El péndulo que oscila

Por Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay (EL PAÍS, 30/07/06):

En México ha ganado Felipe Calderón, del partido de gobierno, quien arrancó su campaña allá por octubre del año pasado, casi sin chance, dispuesto a “romper la demagogia del PRD” y la “corrupción e impunidad del PRI”. Por entonces se pensaba que López Obrador era casi imbatible, mimado por cómodas mayorías en las encuestas, y que el PRI, aun con un candidato de escaso atractivo, preservaba una estructura lo suficientemente sólida como para competir.

A poco de andar se reveló que Calderón, un político joven, de 43 años, panista desde la primera hora, presidente del partido varios años, secretario de Energía del Gobierno de Fox, era un excelente candidato, como tal el mejor para quienes miraban desapasionadamente la política. Pero aun éstos admitían que la ventaja de López Obrador era demasiado grande, como se comprobó en marzo último, en el Estado de México, el más poblado, en que ganó abrumadoramente el candidato del PRD, mientras las encuestas mostraban ya a Calderón segundo, aunque unos 10 puntos por debajo de López Obrador.

Lo demás es conocido. El PRI se fue reduciendo al porcentaje que le daba su máquina, la opción se polarizó entre Calderón y López Obrador, el presidente Chávez -no faltaba más- apareció en escena para apoyar a este último, la campaña se ensució de acusaciones y finalmente, en la elección más reñida de la historia, termina triunfando el “conservador”, según dice la etiqueta habitual. “Conservador”, criado en la modesta familia de un profesor liceal; conservador que aspira a modernizar la economía y abrirla al mundo, más allá del TLC con EE UU; conservador que quiere eliminar los vestigios remanentes de los 73 años de un PRI nacionalista, proteccionista, autoritario y tercermundista. En una palabra, un conservador que propone un México más moderno y más abierto.

La pregunta hoy es si podrá lograrlo, con un Parlamento donde carece de mayoría. En un país sin cultura de pactos, sin el hábito del entendimiento, mirado más como una flojera que un acto de sabiduría, porque la historia así lo dice desde la autocracia de Porfirio Díaz, el monopartidismo del PRI y un pasado de heroísmo revolucionario, donde nada dejó de pasar y el diálogo político poco espacio tuvo.

Lo interesante es que esta elección de Calderón, luego de la de Alan García en Perú y la reelección de Uribe en Colombia, termina de echar por tierra la caricaturesca tesis de que América Latina vivía una “ola de izquierda”, cuando adolecía pura y llanamente de un ramalazo de enojo que conducía a las oposiciones al gobierno al grito de cambiar la política económica. La presunta ola se componía de algo tan variopinto como un populismo autoritario en Venezuela, una insurgencia indígena en Bolivia, una socialdemocracia liberal en Chile, un gobierno lisa y llanamente peronista en la Argentina y una coalición brasileña, comandada por un viejo sindicalista, asociado a los partidos de la derecha histórica.

Las últimas elecciones han sido terminantes y muestran también que ese mesianismo bolivariano de Chávez, aspirante a un liderazgo continental, comienza a mostrar sus debilidades, pese al dinero lanzado a raudales para ganar simpatías, con la derrota ahora de su alabado López Obrador, como poco antes lo había sido Humala en Perú. Ahora ha logrado entrar al Mercosur -ya no tan sureño-, pero todo indica que traerá más problemas que soluciones y que su exuberancia verbal le llevará a que sus nuevos socios, especialmente el Brasil, le pongan paños fríos a sus calenturientas propuestas. Sin ir más lejos, al ser recibido en el Mercosur, en Caracas mismo, ya lanzó la idea de un Ejército del Mercosur, que ha erizado los pelos de los militares y diplomáticos de la región.

De modo que el péndulo, que un día condujo a una política económica más liberal y luego pareció irse hacia el otro extremo, oscila en el medio. Nadie da marcha atrás en las reformas liberales de los ochenta ni de cerrar economías (más bien lo contrario, con una sucesión de TLC con EE UU). De lo que sí se habla en todos lados, sean los gobiernos que sean, es de la desigualdad en la distribución del ingreso y la pobreza tan grande que permanece. De eso sí se habla y la diferencia radica en los modos de combatirlos, con matices que varían entre paternalismos clientelísticos (Venezuela), viejos políticos asistencialistas (Argentina, Uruguay, Brasil) o intentos de modernas reformas basadas en la educación (Chile, Colombia).

Algo electoralmente novedoso que se vive es la división en las geografías nacionales, en la que se entremezclan situaciones de pobreza con atávicos reclamos étnicos y debates sobre políticas económicas. Se ha visto recientemente en Bolivia, en su elección para constituyente: el electorado se partió en dos, con abrumadora mayoría para el centralismo en el altiplano pobre y minero y, a la inversa, masivo apoyo a una autonomía regional en el Este, dinámico, agrícola y petrolero; aquél, indígena; éste, blanco y mestizo. Parecida situación en México, con un Norte desarrollado a favor de Calderón y un Sur pobre con López Obrador; un Yucatán en proceso de cambio con Calderón y una Ciudad de México, abigarrada y enojada, con López Obrador. También en Perú fue tajante la división: mientras García triunfaba claramente en Lima y las ciudades costeras del Centro y el Norte, Humala -con su discurso indigenista- se llevó tras suyo toda la sierra, donde quechuas y aymaras aún resienten de Pizarro.

Las viejas historias reaparecen en nuevas versiones, azuzadas por la crisis energética, con sus intereses gasíferos y petroleros. Lo que seguramente dará que hablar antes de lo que pueda pensarse.