El petróleo es sólo una excusa para Biden y Maduro

El presidente ruso Vladímir Putin, en sus ansias de incorporar a Ucrania a su lista de satélites, puede quedarse sin un país que ha venido funcionando como tal: Venezuela. En un sorprendente giro de la trama, la eterna crisis venezolana coge un camino que puede desembocar en su solución.

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, se reúne con su homólogo ruso, Vladímir Putin, en 2019 en Moscú. REUTERS

El alza de los precios del petróleo dio a Washington la excusa perfecta para entablar conversaciones de tú a tú con Nicolás Maduro.

El sábado pasado, atendiendo una invitación del dictador venezolano, una delegación de alto nivel de la Casa Blanca viajó casi en secreto a Caracas. Encabezaron el grupo Juan González (asesor de Joe Biden para América Latina), James Story (embajador de Estados Unidos para Venezuela) y Roger Carstens (enviado presidencial para asuntos de rehenes). Se reunieron con Maduro y su equipo hasta la medianoche en el palacio presidencial.

Al salir del encuentro, los estadounidenses notificaron al coordinador de la oposición venezolana, Gerardo Blyde, que estaban en el país. Lo citaron a las 8:00 del domingo en la embajada suiza.

Ahí le informaron sobre los temas discutidos horas antes con el dictador. La reactivación de las compras de petróleo venezolano. La liberación de seis ejecutivos petroleros estadounidenses detenidos en Venezuela por razones políticas. Y la reanudación de la negociación Gobierno-oposición en México.

Los dos primeros puntos fueron confirmados por la portavoz de la Casa Blanca.

Uno de esos puntos es la razón humanitaria del viaje, la de los presos.

El segundo, la razón económica que tiene asustados a los americanos, que suelen votar con el bolsillo. Porque ven cómo el precio de la gasolina está subido a un cohete y recuerdan que en noviembre hay elecciones parlamentarias. En el Partido Demócrata toman nota de eso.

El tercer punto fue confirmado en Venezuela, tanto por la dictadura como por la oposición. Los enviados de Biden llegaron incluso a ponerle fecha al próximo encuentro en México, el 24 de marzo.

Este es el meollo del asunto. ¿Por qué?

Primero, la excusa petrolera no cuaja. Venezuela, a pesar de tener las mayores reservas de crudo del mundo, no produce más de 700.000 barriles de petróleo diarios (bpd). Consecuencia de veinte años de comunismo tropical. Aproximadamente 150.000 de esos barriles se quedan en casa. Los otros ya están comprometidos.

Estados Unidos, por su parte, importa el 5% de su consumo diario desde Rusia. En 2021, con un consumo interno menor al de 2022, Estados Unidos importó una media de 209.000 bpd y 500.000 bpd de derivados petroleros rusos. A nivel mundial, Rusia exporta unos siete millones de bpd.

Queda claro que Venezuela no puede sustituir de la noche a la mañana la cuota de mercado que el crudo ruso representa en el consumo estadounidense. La clave está en el medio y largo plazo.

Con Putin en sus horas más bajas, la Casa Blanca aprovecha la caída de ese árbol para hacer leña con sus restos. Todos los intentos de desplazar a Maduro del poder se han encontrado con la oposición del dictador ruso y su testaferro en Caracas, el ministro de la Defensa Vladimir Padrino, quien hasta ahora mantenía un férreo control sobre las Fuerzas Armadas.

El sector militar es uno de los tres grandes grupos en los cuales se apoya la dictadura venezolana. Los otros dos son el de los pragmáticos, a los cuales se ha entregado Maduro, y el de los doctrinarios, que encabeza el vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello.

La desaceleración de la economía rusa se ha dejado sentir en Caracas. Moscú es fundamental para que el régimen madurista pueda evadir las sanciones de Washington. En bancos rusos están las cuentas bancarias de la petrolera estatal PDVSA, del Ministerio de la Defensa y de los altos oficiales de las Fuerzas Armadas.

Estos últimos, sancionados en Europa y en Estados Unidos, pusieron a resguardo su dinero en bóvedas moscovitas a instancias de un padrino al que ahora reclaman la evaporación de sus ahorros.

Tanto Biden como Maduro son conscientes de la situación precaria de los dos Vladimir, el ruso y el venezolano. Biden lo aprovecha para sacar a Putin de las inmediaciones americanas, lo cual requiere una transición pacífica y estable hacia la democracia, que no es más que el sistema que protege los negocios a través del Estado de derecho.

Sólo en ese contexto tienen sentido los miles de millones de dólares que las petroleras americanas necesitan invertir en los pozos venezolanos para surtir de crudo al mercado occidental. Una inversión que no generaría réditos sino entre dos y cinco años después, dependiendo del experto al que le preguntes.

Maduro, por su parte, aprovecha la alineación de los astros para pedir que le levanten las sanciones. Se ha servido también de la ocasión para solicitar la liberación de sus sobrinos, presos en Nueva York desde hace casi siete años por narcotráfico.

El encuentro con los enviados de Biden, que tiene a Maduro brincando en una pata, no hubiera sido posible hace un mes. Hoy, cuando a Putin se le viene el mundo encima, es una realidad.

La política y su hermana descarriada, la guerra, hacen extraños compañeros de cama.

Francisco Poleo es analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.

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