El petróleo ensangrentado

No sé cuál será la situación en Libia cuando esta líneas se publiquen. Puede que la revuelta haya expulsado a Gadafi de su reducto de Trípoli. O puede que, haciendo caso omiso de las exigencias de la ONU y de las invocaciones de la UE, el decano de los dictadores africanos haya conseguido que sus mercenarios de la Legión Africana aplasten la rebelión popular. En ambos casos habrá sido al precio de muchos más muertos de los que ya ha habido.

Después de lo que está pasando sería inconcebible que Gadafi sobreviviera. Pero no hay que subestimar su capacidad de resistencia ni sobrestimar la de la comunidad internacional para pedirle cuentas. Ni sería la primera vez que un dictador árabe se salva bombardeando a su pueblo, véanse los caos de Siria e Irak o del propio Gadafi en 1990.

Tampoco sé a cuánto estará el petróleo, que ya llega a los 120 dólares el barril. Su precio seguirá bailando al compás de los acontecimientos, impulsado por la especulación y frenado por la oferta saudí de aumentar su producción. Ni si el incendio que empezó en Túnez se habrá propagado a otros países a pesar de que los petromonarcas del Golfo se están rascando los bolsillo para regar con miles de millones de dólares los focos de descontento.

Pero me temo que el papel de la UE, pillada por sorpresa, seguirá siendo tan desconcertado e impotente como hasta ahora. Las revueltas populares han invalidado la política realista de apoyar las dictaduras del norte de África a cambio de que nos garantizasen la estabilidad frente al crecimiento demográfico y la contención del peligro islamista.

Todos los dictadores musulmanes han sobrevivido haciéndonos sentir este temor. Y les hemos comprado la póliza de seguro que nos ofrecían. Ben Alí, Mubarak y Gadafi, entre otros, se han mantenido gracias al apoyo de los europeos porque los considerábamos un dique de contención del islamismo. ¡Pero si el partido de Ben Alí era miembro de la Internacional Socialista! Que nos hayamos apresurado a expulsarlo al día siguiente de su huida no hace sino añadir el ridículo al oprobio.

Cuando Bush dijo aquello de o conmigo o con los terroristas, Sarkozy lo tradujo en Túnez diciendo que la elección era entre un dictador amigo o un régimen talibán cerca de casa. Y a Gadafi se le perdonó que hubiese sido el padrino del terrorismo internacional y se le dio estatus de gran hombre de Estado al que todos los gobiernos europeos le reían las gracias y soportaban su arrogancia y sus desplantes.

¿Recuerdan la jaima plantada en El Pardo, en los jardines de París o en las ruinas imperiales de Roma? ¿O los numeritos grotescos de la guardia de amazonas supuestamente vírgenes, las conversiones masivas al islam de jóvenes velinas italianas, adecuadamente retribuidas y vestidas para la ocasión, etcétera…? Hace dos años, en la cumbre del G-8 en L’Aquila, Gadafi fue invitado por Berlusconi a participar en las discusiones sobre el comercio y la seguridad alimentaria. Entonces se conocían muy bien sus credenciales de dictador represivo y cleptómano que ahora se ponen tan dramáticamente de manifiesto. Para conocer bien esa actitud hay que leer el último y laudatorio informe del FMI sobre Libia, publicado justo antes de la revuelta. O el acta final de la reunión de noviembre pasado en Trípoli entre la UE y la Unión Africana.

Todo eso ocurría ayer, pero el comportamiento reciente de muchos países europeos demuestra que siguen más preocupados por la estabilidad de la zona -léase participación en el pastel petrolero y control de la inmigración- que por su desarrollo democrático. Ahora nos hemos quedado sin ninguno de los dos objetivos, y de paso la UE ha perdido la oportunidad de dar forma y vida a una política exterior que fuera algo más que el mínimo común denominador de la unanimidad de 27 ministros de Exteriores. Sería demasiado fácil culpar de ello a la personalidad de la señora Ashton. Europa quiere ser solo un poder blando (soft power) que renuncia al uso de la fuerza, pero en las actuales circunstancias es soft para ser medianamente efectivo. La Liga Árabe, el mayor club mundial de autócratas, suspendió a Libia como miembro antes de que la UE decidiese suspender las negociaciones sobre el tratado preferencial de asociación.

En el equilibrio entre las exigencias de la realidad y las de la moral, entre los intereses comerciales y geoestratégicos y la defensa de la democracia y de los derechos humanos, la UE se ha escorado dramáticamente hacia un lado. Se puede decir que había razones muy poderosas, y no solo económicas, para esa connivencia con los dictadores del Mediterráneo. Pero una cosa es que haya que hablar con todo el mundo, incluso con dictadores, y otra es la forma de hacerlo.

Poderoso caballero es don petróleo y Gadafi ha sabido muy bien bailar la danza del vientre ante los gobernantes europeos ofreciendo contratos y petróleo. Ese petróleo se mezcla hoy con la sangre de los que arriesgan su vida por su libertad. Europa ya no tiene el dilema de escoger entre estabilidad y democracia. La única realpolitik posible ahora es apoyar con todas nuestras capacidades a los que luchan por la democracia.

Por Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia.

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