El Plan Hidrológico, un tema complejo

El Plan Hidrológico del Ebro, tanto el recientemente aprobado como los futuros, es un tema complejo, y un tema complejo requiere soluciones complejas. Los eslóganes simplistas no encajan bien con la complejidad y pueden ser detonantes de mayor conflictividad, sobre un tema ya de por sí explosivo. El agua es un recurso natural esencial y escaso. Las múltiples demandas agrícolas, urbanas y medioambientales pueden ser todas ellas legítimas pero la limitación del recurso exige priorizar, gestionar y, sobretodo, tomar decisiones.

Hablo de complejidad porque las certezas no nos conducen a la solución. Intentaré explicarme. Es cierto que el delta se hunde (algo que seguirá así mientras existan los actuales pantanos). Es cierto que el río debe sostener la biodiversidad que de modo natural genera. Es cierto que el río debe beneficiar a toda la cuenca. Es cierto que el río debe atender las necesidades del entorno urbano. Es cierto que el agua puede multiplicar la capacidad de producir alimentos. Es cierto que el regadío eficiente es una gran herramienta contra el cambio climático. Es cierto… Pero no hay agua para todas las certezas.

Desde la inmadurez crónica de nuestra cultura política nos hemos acostumbrado a los absolutos, fáciles de gestionar cuando la decisión no nos pertenece. Así hemos alimentado y nos hemos nutrido de grupos NIMBY (no en mi patio trasero), aquellos que bajo falsos supuestos medioambientales se oponen a cualquier cambio de su entorno, donde la solidaridad impera por su ausencia y la pérdida de sostenibilidad, como idea compartida de futuro, acaba siendo su resultado perverso.

Ante temas complejos las soluciones deben buscar el equilibrio dentro de un marco de prioridades. Y este solo puede alcanzarse a través del pacto, de la cesión, de la generosidad, de la solidaridad y, sobre todo, del conocimiento profundo y objetivo de la realidad a gestionar. El equilibrio, en este caso, debe atender de modo razonable, siempre insuficiente, las diversas y legítimas demandas. Establecer como absoluto un caudal que garantice la recuperación del delta, y con este argumento situar el caudal ecológico a un nivel superior al caudal medio, supone no tan solo impedir cualquier ampliación del regadío sino impedir, en años de sequía cada vez más probables, el regadío actual y con ello levantar las iras de la confrontación territorial. El objetivo no debe ser fijar un caudal ecológico máximo, algo que, al margen de las razones medioambientales, es el mejor regalo a nuestros competidores de la UE, sino pactar de modo razonable y equilibrado los usos. Pero incluso, con voluntad de pacto, situar el debate exclusivamente sobre caudales ecológicos dificulta el imprescindible debate sobre usos.

En términos territoriales debe tenerse en cuenta el dato que actualmente Catalunya aporta el 21,6 % del caudal medio y recibe en el delta la totalidad del caudal restante. Estas cifras deben estar presentes en el momento de considerar las diversas necesidades y las diversas aplicaciones. Personalmente me ha sorprendido que el debate -en los medios de comunicación catalanes- se centre entre el Segarra-Garrigues (un regadío moderno y eficiente anterior al plan hidrológico) y el delta. El necesario debate debe considerar toda la cuenca, que abarca diversas comunidades autónomas. Pero, de manera especial, debe transgredir las barreras de la inconsciencia y/o irresponsabilidad sobre la realidad y la necesidad del regadío.

Es hora de que Catalunya entienda que el primer pilar y más estable de su economía es la agroalimentación (que además nos alimenta) y esta depende del regadío, una transformación de la naturaleza. Si lo llamamos atentado ecológico, comencemos por ciudades, autopistas, AVE, puertos y aeropuertos. Huyendo del absurdo y volviendo a la realidad, hay que modernizar inaplazablemente los regadíos tradicionales, no puede despilfarrarse el agua, pero debe recuperarse la sensatez sobre la importancia estratégica, económica y medioambiental del regadío.

En este tema el Govern debería tener una única y clara posición. Ello puede acarrear costes de comprensión, pero gobernar con acierto significa decidir y explicar, haciendo pedagogía acerca del porqué de las opciones tomadas, siempre insuficientes. Aunque un tema de la importancia estratégica como es el plan hidrológico debería ser motivo de grandes consensos, evitando así ventajas oportunistas sembradas sobre el suelo del desencuentro entre recursos y necesidades. En general, gestionar de modo eficaz y sostenible una realidad con recursos escasos es por definición la excelencia en el gobierno de la cosa pública. Actuar como si los límites no existieran o adoptar un doble lenguaje es simplemente demagogia.

Francesc Reguant, economista.

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