El peronista de Putin

En este incierto 2022 en que se conmemoran los cien años del muralismo mexicano, de la Semana de Arte Moderno de Sao Paulo y de la publicación de Trilce, la obra maestra de César Vallejo, además de las lúbricas escenas cosmopolitas con sabor a parrillada argentina que Oliverio Girondo plasmó en sus 'Veinte poemas de amor para ser leídos en un tranvía', resalta con más fuerza el contraste entre la vitalidad de la cultura latinoamericana y el tufo mórbido que expelen sus ideologías y utopías sociales.

Si se hace un inventario de los proyectos políticos que surgieron a lo largo del siglo XX en América Latina, parecería que todos ellos fracasaron o están muertos. El castrismo, como llegó a reconocer el mismo Castro, ya no funciona ni en Cuba y sólo sirve de referencia a los autoritarismos descerebrados y crueles de Ortega y Maduro. Lo mismo puede decirse del guevarismo, esa pasión que incendió tantos corazones y que tantos cadáveres dejó en América Latina: ya nadie quiere suicidarse jugando al foco guerrillero ni alberga fe alguna en la violencia purificadora. El proyecto político que surgió de la Revolución mexicana, el priismo, gozó de salud mientras perpetuó sus rituales autoritarios. Pero una vez purgó sus demonios y se abrió a la democracia, desapareció para siempre. Habrá PRI para rato, pero desde luego no el priismo que gobernó durante setenta años ininterrumpidos. En cuanto al APRA, el proyecto nacional popular de Víctor Raúl Haya de la Torre, ya nada le dice a ningún peruano y su último representante, el expresidente Alan García, se lo llevó con él a la tumba cuando se pegó un tiro para evitar las vergüenzas de la cárcel.

Ni siquiera los proyectos que trajeron estabilidad, paz y prosperidad, como la venedemocracia de Rómulo Betancourt, sobrevivió a las últimas sacudidas del siglo XX, y hasta la sólida democracia costarricense parece estar en riesgo de desandar su camino. Las dictaduras y los caudillismos vuelven a darle al continente el aspectos de un desguace ideológico, donde políticos desnortados o perdidos en nebulosas arcaístas recurren a baterías viejas y a un par de alambres para alargar la vida de proyectos desahuciados.

En este escenario desolador, lo que más sorprende es que otra de esas antiguallas, tan dudosa como el castrismo o el priismo, haya logrado sobrevivir en el tiempo y llegar al presente con una vitalidad desconcertante. Me refiero, claro, al peronismo. Y no sólo porque setenta y siete años después de haber surgido como movimiento y fenómeno social en Argentina esté en el poder, sino porque las ideas y estrategias políticas que desarrolló Perón han seducido a ideólogos y políticos de muchas latitudes.

Si pensamos en su influencia extranjera, a la mente vienen el europopulismo de Podemos y Syriza, y la pretensión de uniformar espiritualmente a toda una población mediante la propaganda, la performance y el símbolo que desquició a los independentistas catalanes. También, sin duda, el nacionalismo efectistas que nutrió la campaña del Brexit y al trumpismo, esos sueños de grandeza nacional mezclados con mentira, espectáculo y demagogia –«fábulas para el consumo de patanes», como diría Borges- que sedujeron a grandes masas de votantes. Pero lo sorprendente es que ahí no agota su influjo el peronismo. Si nos alejamos hacia el Este, hasta Rusia, encontramos que el filósofo de referencia de Putin, el gurú ideológico que influye en el Kremlin, Aleksandr Dugin, también tiene entre sus influencias los delirios identitarios y continentales del general Juan Domingo Perón.

Dugin habla un español fluido, con cantito argentino, y afirma sin que le tiemble el pulso que Perón es un profeta del momento geopolítico actual. Y esto a pesar de que por momentos parecen personajes muy distintos. Dugin es un tradicionalista que aborrece la modernidad y considera que el ser humano debe tener una relación orgánica con la tierra en que nace. No cree en las naciones; cree en las civilizaciones y en quienes las forjan, los pueblos, y por eso reverencia la noción de lo sagrado que los aglutina, y la religión, la lengua y las tradiciones que los anclan a un territorio concreto.

Es aquí donde empieza a acercarse a Perón. Su idea de una comunidad orgánica de hombres y mujeres enraizados es muy similar a la idea de comunidad organizada sobre la que filosofó el populista argentino en 1949. Tanto para Dugin como para Perón, los intereses del individuo deben armonizarse con los de la colectividad, algo que sólo se logra imponiendo como meta el engrandecimiento de la patria. En la comunidad organizada, decía Perón, los deseos del yo coinciden con los del nosotros, y cada yo tiene el efecto bienhechor de perfeccionar el nosotros.

Ese nosotros empieza en Argentina, pero no tiene por qué detenerse ahí. Esa es otra cosa que Dugin admira de Perón: el proyecto continental con el que fantaseó para frenar la influencia estadounidense. En la unificación latina, Dugin ve un ataque al mundo unipolar que quiere crear Estados Unidos. El filósofo ruso cree que la hegemonía liberal globalizadora será derrotada siguiendo el ejemplo peronista. Defendiendo identidades regionales eternas, que se extienden por vastos territorios, incluso continentes, y que terminarán creado un mundo multipolar. En eso consiste su proyecto geopolítico, con el cual coincide Putin: en fortalecer los pueblos civilizatorios, el eslavo en Eurasia, el chino en Oriente, el islámico en Medio Oriente, el indio en la India y el latino en América, y los liderazgos de conductores populistas identificados con la tradición, no con los artificios fronterizos de la modernidad. Esa ficción llamada Ucrania, por ejemplo.

La curiosidad de Dugin por América Latina es admirable, sin duda, pero lamentablemente se limita a los proyectos autoritarios y populistas que han arruinado, fragmentado y subyugado a las sociedades del continente. Bueno sería que también se interesara por César Vallejo, por Girondo, Borges y la vanguardia antropofágica brasileña. Entonces vería que América Latina no es sólo lo que Perón quiso que fuera, sino lo opuesto: la cuna de un cosmopolitismo capaz de mezclarse con lo mejor que han dado otras civilizaciones, de contaminarse, mutar, aprender. Y también de hablarle al universo entero.

Carlos Granés es autor del libro 'Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina'.

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