El pequeño Danton en la Casa de Pizarro

Llevamos ya tres horas hablando de cuanto hay de divino en lo humano, cuando me siento obligado a preguntárselo.

-¿Pero el pequeño Danton vive en el Palacio de Gobierno?

Alan García, cercano ya al final de su sorprendente segundo mandato como presidente del Perú, eslora sus ciento y muchos kilos de educada picardía hacia mí y se explaya en los detalles.

-No. Si hay algo que yo ni puedo ni quiero permitirme es parecer un frívolo. El pequeño Danton vive con su madre, yo no voy a meter a otra mujer acá. Es cierto que la primera dama y yo atravesamos por una etapa difícil, que para ella no fue un momento agradable cuando decidí reconocer al niño. Ella viene de una familia muy tradicional… muy religiosa. Y ahora ha decidido no acudir a los actos oficiales. Yo le dije que debía hacerlo porque ella representa la bondad de la República. Me contestó que a ella no la eligieron, pero yo le repliqué que era mi esposa cuando me eligieron a mí y sigue siéndolo ahora. Fue en vano. Entonces yo tomé mi pequeña revancha y llevé al pequeño Danton a esos actos oficiales. La gente adora a ese niño. ¡Ese niño es tan simpático! Se ha ganado el corazón de los peruanos…

Basta teclear su nombre en You Tube para comprobarlo. En el mismo suntuoso Salón Dorado, inspirado en la Sala de los Espejos de Versalles, que ahora mismo está siendo acondicionado con motivo de la visita del presidente de Panamá, puede verse a un niño flaquito de cinco años con un vistoso flequillo, deambulando desenfadadamente dentro de un impecable traje gris, rompiendo el protocolo, acercándose a los micrófonos de la prensa, haciendo muecas, ensayando incluso unos pasos de baile, convertido en suma en la estrella de la fiesta como si estuviera caricaturizando toda la impresionante trayectoria de su padre en la política peruana.

Poco después de su inesperada reelección en 2006 Alan García demostró una vez más sus reflejos cuando, adelantándose a quienes iban a divulgar que acababa de tener un hijo fuera del matrimonio, compareció ante la prensa para anunciar que, en efecto, era padre de «un niño muy bello» al que pensaba «proteger siempre». La primera dama, Pilar Nores, lo aceptó. Fue un gesto especial toda vez que durante la campaña electoral de 2000 el luego presidente Alejandro Toledo se resistió a dar un paso similar cuando le llevaron a pleito para que reconociera a una hija, fruto de una relación durante una etapa en la que estuvo separado de su esposa, la antropóloga norteamericana Eliane Karp. Al final lo hizo.

«Ella le presionó para que no la reconociera y eso estuvo a punto de costarle la elección. Ten en cuenta que éste es un país con un alto porcentaje de hijos ilegítimos», me explica la mujer del director de uno de los principales periódicos de Lima. «También esta vez Alan ha querido demostrar que él no es como los demás».

El Palacio de Gobierno está ubicado en la llamada Casa de Pizarro pues en este enclave vivió y fue asesinado en 1541 el Conquistador y todavía queda en uno de los patios la higuera centenaria que plantó con sus propias manos. Para llegar al antedespacho del presidente García hay que atravesar un imponente vestíbulo dedicado a la memoria del sargento de origen vasco Eulogio Eléspuru, que dio su vida allí mismo el 29 de mayo de 1909 durante el denominado Día del Carácter, cuando el presidente Leguía se negó a dimitir pese a haber sido secuestrado por una facción rival.

Nadie que conozca a Alan García dudaría ni por un momento de que esa misma sería su reacción en un trance así. Y menos después de oír de sus propios labios el relato de su experiencia tras el autogolpe de Fujimori en abril del 92.

-Era de noche. De repente mi casa estaba rodeada de soldados. No sabía si venían a matarme o a prenderme. Yo estaba en bata y pensé que sería indigno morir en bata. Me vestí, avisé a los vecinos, agarré dos pistolas y comencé a disparar al aire. Los soldados creyeron que había resistencia dentro de la casa y se demoraron lo suficiente como para que yo pudiera escapar por los tejados y cornisas.

Pocos peruanos hubieran derramado una lágrima en ese momento por su ex presidente. El exilio de Alan García, primero a Colombia, después a París protegido por los Mitterrand, fue el epílogo del que probablemente sea -junto a la trágica experiencia de Salvador Allende- el mandato más calamitoso de un gobernante elegido por las urnas en América Latina en la segunda mitad del siglo XX.

Nunca una ilusión tan grande quedó tan amargamente defraudada. Alan García llegó al poder en 1985 con 36 años recién cumplidos, la mitad de kilos de los que pesa ahora y una imagen carismática. No sólo era el presidente más joven de la historia de la República, sino que su triunfo implicaba también por primera vez el del APRA, partido fundado en los años 30 por el mítico líder populista Víctor Haya de la Torre.

-Mi victoria suponía el cumplimiento de un destino y yo no podía apartarme de él… Tenía que cambiar el mundo en un día… Además era la época de Reagan y en Perú había un gran antiamericanismo, casi todos los peruanos se definían de izquierdas.

Pero yo busco explicaciones, no malas excusas. En su discurso inaugural Alan García anunció que restringía unilateralmente el pago de la deuda externa al equivalente del 10% de las exportaciones. Fue una conmoción para el sistema financiero internacional. Todo el orden mundial habría saltado por los aires si otros países en vías de desarrollo le hubieran imitado. Pero no lo hicieron y tras unos meses de euforia, fruto del estímulo artificial de la demanda interna, la economía peruana entró en barrena.

-Cometí ese error tan humano de creer que las cosas que van bien siempre se pueden estirar un poco más…

No sólo eso. Alan García emprendió la huida hacia delante al anunciar en 1987 su propósito de nacionalizar la banca.

-Adopté esa medida porque me di cuenta de que los grandes financieros en lugar de reinvertir en el Perú estaban sacando sus beneficios fuera. Reconozco que fue una gran equivocación.

Ni siquiera llegó a consumar sus propósitos porque los tribunales se lo impidieron, pero la suma del aislamiento internacional y la desconfianza interna desembocaron -entre bandazos y ajustes duros como el llamado paquetazo– en un escenario de auténtica pesadilla con la inflación en tasas del 7.000% y millones de peruanos perdiendo los ahorros de toda su vida, mientras Sendero Luminoso llevaba su sanguinaria ofensiva del campo a las ciudades.

En su ecuánime estudio del periodo, el británico John Crabtree sostiene que García gobernó de forma «altamente personalista y centralizada, ingiriéndose en el día a día de la ejecución de su plan» y que «decisiones importantes se tomaban de tal manera que se conocían en el último momento y cogían a todos por sorpresa». Su conclusión no puede ser más demoledora: «Al no estar inscrita dentro de una estrategia más amplia y comprensiva, la política de corto plazo estaba casi destinada a caer en la incoherencia, las contradicciones y finalmente en el fracaso».

¿Cómo es posible que alguien con semejante balance a sus espaldas pudiera volver al poder 15 años después? En primer lugar porque otros vendrán que bueno te harán: la década del tándem Fujimori-Montesinos sumió al Perú en los infiernos del despotismo y la corrupción, y el mandato democrático de Toledo quedó contaminado por nuevos escándalos. Pero en segundo lugar porque en 2006 funcionó el principio del mal menor: muchos peruanos votaron por García tapándose la nariz para evitar que el país quedara en manos del indigenista Ollanta Humala y pasara a formar parte con la Bolivia de Evo Morales y el Ecuador de Correa del bloque liderado por Chávez e inspirado por Castro. Si de algo no tiene nadie duda alguna es del anticomunismo de Alan García.

-Mientras estén esos señores ahí, yo nunca visitaré La Habana.

Pero hétenos aquí que, precisamente ahora cuando las expectativas eran tan bajas, el otrora caballo en la cacharrería de las finanzas se ha trocado en paladín de la ortodoxia económica, ha dado seguridad a los inversores extranjeros -de manera notable a los españoles- y ha desencadenado un pequeño milagro peruano con crecimientos del PIB por encima del 6%, sólo equiparable en la región al brasileño. Además ha logrado recortar en más de 10 puntos el índice de pobreza -número de personas que viven con menos de dos dólares al día-, situándolo claramente por debajo del 40%. No hay mejor antídoto contra el populismo «antiglobalista», contra la «utopía arcaica», que mejorar las condiciones de vida de la gente, explica Alfredo Barnechea en su brillante compilación de textos El Edén Imperfecto.

Total, que el caso de Alan García demuestra que no siempre el hombre tropieza dos veces en la misma piedra e incluso que, como en el mito de Tannhauser, es posible alcanzar la redención de los peores pecados mediante la contrición y el propósito de enmienda. En una reciente conversación, previa a mi viaje a Lima, Zapatero alegaba que quienes le acusan a él de haber cambiado de política económica deberían fijarse en el giro copernicano del presidente del Perú. Alan García salta, entre divertido y competitivo, cuando se lo cuento.

-Sí, yo he cambiado más; pero él lo ha hecho en mucho menos tiempo. A mí me ha tocado gobernar en dos mundos diferentes y habría sido un estúpido si no me hubiera dado cuenta de eso.

También cabe añadir que su examen de conciencia venía de lejos pues en el prólogo de su novela autobiográfica El mundo de Maquiavelo -comienza por cierto con el cerco militar a su vivienda- dejó escritas en 1994 unas palabras que le honran: «En el vértigo de lo ocurrido todos estamos obligados a cambiar y a revisar lo que antes pensábamos».

Gracias a tal autocrítica hubo vida después de la muerte para este insaciable glotón del poder, la buena mesa y la conversación ilustrada. Alan García se ve a sí mismo como un «político torero», entrando a matar como El Viti o avanzando paso a paso hacia el peligro como Paco Ojeda, por citar a dos de sus ídolos. Me explica que él mismo probó como novillero hasta que un bicho le pegó un buen tantarantán: «De repente me encontré volando por los aires sin saber si me habría roto algo». Cuando se lo cuento a un colega limeño me dice que nunca había oído esa anécdota pero que es una buena metáfora de toda su biografía: «Ha dado tantas vueltas que ya no sabe ni quién es».

Alan García no deja indiferente a ningún peruano y hasta quienes más le detestan reconocen su habilidad. Él recorre la historia del pensamiento explicando que se ha pasado de Hegel a Popper, proclama la autonomía del hecho político sobre la coyuntura económica apoyándose nada menos que en Polibio, lo trufa todo de fascinantes anécdotas -«Aquel día que me encontré a Perón en el supermercado Aurrerá de Madrid…», «Aquel día que me vino a ver Noriega y me puso una cinta con un mensaje de Bush padre para mí…»- y se aferra a su santoral de gigantes de la Historia: Roosevelt, Deng Xiaoping, Mirabeau, pero sobre todo Danton. Por eso bautizó así a su «niño muy bello».

Compartimos el mismo interés por la Revolución Francesa y doy fe de que su nivel es de gran especialista. Recordamos casi al unísono las palabras clave del discurso más memorable de Danton: «Necesitamos la audacia, después la audacia, siempre la audacia y Francia estará salvada».

-Lo que me atrae de Danton es su integralidad. Su capacidad oratoria. También su soberbia.

Danton estuvo dos veces en el poder e intentó llegar una tercera pero lo guillotinaron. Alan García no oculta que tan pronto como termine su mandato empezará a trabajar para ser candidato en 2016 -la Constitución peruana prohíbe la reelección inmediata- y volver a ceñirse la banda presidencial en el año del bicentenario de la República. Lo consiga o no, seguro que salva el cuello.

Nuestra larga charla desemboca en una grata cena con colegas en la que me dedico a observarle. Lo veo a la vez tan complicado y tan transparente, tan sofisticado y tan fresco en todos los sentidos de la palabra, que ya no sé si tengo delante al sibarita grandullón o al niño flaquito del flequillo bonito.

-Creo, señor presidente, que si admira tanto a Danton es porque usted se parece mucho a él.

Pienso en las matanzas de las prisiones -París 1792, Lima 1986-, pienso en la teatralidad estentórea de los balconazos, pienso en el mal genio y el buen corazón… pero sólo cito uno de los paralelismos.

-A Danton también le acusaron una y otra vez de corrupción.

-Bah, calumnias del Comité de Salud Pública…

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.