El periodismo y el riesgo en tiempos difíciles

Texto de la intervención de Pedro J. Ramírez durante el acto de entrega de los Premios de Periodismo de EL MUNDO celebrado el pasado miércoles con la asistencia de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.

Excelentísimo señor presidente del Gobierno, excelentísima señora presidenta de la Comunidad de Madrid, excelentísimo señor alcalde de Madrid, autoridades, señor líder de la oposición:

Ésta es la séptima edición de nuestros Premios Internacionales de Periodismo, establecidos para honrar la memoria de Julio Fuentes, Julio Anguita Parrado y José Luis López de Lacalle, pero en ella se dan circunstancias singulares que le otorgan un significado muy especial.

Se trata de la primera vez que los premios se entregan en la nueva sede de Unidad Editorial después de la fusión con el Grupo Recoletos. Por eso es un gran honor contar hoy en esta casa de la Avenida de San Luis con la presencia simultánea del jefe de la oposición y el presidente del Gobierno como símbolo de que más allá de las discrepancias hay grandes consensos en torno a los valores constitucionales con los que el diario EL MUNDO se identifica.

Tal vez el más importante de ellos sea el que se materializa en la unidad de la lucha antiterrorista. Desde este periódico nos sentimos muy orgullosos de haber podido contribuir en alguna medida con nuestra línea editorial al restablecimiento de ese frente común quebrado durante la pasada legislatura. Es un lujo y un placer poder felicitar en un mismo acto a los máximos representantes del Gobierno y la oposición por los muy alentadores frutos recientes de su colaboración y muy en especial por la eficiencia de la labor policial protegiendo nuestras libertades.

La enfermedad de uno de sus hijos ha frustrado sus planes, pero la viuda de López de Lacalle, Mari Paz Aristizabal, me explicó ayer que su propósito era viajar a Madrid para estar hoy aquí con nosotros y asistir mañana al juicio señalado en la Audiencia Nacional contra García Gaztelu, alias Txapote, por ordenar asesinar a su marido. Es evidente que para ella los dos actos tienen continuidad y para nosotros también porque la defensa de la libertad de expresión y el ejercicio de la justicia con todo el rigor que merece la ignominia no son sino las dos caras de una misma cultura democrática.

En el caso del presidente Zapatero se da además el hecho de que ésta es una de sus primeras comparecencias públicas tras la cumbre de Washington. En ella ha representado dignamente al conjunto de nuestra nación y ahora sólo cabe esperar que las medidas de estímulo de la economía allí esbozadas se concreten en un nuevo plan de actuación -a ser posible pactado también con la oposición- que acelere la recuperación sin dañar la libertad de mercado.

Porque el segundo elemento que distingue esta edición de hoy de todas las anteriores es el contexto en el que se celebra. En mis 28 años como director de dos grandes diarios nacionales nunca había visto una crisis como ésta. Desde que mis compañeros y yo fundamos EL MUNDO en 1989 hemos vivido varias veces los problemas derivados de la caída de la inversión publicitaria, pero ésta es la primera en que nos toca afrontar literalmente su hundimiento.

Comprendemos el estado de shock en el que en estos momentos se encuentran miles de empresas y millones de trabajadores porque en cierto modo nosotros también lo padecemos. En el caso de los medios de comunicación la crisis económica general, con sus agravantes específicamente españoles, coincide además con la mayor transformación de la estructura del sistema informativo desde el nacimiento de la prensa escrita.

Pero la capacidad de crecernos ante las dificultades forma parte de nuestro ADN. No sé si ha habido algún grupo de comunicación que haya entendido antes y mejor que Unidad Editorial el significado profundo de la revolución en marcha, pero desde luego ninguno ha obrado en consecuencia, al menos en España, con tanta determinación y eficiencia. Eso explica que todos nuestros medios sean líderes en los nuevos soportes en sus respectivos segmentos y sobre todo que con más de 12 millones de usuarios únicos al mes y más de un millón y medio al día en internet, a los que hay que sumar naturalmente casi otro millón y medio de lectores fieles de nuestra edición impresa, EL MUNDO sea la primera cabecera del orbe en lengua castellana.

Dentro de muy pocas semanas quedará constancia de que no nos dormimos en los laureles y de que, si fuimos capaces de innovar cuando nacimos, más vamos a serlo ahora que se aproxima nuestro vigésimo aniversario. Pero no nos engañemos: si podemos describir con detalle la tormenta es porque estamos inmersos en ella y este acto de hoy, supongo que se habrán dado cuenta, se produce mientras la popa del barco se levanta en medio de olas gigantescas.

De ahí el significado tan especial que tiene el que para acentuar la sensación de vértigo y desafío a los elementos, el jurado de esta edición haya decidido otorgar estos premios a tres figuras emblemáticas que, como nuestros compañeros muertos, encarnan y quintaesencian la asunción del riesgo como algo consustancial al ejercicio del periodismo. Una asunción del riesgo tan valiente como cabal, tan elegante como extrema.

Éste es por supuesto el caso del gran jefe de la tribu, don Manuel Ángel Leguineche, Manu para su legión de admiradores y amigos. Más que describir sus abrumadores méritos para obtener el Premio Reporteros de EL MUNDO habría que preguntarse cómo hemos tardado tanto tiempo en otorgárselo. Y la respuesta es que a menudo, como le ha pasado recientemente a otro jurado insigne de otro premio al menos tan importante como éste, reconocemos más fácilmente el mérito con pasaporte extranjero que aquel que es carne y sangre nuestra.

Estoy seguro de que a nuestros dos Julios, nuestras formidables Torres Gemelas derribadas por el fanatismo, les habría enorgullecido que Christian Amanpour, Jon Lee Anderson, Frank Gardner o Bernard-Henri Lévy hayan obtenido el premio otorgado en su memoria. Pero lo que ciertamente les habría puesto colorados, a la vez de felicidad y de vergüenza, hubiera sido imaginar que lo recibiera Manu, cuando eran ellos, y ése fue todo el sentido de su vida profesional, los que perseguían al menos un accésit, un diploma, un lugar en la orla de la emulación del intangible premio Leguineche. Porque Manu era para ellos, como para unos cuantos elegidos más, su maestro, su padre, su hermano mayor, su amigo... su modelo en suma.

Manu ha estado en todas partes, ha vivido todas las historias, ha corrido todos los peligros, ha escrito todas las crónicas y buena parte de los libros. Ha sido el mejor y más honesto narrador, el testigo directo imprescindible, el intermediario comprometido entre el ser humano y sus desmanes e incluso a veces entre el ser humano y algunas de sus más nobles conquistas. Ha sido el periodista puro que ha llevado hasta sus últimas consecuencias el único arte más sublime que el de vivir para vivir, o sea el de vivir para contarlo. Por eso le queremos y le admiramos tanto.

El riesgo que han asumido Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella publicando dos libros como La Casta y La Deriva es de otra naturaleza, pero también lo conocemos en la redacción de EL MUNDO. Plantar cara a todo un establishment, al conjunto de la clase política de su país, como ellos lo han hecho, denunciando sus abusos y privilegios, garantiza como mínimo la incomprensión intelectual y la descalificación personal. Pero muchas veces conlleva también auténticas campañas de acoso y derribo contra los rebeldes aguafiestas en las que pocos límites se respetan. Sabemos lo que es la mirada de hielo del poder y a veces también la de la oposición, aunque éste no sea el caso aquí y ahora.

Cuando hace algo más de un año nuestro amigo y consejero el embajador Vanni d'Archirafi nos regaló La Casta a los principales directivos de EL MUNDO y nos hizo ver su importancia, yo me di cuenta de que era una obra clave porque iba al corazón del principal problema de nuestras democracias. Déjenme que sea claro: sin partidos políticos, sin clase política, no hay democracia posible, pero los políticos tienen que estar al servicio del sistema representativo y no a la viceversa. Por eso hemos pedido una y otra vez listas abiertas o al menos desbloqueadas, elecciones primarias y demás mecanismos que dejen en manos de las bases el futuro de los liderazgos. Por eso nos alegramos cada vez que asistimos a un incontrolable ejercicio de democracia participativa como acaba de suceder en los Estados Unidos y por eso nos entristecemos cuando observamos procesos férreamente dirigidos por los aparatos de los partidos en cualquier lugar del mundo.

En tiempos de crisis como los actuales es lógico que los ciudadanos se vuelvan más exigentes e incluso quisquillosos con la utilización del dinero público. Y es lógico también que los medios de comunicación nos sintamos obligados a esmerarnos a la hora de servir de cauce a esa conciencia crítica de la sociedad. Afortunadamente en la España democrática superamos hace ya algún tiempo la etapa en la que debíamos denunciar los delitos que se cometían desde el Gobierno y nuestra labor se ciñe a criticar los muchos errores y a reconocer, por qué no, unos cuantos aciertos.

En todo caso los periodistas de nuestra generación podemos considerarnos afortunados, pues aquí nunca se ha llegado al extremo de que resulte peligroso no ya atacar al poder sino alabarle con insuficiente entusiasmo, tal y como nuestro corresponsal en Asia, David Jiménez, explica que sucede con el llamado Mulá FM que controla, con las armas y las ondas, el paquistaní Valle del Swat.

Lo del Mulá FM podría dar mucho juego a la hora de analizar el sectarismo fundamentalista con que alguna comunidad autónoma ha ejercido recientemente sus competencias a la hora de adjudicar licencias radiofónicas, pero éste no es ni el lugar ni el momento para hacerlo. Sobre todo cuando queda pendiente la respuesta a la pregunta que, invirtiendo los papeles, hacía Manu Leguineche, en su entrevista en EL MUNDO, al plantear si los directores seguimos mandando a nuestra gente a sitios como el Congo.

Pues sí, querido Manu, ahí tienes a otro admirador y discípulo tuyo, Javier Espinosa, firmando hace días desde Goma unas crónicas cargadas de intensidad narrativa, compasión humana e intención política en estimulante competencia con compañeros de otros medios. Porque, con crisis o sin ella, con licencias radiofónicas o sin ellas, apostando por la edición impresa, por la digital o, como es el caso, por ambas a la vez, tienes razón: «Nada ni nadie podrá sustituir a los reporteros». Y nada ni nadie podrá sustituir a los escritores indomables.

¿Cuál es la motivación que ha llevado siempre a personas tan diversas como Julio Fuentes, Julio Anguita Parrado, Manu Leguineche, Stella, Rizzo o López de Lacalle a complicarse tanto la vida hasta volverla fronteriza con la muerte, física o civil? En el Simposio de Platón hay una mujer misteriosa llamada Diotima que en un momento dado le dice a Sócrates que hay algo que empuja a los hombres a correr todo tipo de peligros, a soportar mil penalidades e incluso a sacrificar la propia existencia. Algo que está, extrañamente, por encima del amor a la patria o a sus propios hijos. Ello lo identifica como «la búsqueda de la fama y el deseo de alcanzar la gloria imperecedera». Esa mujer misteriosa merodeaba a nuestro alrededor, pero no sabía lo que era el periodismo.

Es verdad que los periodistas somos tan soñadores como vanidosos, pero estoy seguro de que todos desdeñaríamos incluso el ansia de inmortalidad que mueve a los grandes políticos o escritores con tal de disfrutar de esos momentos de felicidad, superiores a cualquier otra experiencia imaginable, que nos proporciona el publicar algo que sea a la vez importante y verdadero. Y no digamos nada si es en exclusiva.

Porque aunque sea cierto que nuestros grandes éxitos de hoy envolverán el pescado de mañana o simplemente quedarán borrados por el siguiente clic en el ratón del ordenador, alguien continuará escribiendo sobre el mismo teclado en el que habremos dejado la huella de la yema de los dedos, alguien sacará las fotos que nosotros no podremos ya sacar, alguien vibrará con iguales ilusiones que las que hoy nos hacen vibrar tanto. Y nosotros perduraremos en ellos igual que el espíritu de nuestros añorados compañeros perdura todos los días en lo que ahora hacemos. Porque, queridos Sergio, Gian Antonio, cuando un periodista hace apasionadamente bien su trabajo, ya no es sólo un periodista, sino todos los periodistas. No es la voz de un periódico, es la voz del periodismo.

«Que me quiten lo bailao», proclama Leguineche al final de sus dos páginas de hoy, consciente de haberse ido marcando sucesivamente el vals, la polca, el rock, el twist y hasta el hula hoop. ¡Bien dicho! Pero lo mejor de todo, querido Manu, es que lo que tú has «bailao» durante tantos años tampoco podrán quitárnoslo a ninguno de tus contemporáneos. Que William Howard Russell, que Murrow y Hemingway, que Kapuscinski y Oriana te bendigan. Y que lo cuentes a tiempo para la hora del cierre.

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