El peso de los muertos

Sin pena, sin gloria, sin gracia, hemos visto salir a Santi Potros de la prisión. Años atrás, cuando no peinábamos canas y no temíamos al futuro económico, Santi Potros ordenó ejecutar con frialdad tan estúpida como inútil, tan fanática como cruel, el más sangriento atentado de ETA en España, la tragedia más importante de la Barcelona democrática. Hipercor. 19 de junio de 1987: 21 muertos, 42 heridos, muchas familias rotas, un amplio entorno familiar condicionado de por vida, un enorme impacto emocional en el que el dolor se mezclaba con el fatalismo; y, finalmente, cierta perplejidad ideológica entre aquellos que, pocos días antes, como ha recordado Lluís Bassets, habían votado a Herri Batasuna, la coalición proetarra. En efecto, las primeras elecciones europeas, poco después de nuestra adhesión a la entonces llamada Comunidad Económica Europea, se habían celebrado el 10 de junio anterior. El eslogan de Herri Batasuna, en una época en la que ETA estaba fortísima y mataba con desacomplejada aplicación y regularidad, decía: “Vota HB. Lo que más les duele”. No pocos catalanes votaron pegando, en aquellas elecciones. También bastantes izquierdistas del resto de Espanta. Nueve días después tuvo lugar la barbarie de Hipercor. El lema “Lo que más les duele” adquirió un sentido literal y trágico.

El peso de los muertosAl dolor y a la tragedia que las víctimas de Hipercor sufrieron, hay que sumar la extrañeza que les ha acompañado desde entonces. Les costó Dios y ayuda cobrar las indemnizaciones que les correspondían y lograr el amparo público. Cariño público lo tuvieron en los primeros momentos, sí, pero enseguida desaparecieron de nuestro mapa sentimental. Fueron olvidados por la política y la narrativa moral catalana. Entrevisté a algunos de ellos, los más activos de la asociación de víctimas, hace muchos años. Me citaron en su local: desvencijado, con muebles de aluvión, sin rastro del entonces celebérrimo diseño barcelonés. Un local situado en los bajos de un modestísimo edificio en un barrio en el Barcelona pierde su glamuroso nombre. Mis entrevistados, entre los que destacaba Roberto Manrique, resultaron ser gente de una sola pieza, que combatía día a día por la protección de todas y cada una de las víctimas. Pero estaban solos.

Abandonados por las dos corrientes políticas que durante aquellos años dominaban Catalunya. En el relato del cosmopolitismo barcelonés aquellas víctimas no cuadraban; tampoco cuadraban en el relato del nacionalismo pujoliano. Por otro lado, nunca quisieron las víctimas de Hipercor (a diferencia de otras víctimas de ETA) utilizar su dolor como arma de batalla política, nunca quisieron imponer sus criterios en el plano político. Aunque, como explicaba el otro día Roberto Manrique a Lídia Heredia en TV3, sí lucharon para cambiar el código penal con el objetivo de evitar que los desalmados que tanto daño les causaron pudieran abusar de la reducción de penas. Las víctimas de Hipercor no querían, no siguen queriendo más que justicia y protección. Se resignan con gran dignidad democrática a la visión de unos asesinos que se aprovecharon de las facilidades de la democracia para matar y ahora se benefician de ella para librarse de las penas.

La justicia que las víctimas de Hipercor han conseguido es francamente relativa: los más de 2.000 años que le cayeron a Santi Potros por sus sanguinarios atentados han quedado reducidos a menos de treinta. Aquel joven de pelo negro y ojos muy vivaces bajo cejas prominentes que le daban el aspecto atrevido y viril, es ahora un tipo calvo, canijo, devastado, de mirada asustadiza. De nada le ha servido matar a los santos inocentes de Hipercor. Sus salvajes hazañas y sus años de prisión tampoco han servido a su causa. Me pareció ver en ojos asustadizos del envejecido Santi Potros un brillo extraño: si dicen que el esfuerzo inútil provoca melancolía, ¿la matanza inútil de unos inocentes desconocidos qué es lo que provoca en el corazón de un hombre que ha penado media vida en la cárcel?

Ahora que la democracia española está en fase de revisión crítica (Podemos habla de iniciar un proceso constituyente, el PSOE habla de reforma federal, el nacionalismo catalán impulsa un proceso de ruptura y no pocos constitucionalistas proponen fórmulas para regenerar la carta magna), bueno sería abordar el gran tema pendiente de la transición: la cuestión del dolor y las víctimas. Si los etarras no piden perdón es porque, con anterioridad, tampoco lo pidieron las decenas de miles de españoles (catalanes incluidos) que participaron del aparato represivo en tiempos de Franco (políticos, jueces, funcionarios, policías, militares). Girar página para evitar repetir el mal mayor de la guerra no tenía por qué haber evitado un proceso de reconocimiento de culpa y de revisión moral del pasado.

Revisar los 40 culposos años del franquismo, los tres años de barbarie bélica y las barbaridades del 36 en la zona republicana es esencial para reconstruir una comunidad política. Sobre el perdón puede construirse una comunidad; pero sobre la amnesia y la desvergüenza, no. El peso muerto de nuestra democracia son las víctimas del terror anterior y posterior, cualquiera que sea su signo, pues no fueron reparadas. Más que reformas jurídicas, se necesita una reparación general. Una reparación de la que, por supuesto, los mártires de Hipercor deberían formar parte en lugar destacadísimo. Son víctimas sin relato. Nunca formaron parte de un cuadro de honor comunitario.

Antoni Puigverd

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