El peso de la caverna en el PP

Observando la exclusión de Alberto Ruiz-Gallardón de las listas electorales del PP, si se está provisto de una distancia suficiente como para que la resultante sea aséptica, podría decirse que la derecha española tiene una maldición de tipo bíblico que le convoca a su autodestrucción. Sería la explicación más cómoda para el disparate que ha cometido Mariano Rajoy abriendo una profunda crisis de confianza con su electorado a menos de dos meses de las elecciones generales.

No hay tal maldición; la explicación de los desatinos continuados de Rajoy es mucho más sencilla: se trata de un fenómeno puramente físico que tiene que ver con la gravedad que conforma la derecha española por el peso de la caverna histórica a la que está condenada a pertenecer. La tragedia de Rajoy es de carácter gravitatorio y solo podría ser superada mediante una fuerza contradictoria más poderosa que la que le arrastra al fin de su carrera política. Las circunstancias personales del líder del Partido Popular no le permiten contraponer una gravedad superior a la de la derecha ultramontana de la que depende para su propia existencia.

La ausencia de masa crítica de Rajoy para un ejercicio de autonomía tiene que ver con su falta de personalidad y con los orígenes de su elección. Desde el mismo momento en que fue ungido personalmente por José María Aznar ató su suerte a la guardia pretoriana de quien le designó. Todos los satélites de su órbita política tenían marcada la seña de identidad de quien le permitió ocupar vicariamente el puesto de mando del Partido Popular. Y, desde fuera del partido, el universo conformado por la cadena COPE y el periódico El Mundo ha complementado esa dependencia gravitatoria basada también en intereses personales y fobias irremediables.

Rajoy se ha condenado a correr el riesgo cierto de perder las elecciones y terminar su carrera política a las puertas de la Moncloa por su incapacidad para un ejercicio de coraje personal. Su figura de líder se viene abajo delante de los gurús mediáticos a los que tiene un miedo insuperable. El presidente del PP es otra persona delante de un micrófono de la cadena COPE. Imaginarse a sí mismo explicándole a Pedro J. Ramírez la inclusión del alcalde de Madrid en las listas electorales le ha convocado un pánico del que ha dado buena cuenta el pulso de la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid.

Esperanza Aguirre --valedora de Federico Jiménez Losantos delante del mismísimo Rey de España-- sabía, cuando le dio el ultimátum al presidente de su partido, que estaba apuntalada por la ultraderecha mediática, capaz de boicotear las posibilidades de Rajoy de ganar las elecciones. Todos estos planetas de la derecha española tienen entre sí también su propio sistema gravitatorio de intereses en el que la figura de Alberto Ruiz-Gallardón se convierte en un icono aborrecido a unos niveles imposibles de tolerar porque ha representado con independencia los valores y las alianzas que todos ellos abominan.

Ruiz-Gallardón era, sobre todo, un caballo ganador. Es el hombre que avasalló a sus adversarios en cuatro elecciones consecutivas y que profirió una humillación de récord Guinness a Miguel Sebastián, a quien el presidente José Luis Rodríguez Zapatero había proclamado como "candidato ganador" de la alcaldía de Madrid.

A estas horas, Gallardón sigue rumiando su primer impulso después de su enorme decepción: abandonar la política después del 9 de marzo. No es para menos en quien confiesa que sus más ásperos y pertinaces enemigos están dentro de su propio partido. Pero, ¿por qué una promesa de esta naturaleza ha generado un rechazo tan radical en el núcleo duro de la derecha española?

El alcalde de Madrid es el hijo que Manuel Fraga hubiera querido tener. Quizá era demasiado joven el primogénito de José María Ruiz Gallardón cuando, después de la efímera designación de Antonio Hernández Mancha, el presidente fundador del partido se decantó por José María Aznar para sucederle. Desde entonces, en todas las ocasiones que Fraga ha tenido para proclamar su admiración por Alberto Ruiz-Gallardón, no ha dejado de hacerlo.

Astuto, persistente, brillante y con un sentido estratégico de sus compromisos y sus simpatías, Ruiz-Gallardón se sitúo siempre en los modestos umbráculos de independencia que con respecto al partido podía asumir, en el límite de la ruptura de la disciplina. Esa ocupación personal del centro político tiene que ver con sus rotundos triunfos en Madrid y con las expectativas que él mismo había creado de ser la alternativa a la previsible catástrofe de Rajoy.

La fuerza de gravedad de la derecha ha conseguido repudiar su presencia en las listas electorales, prescindiendo de los votos que hubieran permitido a Rajoy acercarse a La Moncloa, con tal de sentenciar la posibilidad de que el actual alcalde de Madrid se situara en el punto de partida para la sucesión en el PP. Tendrá que suceder una catástrofe electoral que conforme un universo nuevo en donde pueda crecer una derecha moderna y europea libre de la gravedad de la caverna española.

Carlos Carnicero, periodista.