista no asegurados de estos bancos superaban el 30% del pasivo. Aunque era un nivel todavía muy inferior al del SVB, es evidente que estas instituciones estaban igual de sobrecargadas.

Esos mismos bancos también solían ser más conservadores en lo referido a la liquidez. Al principio de la FC a fines de 2008, los bancos con menos de 50 000 millones de dólares en activos tenían reservas (y otros activos que podían usarse para pedir reservas prestadas) por una cifra superior al volumen de depósitos a la vista no asegurados. Pero a principios de 2023, sus pasivos susceptibles a corridas ya eran (en términos agregados) una vez y media el volumen de los activos líquidos. En vez de reservas líquidas, la composición de sus activos ahora estaba más sesgada hacia la tenencia de títulos a largo plazo y préstamos a empresas, incluida una proporción significativa de hipotecas sobre edificios comerciales.

De modo que cuando la Fed subió los tipos de interés, el valor económico de estos activos bancarios tuvo una caída importante. Una parte de la caída se ocultó mediante trucos contables, pero la quiebra repentina del SVB hizo que los inversores empezaran a analizar con más cuidado los balances de los bancos. Y lo que vieron no inspiraba confianza. El índice KBW de acciones bancarias cayó más de 25%, y en numerosos bancos comenzó una salida de depósitos; bancos que en muchos casos no tenían liquidez para hacer frente al flujo repentino. El riesgo de una corrida contagiosa entre los bancos pequeños era real, lo mismo que la posibilidad de que el problema se extendiera.

Un hecho importante es que mientras fluía dinero privado hacia los bancos grandes, muy poco iba en dirección a instituciones pequeñas y medianas. Por eso las autoridades tuvieron que acudir al rescate. Poco después de la caída del SVB, el Tesoro prometió que si había otras quiebras, los depósitos no asegurados en bancos pequeños estarían a salvo.

La Fed

abrió un generoso canal de financiación para prestar dinero por hasta un año a los bancos contra el valor nominal de sus títulos en cartera, sin tener en cuenta la pérdida de valor derivada de la subida de tipos de interés. Y el Federal Home Loan Banks (FHLBanks), que en la práctica es una rama del gobierno de los Estados Unidos, aumentó el otorgamiento de préstamos a bancos en problemas, cuando el total de sus adelantos al sistema bancario ya se había triplicado entre marzo de 2022 y marzo de 2023 en medio del endurecimiento de política de la Fed. De modo que el endeudamiento de los bancos pequeños y medianos con estas fuentes oficiales se disparó.

En esencia, el Tesoro se ocupó de evitar una corrida bancaria, mientras la Fed proveía a los bancos fondos para hacer frente a los retiros que, aunque no fuera ya en un contexto de pánico, no se habían detenido. Una crisis bancaria en potencia se convirtió en un problema a cámara lenta para los bancos, conforme reconocían y absorbían las pérdidas en sus balances.

Pero hace muy poco el New York Community Bancorp, que compró partes de uno de los bancos quebrados en 2023, anunció grandes pérdidas, y nos recordó la continuidad del proceso. Desde marzo de 2023 el índice Russell de pequeñas empresas ha estado muy por debajo del índice S&P 100 de grandes corporaciones, de modo que al parecer los problemas de los bancos pequeños han afectado a sus clientes tradicionales: pequeñas y medianas empresas.

¿Dónde estamos entonces? Aunque la situación podría ser mucho peor si el Tesoro y la Fed no hubieran intervenido, la aparente facilidad con que se detuvo el pánico sacó el asunto del candelero. Dejando a un lado a los libertarios más recalcitrantes, a nadie parece preocuparle demasiado la magnitud de la intervención que fue necesaria para rescatar a los bancos pequeños, ni ha habido una investigación más amplia de las circunstancias que condujeron a la aparición de estas vulnerabilidades.

Es así que todavía hay algunas preguntas sin responder. ¿Hasta qué punto los problemas bancarios de 2023 fueron resultado del estímulo monetario motivado por la pandemia y de no haber controlado lo suficiente lo qué hicieron los bancos con el dinero? ¿Puede ser que los adelantos de FHLBanks hayan permitido a los bancos que quebraron postergar intentos de capitalizarse? ¿Será que los bancos que tras la quiebra del SVB apelaron a las protecciones oficiales están manteniendo a flote a deudores con hipotecas comerciales en problemas, posponiendo así el día de la rendición de cuentas?

No es bueno para el capitalismo que quienes asumen riesgos a sabiendas (en este caso, banqueros y depositantes no asegurados) no paguen ningún precio cuando el riesgo se materializa. A pesar de las amplias reformas bancarias de los últimos quince años, las autoridades han mostrado una vez más que están dispuestas a rescatar a los actores del mercado si son muchos los que han asumido el mismo riesgo. Ya bastante malo era aquello de «demasiado grande para quebrar», ahora tenemos «demasiados para quebrar».

La minicrisis de marzo de 2023 fue mucho más que una mera nota al pie en la historia de los bancos. No podemos darnos el lujo de olvidarla.

Raghuram G. Rajan, former governor of the Reserve Bank of India, is Professor of Finance at the University of Chicago Booth School of Business and the author, most recently, of Monetary Policy and Its Unintended Consequences (The MIT Press, 2023). Viral V. Acharya, a former deputy governor of the Reserve Bank of India, is Professor of Economics at New York University’s Stern School of Business. Traducción: Esteban Flamini.

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