El plazo de gracia más breve del mundo

Mariano Rajoy ha sufrido, más que tenido, el plazo de gracia más breve del mundo. Habitualmente los 100 primeros días de gobierno son de consolidación, de asentamiento del proyecto ganador, y luego es cuando suele empezar el desgaste. Lo del plazo de gracia significa que en esas semanas se considera descortés opinar desfavorablemente sobre los entrantes porque tienen todavía intacto el respaldo inmediato de las urnas. Pero Asturias y Andalucía, sin embargo, no han pecado de descortesía. Han sido invitadas a opinar formal y democráticamente a los 95 días de la toma de posesión de Rajoy, y lo han hecho. En los dos sitios, reflejando un frenazo espectacular de la marea azul que llevó al PP a la Moncloa.

Es una anécdota que el PP sea por primera vez la fuerza más votada en unas autonómicas andaluzas. Se trata de un éxito pírrico al alejarse de la mayoría absoluta que perfilaban las generales del 20-N del año pasado. El pobrecito entusiasmo de los aplausos en torno al balcón de Javier Arenas, la noche sevillana del domingo, refleja hasta qué punto el propio partido lo considera un llamativo fracaso político. Será otra anécdota si los populares acaban cogobernando Asturias; ahora son la tercera fuerza y los electores han expresado nítidamente que no les consideran la mejor solución para sus problemas.

Se extiende la impresión de que el principal problema de Rajoy es que ha perdido sus primeros 95 días. Es más que nunca un gallego situado de canto en mitad de una escalera. El segundo problema es que desde la Moncloa ha exhibido, para dentro y fuera de España, un partidismo inaceptable. Por Andalucía, para no perjudicar electoralmente a Javier Arenas, 95 días después no ha presentado todavía los indispensables presupuestos españoles. Este retraso bloquea, salvo en Catalunya, el inicio de las drásticas políticas de austeridad de las comunidades autónomas y encabrita de forma muy especial a Europa. Bruselas no entiende que un señor con mayoría absoluta parlamentaria y que gobierna casi todos los ayuntamientos y regiones malgaste el tiempo y no imponga un presupuesto por cuestiones tácticas menores de su partido mientras le pide a ella ayudas urgentes. Encima, las altas instancias europeas, ante tanta indecisión, no perdonan que el único gesto de firmeza del contemporizador Rajoy haya sido un público corte de mangas a sus cálculos sobre la contención del déficit público español.

Andalucía y Asturias relanzan solemnemente la tesis de que en las últimas generales no ganaron Rajoy y el proyecto del PP, sino que, simplemente, la crisis derrotó a Zapatero. Lo que hemos tenido después ha sido sustancialmente continuidad (continuismo con lo que los electores y el propio PP más criticaban de la gestión del presidente socialista), y por eso los votantes vuelven a lo mismo: a cuestionar al que manda. El Rajoy candidato decía que sus adversarios lo hacían mal y que él tenía la solución, aunque nunca precisó su fórmula. Después, desde el poder, siguió con las mismas, aplazando la concreción para ahora, para después de las elecciones andaluzas, pero exhibiendo sin ningún pudor la continuidad y sumándole su estilo. No hay cambio con respecto a que la crisis la pagan esencialmente los trabajadores y los recortes de los servicios sociales, de modo que tampoco hay cambio en la respuesta: venganza (todavía tibia) en las urnas.

Pero lo del nuevo estilo que gasta el PP también lo empieza a detectar la calle. Se había hablado de otra de las líneas rojas cruzadas por el PP: la falta de una verdadera voluntad anticorrupción, ya que ha sustituido a quienes habían demostrado saber perseguir a los sinvergüenzas de la esfera política. Surgen nuevos indicios de esta tendencia. La forma de mirar hacia otro lado tras la sentencia sobre Jaume Matas, exministro y expresidente autonómico siempre ensalzado por Rajoy, solamente podía empeorarse con algo tan feo como indultar a los corruptos de Unió que desviaron dinero público de la reinserción laboral. Eran de los pocos políticos sobre los que había sido posible demostrar los delitos antes de que prescribiesen o de que se cometiesen errores procedimentales que anulasen la causa. El nuevo Gobierno tal vez ha perdido mucho tiempo, pero en algunas cosas ha corrido demasiado.

Debe haber otras lecturas sobre lo que ha sucedido en Andalucía y Asturias, pero difícilmente se alejarán de la impresión creciente de que ni Rajoy tiene todavía un proyecto claro, ni su equipo guarda en secreto fórmulas imaginativas, ni ahora, tras Andalucía, se aplicarán estrategias válidas para contrapesar el malestar. Convendría que estuviésemos equivocados.

Por Antonio Franco, periodista.

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