El perro de presa imperial

Por Tariq Ali, novelista y ensayista paquistaní, y autor de Rough Music: Blair, Bombs, Baghdad, London, Terror. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 28/05/07):

Tony Blair entregó su lealtad, ante todo, a la Casa Blanca. El resultado ha sido un legado de odio que ha acabado con su mandato.

El final fue también un ejercicio de manipulación típico del Nuevo Laborismo y nuestro querido líder. Un público minuciosamente escogido, un discurso en defensa de sí mismo, la voz temblorosa… y fin. En su momento, Blair había llegado al número 10 de Downing Street con una exhibición cuidadosamente organizada de banderas. También el otro día hubo muestras de fervor patriótico, con referencias a “este bendito país… el mejor país del mundo” y sin decir nada de los McDonald’s, Starbucks, Benetton que adornan las calles principales de cada ciudad de Gran Bretaña ni el hecho de que, bajo su mandato, la imagen de este país en el resto del mundo ha pasado a ser la del perro de presa favorito en la perrera imperial.

El principal triunfo de Tony Blair fue ganar tres elecciones sucesivas. Era un actor de segunda, pero ha resultado ser un político astuto y avaricioso. Carecía de ideas propias y se apresuró a apoderarse del legado de Margaret Thatcher para tratar de mejorarlo. Pero si bien en muchos sentidos el programa de Blair ha sido una versión eufemística -aunque más sangrienta- del de Thatcher, a la hora de marcharse han tenido estilos muy distintos. La dimisión de Thatcher, obligada por sus propios compañeros del Partido Conservador, fue digna de un gran drama teatral. Blair se va a su pesar, en una situación llena de coches bomba y matanzas en Irak, con cientos de miles de muertos y heridos causados por sus decisiones políticas y Londres convertido en objetivo central de atentados terroristas. Los partidarios de Thatcher dijeron después que estaban horrorizados por lo que habían hecho. En el caso de Blair, hasta los que más le han adulado en los medios de comunicación confiesan sentirse aliviados por su marcha.

Blair siempre fue leal a los ocupantes de la Casa Blanca. En Europa prefirió a Aznar antes que a Zapatero, a Merkel por encima de Schröder, se quedó muy impresionado con Berlusconi y, en estos últimos tiempos, no ha ocultado que apoyaba a Sarkozy. Comprendió que la privatización y la desregulación en el ámbito nacional formaban parte del mismo mecanismo que las guerras en el extranjero.

Si esta opinión les parece excesivamente dura, véase lo que decía Rodric Braithwaite, antiguo asesor de Blair, en un artículo publicado en The Financial Times el 2 de agosto de 2006: “Un fantasma recorre la televisión británica, un zombi desgastado y amarillento, salido directamente del Museo de Cera de Madame Tussaud, aunque éste, extrañamente, parece vivo y coleando. Quizá procede de la caja de trucos técnicos de la CIA, alguien programado para soltar el lenguaje de la Casa Blanca con un acento inglés artificial… El señor Blair ha hecho más daño a los intereses británicos en Oriente Próximo que Anthony Eden, que llevó al Reino Unido al desastre de Suez hace 50 años. En el último siglo, hemos bombardeado y ocupado Egipto e Irak, dominado un levantamiento árabe en Palestina y derrocado Gobiernos en Irán, Irak y el Golfo. Ya no podemos seguir haciendo esas cosas por nuestra cuenta, así que las hacemos con Estados Unidos. La absoluta identificación de Blair con la Casa Blanca ha destruido su influencia en Washington, Europa y Oriente Próximo: ¿quién pierde tiempo con el mono bailarín si puede dirigirse directamente al organillero?”.

Y este comentario, a su vez, resulta suave en comparación con lo que se dice en privado en los ministerios británicos de Exteriores y Defensa. Altos diplomáticos me han asegurado que no les importaría que se juzgara a Blair como criminal de guerra. Sin embargo, mientras que no se han pedido cuentas a Blair ni a ninguno de los que iniciaron una guerra agresora y de ocupación contra Irak, el otro día se envió vergonzosamente a prisión a un funcionario y un ayudante parlamentario por revelar varios acuerdos entre Bush y Blair en la trastienda de la guerra.

Lo que sale a la luz con todo esto es indignación e impotencia. No existe ningún mecanismo para deshacerse de un primer ministro mientras su partido no pierda confianza en él. La dirección conservadora decidió que Thatcher tenía que dimitir por su actitud negativa respecto a Europa. El laborismo suele ser más sentimental con sus dirigentes y, en este caso, debía tanto a Blair que nadie quería desempeñar el papel de Bruto. Hasta que, al final, fue él quien decidió marcharse. El desastre de Irak le había granjeado odios y quitado apoyos. La lentitud en hacerlo se ha debido, entre otras cosas, a que el país carece de oposición seria. En el Parlamento, los conservadores se han limitado a seguir a Blair. Los demócratas liberales se han mostrado incompetentes.

En el año 2000, en Niza, Blair resumió la actitud británica respecto a Europa: “Es posible, a nuestro juicio, luchar por los intereses británicos, sacar lo máximo posible de Europa para Gran Bretaña y ejercer auténtica autoridad e influencia en Europa. Como tiene que ser. Gran Bretaña es una potencia mundial”. Este grotesco espejismo de que “Gran Bretaña es una potencia mundial” pretende justificar que siempre habrá diferencias entre la UE y el Reino Unido. La verdadera unión es la que tenemos con Washington. A Francia y Alemania se les considera rivales con los que disputa el favor de Washington, no unos posibles aliados en una UE independiente.

La decisión francesa de reincorporarse a la OTAN y presentarse como el aliado más fuerte de Estados Unidos fue un cambio estructural que debilitó a los europeos. Gran Bretaña reaccionó fomentando un orden político fragmentado en Europa mediante la expansión, e insistió en que Estados Unidos tuviera una presencia permanente.

El sucesor semi-ungido de Blair, Gordon Brown, es más inteligente pero tiene grandes diferencias políticas. Estamos ante una perspectiva poco halagüeña: la política alternativa -contra la guerra, contra el Trident, en favor de los servicios públicos- queda circunscrita a los partidos nacionalistas de Escocia y Gales, y su ausencia a escala nacional alimenta la indignación de sectores considerables de la población, que se refleja en el voto contra los que están en el poder, o en no ir a votar en absoluto.