El periodismo liberal

Jaime Arias, fallecido la semana pasada, ha sido el último miembro de una peculiar generación de ilustres periodistas catalanes. La peculiaridad se debe, sobre todo, a las circunstancias históricas. Nacidos en torno a 1920, esta generación inicia su carrera profesional a principios de los años cuarenta del pasado siglo, en los tiempos triunfales y totalitarios del franquismo, cuando la ruta señalada era la del Imperio hacia Dios.

¿Qué debía hacer un joven con vocación de periodista que no compartía para nada las ideas de este insólito itinerario pero tampoco estaba dispuesto a enfrentarse con el nuevo orden establecido porque consideraba que los perdedores de la Guerra Civil tampoco eran de los suyos? Sólo tenía dos opciones: o cambiar de oficio o capear el temporal como pudiese en espera de tiempos mejores. Esto es lo que hicieron algunos, entre ellos Santiago y Carlos Nadal, Manuel del Arco, Tristán La Rosa, Néstor Luján, Horacio Sáenz Guerrero, Manuel Ibáñez Escofet, Lorenzo Gomis o Jaime Arias, que les ha sobrevivido a todos.

Agustí Pons publicó hace unos años una gran biografía de Néstor Luján, subtitulada El periodisme liberal. Creo que esta denominación puede extenderse al relativamente heterogéneo grupo de periodistas antes citados: eran liberales de la tercera España como en generaciones anteriores lo habían sido Azorín y Baroja, Pla y Sagarra, Chaves Nogales, Augusto Assía, Camba o Gaziel. De posiciones distintas en el eje derecha-izquierda, a lo largo de la Guerra Civil no llegaron a identificarse plenamente con ninguno de ambos bandos. Esta incómoda posición personal, que en ciertos casos conduce al aislamiento, es el precio que hay que pagar por la independencia de criterio. Un precio indudablemente mucho menor que renunciar a tus propias convicciones y someterte a las de un grupo.

En efecto, el periodismo liberal puede definirse en contraposición al periodismo de trinchera. Ya sabemos lo que son las trincheras: un desmonte del terreno dispuesto de tal modo que te cubre el cuerpo para no ofrecer un blanco al enemigo y que, a su vez, te permita dispararle para acabar con él. Lo decisivo de la trinchera es que deja claro quién es el enemigo: de ahí la expresión “estar a uno u otro lado de la trinchera”. La trinchera separa de manera existencial: quien está al otro lado pretende acabar con tu vida y, por tanto, es preciso que seas tú quien antes acabe con la suya.

En el periodismo liberal no existen trincheras: simplemente hay que informar y opinar: dejar constancia objetiva de los hechos y reflexionar mediante argumentos sobre ellos. Un periódico de calidad debe cuidar la objetividad de la información y ofrecer opiniones diversas siempre que sean rigurosas, coherentes y precisas. Sólo de esta manera el lector tendrá una visión completa del problema planteado. En cambio, el periodismo de trinchera practica lo contrario. Su principio básico es que el amigo siempre tiene razón y el enemigo no la tiene nunca. Un periódico cuya línea sea esta debe demostrar cada día que ello es indefectiblemente así. Malos y buenos, amigos y enemigos, tan simple y falso como eso.

Pero no es exactamente lo mismo un periódico liberal que un periodista liberal. Un periodista liberal, que naturalmente sólo se encuentra cómodo en un periódico liberal, suele reunir tres condiciones: amplia cultura, mirada escéptica sobre las cosas y, al menos, un punto de ironía. El grupo del que tratamos reunía estas condiciones. Ninguno era especialista en nada pero todos eran lo suficientemente cultos como para poder opinar sobre muchas cosas sin hacer el ridículo. Picoteando de aquí para allá, yendo de rama en rama, aunque no conocieran a fondo cómo era el tronco, lograban aportar conocimientos.

El escepticismo era su segunda piel. Aunque algunos eran más apasionados que otros, todos habían sufrido muchos escarmientos en la vida y eran conscientes de su intrínseca debilidad: Santiago Nadal fue encarcelado en los años cuarenta; Luján, sancionado e inhabilitado en el periodo final de la dictadura. Ninguno fue franquista, pero tampoco ninguno, a excepción de los últimos tiempos, fue un antifranquista declarado. Todos eran precavidos.

Y la ironía –que a veces provocaba la carcajada– era una forma de resistencia al poder, además de una delicia para el lector, al que forzaban a leer entre líneas, así como también una manera estéticamente lograda de disimular lo que sabían y no se atrevían a decir.

Jaime Arias fue uno de ellos, aportó sobre todo el conocimiento del mundo exterior, especialmente del norteamericano. Aportó también su cordialidad y su conocimiento de las élites sociales catalanas y españolas. ¿Es el último periodista liberal? Ciertamente, no. A pesar de que el periodismo de trinchera es desgraciadamente cada vez más intenso, aún quedan reductos, sobre todo en la prensa escrita, en los que sobre un fondo de cultura se reflexiona libremente con escéptica ironía, en lo que aquello que se opina es siempre algo impredecible.

Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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