El pivote de Shinzo Abe en Asia

En el transcurso del pasado año, las relaciones entre las tres economías más exitosas del este de Asia -Japón, Corea del Sur y China- han estado mejorando, lenta pero sostenidamente. Es algo notable, ya que sus vínculos entre sí nunca han sido fáciles o tranquilos. La historia del siglo XX y sus rivalidades de más larga data dan cuenta de ello.

Este agosto, cuando el primer ministro japonés, Shinzo Abe, brinde un discurso importante en la celebración del 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, tiene la oportunidad de acelerar el acercamiento o bien de interrumpirlo. Considerando su pedigrí derechista y sus opiniones revisionistas sobre la historia en tiempos de guerra de Japón, la región se está preparando para un nuevo episodio de turbulencia diplomática en torno a su discurso.

Abe debería recordar que está en sus facultades generar un resultado diferente. Y, aunque directamente no ofrecer un discurso podría haber sido la decisión más prudente, todavía puede aprovechar la ocasión para reforzar una imagen de su país como una fuerza positiva en Asia. Debería esforzarse por presentar a Japón como un país fuerte que mira hacia adelante y no hacia atrás, y que quiere contribuir al desarrollo económico, la paz y la seguridad en todo el mundo -y especialmente dentro de Asia.

En los años 1960 y 1970, después de que la economía de Japón se había recuperado, el país lidiaba con su historia de tiempos de guerra convirtiéndose, en gran parte, en un donante generoso de ayuda externa en toda Asia, incluida China. Abe debería colocar este tipo de generosidad de espíritu y acción en el centro de su discurso.

El poder de la generosidad puede ser maravilloso. En 2007, visité el «Museo de la Guerra de la Resistencia Popular China contra la Agresión Japonesa», una institución cuyo nombre refleja el sentimiento expresado por la mayoría de sus exhibiciones. De modo que fue una sorpresa agradable ver que la última muestra en exhibición era un muro de objetos que reconocían la ayuda y la inversión de Japón en China en las últimas décadas.

El mes pasado, Abe demostró que puede estar pensando en esta dirección cuando anunció un plan japonés para invertir 110.000 millones de dólares en proyectos de infraestructura en Asia en los próximos cinco años. El problema fue la elección del momento. Tanto Estados Unidos como Japón han cometido el error de no querer integrar el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB por su sigla en inglés), liderado por China, y de criticar a los más de 50 países -incluidos el Reino Unido, Alemania y Francia- por haberlo hecho.

Esa postura dejó a ambos países aislados y resultó un tanto grosera a los ojos del mundo. En el caso de Japón, tuvo el efecto adicional de hacer que su anuncio de inversiones se viera como una suerte de represalia contra el AIIB, inclusive al punto de superar la capitalización inicial del banco de 100.000 millones de dólares.

Abe dañaría aún más la percepción que la región tiene de Japón si utilizara su discurso para intentar apaciguar a los seguidores de derecha. Los chinos y los coreanos, en particular, se sentirán enfurecidos si no se disculpa por el comportamiento de Japón durante la Segunda Guerra Mundial o cuestiona las críticas de su conducta en aquel momento, como la esclavitud sexual llevada a cabo por el Ejército Imperial Japonés de las «mujeres de confort» coreanas.

Abe, más bien, debería tomar una hoja del discurso que pronunció ante el Congreso de Estados Unidos en abril. Allí, describió un «profundo arrepentimiento en su corazón» cuando visitó un monumento en memoria de los soldados norteamericanos que murieron en la Segunda Guerra Mundial, a quienes les ofreció sus «eternas condolencias».

Respecto de las acciones de Japón en Asia, sin embargo, Abe prometió solamente «ratificar las opiniones expresadas por los primeros ministros anteriores en este sentido», sin repetir sus disculpas reales. En agosto, Abe debería reiterar las declaraciones de sus antecesores -e incluso ir más allá-. Palabras similares a las que utilizó para abordar el tema de los muertos de guerra de Estados Unidos demostrarían que Japón no tiene intenciones de reescribir la historia y que Abe se siente arrepentido no sólo frente a su aliado norteamericano, sino también frente a sus vecinos en Asia.

Abe tendría así la oportunidad de ser un pivote entre el pasado y el futuro declarando la intención de Japón de ser generoso y constructivo. Podría hablar sobre el tipo de Asia que le gustaría ayudar a construir y describir la clase de instituciones regionales que, a su entender, son necesarias.

Una manera drástica de emprender una acción sería basarse en las iniciativas existentes de Japón en materia de fortalecimiento de la paz luego del conflicto con una propuesta para un plan inclusivo para la defensa y la seguridad de Asia. Un programa de estas características incluiría ejercicios militares conjuntos y acuerdos para compartir información no sólo con Corea del Sur y Estados Unidos, sino también con China, India, los países del sudeste asiático.

Una propuesta de esta naturaleza tal vez resulte demasiado audaz como para ser llevada a la práctica; después de todo, tropezaría con las divisiones muy reales de Asia. Pero como un gesto en favor de la paz y de un futuro mejor, ciertamente le permitiría a Japón reclamar la instancia moral suprema. Y es allí donde el país debería apuntar a estar.

Bill Emmott, a former editor-in-chief of The Economist, is executive producer of a new documentary, “The Great European Disaster Movie.”

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