El PNV, ¿otra víctima de Pedro Sánchez?

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (a la izquierda), y el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, firman el acuerdo para la investidura el pasado 10 de noviembre en Madrid.Eduardo Parra (Europa Press)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (a la izquierda), y el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, firman el acuerdo para la investidura el pasado 10 de noviembre en Madrid.Eduardo Parra (Europa Press)

El PNV aparece estos días como otra víctima de Pedro Sánchez. A cada acercamiento del PSOE a EH Bildu es imposible no pensar en el pánico de los peneuvistas a perder la lehendakaritza en las elecciones vascas de 2024. Sin embargo, el poderío del partido de Aitor Esteban no está en la actualidad en jaque solo por el auge la izquierda abertzale. Aquel PNV intocable, que en 2018 fue capaz de derribar siete años de Mariano Rajoy de un plumazo, se arroja a un fin de ciclo en la política española.

Basta una foto del dominio peneuvista. Julio de 2020. La Moncloa había organizado la Conferencia de Presidentes autonómicos en San Millán de la Cogolla (La Rioja). La asistencia del lehendakari Íñigo Urkullu no estaba confirmada, pero a las nueve de esa misma mañana saltó la noticia: “El Gobierno llega a un pacto sobre la senda de déficit vasca y la capacidad de endeudamiento”. El PNV había apurado su capacidad de chantaje hasta al final, asumiendo que Ajuria Enea estaba cerca del encuentro y podían llegar a tiempo, si lograban el acuerdo. Los peneuvistas han sido hábiles presionando al PP y el PSOE en Madrid, después de que el independentismo catalán decidiera apearse de la gobernabilidad entre 2015 y 2018, cuando solo fiaban sus votos a un referéndum.

Sin embargo, el PNV no puede ser ya aquel socio tan temible, sino que el contexto empieza a agotar su decisiva capacidad de negociación en Congreso. Con el regreso de Junts y ERC al ruedo pactista, y Bildu en la senda de su normalización política, los peneuvistas se han vuelto un partido más en la cuadratura del Frankenstein. Y esa pérdida lleva incomodando en Sabin Etxea desde hace tiempo: Andoni Ortúzar protestó en mayo afirmando que Sánchez trataba a sus socios como a un “kleenex”, cumpliendo “muy poco” con ellos, pese a que Vox les seguía pesando demasiado para dejar al PSOE tirado por el Partido Popular.

En verdad, no es falaz que Sánchez haya jugado a diezmar a sus socios parlamentarios. En 2020, el líder del PSOE jugó a dos bandas entre Ciudadanos y ERC, provocando que ambos cada vez se vendieran más barato con tal de ser el socio elegido y exhibir logros ante su electorado. Ello demuestra hasta qué punto puede invertirse la capacidad de chantaje de los partidos minoritarios, cuando estos compiten por el favor del gobierno de turno. El propio José María Aznar amplió sus alianzas a Convergencia i Unió, el PNV y Coalición Canaria en 1996, que eran más socios de los que necesitaba, con tal de limitar la capacidad de CiU de obtener cesiones.

Sánchez parece apostar —de momento— por mantener los equilibrios entre los socios vascos, en su conveniencia de sostener la legislatura. No se puede dar nada por sentado, pero todo apunta a que el acercamiento con la izquierda abertzale se reservará a los pactos en Navarra, mientras que para el PNV quedará el monopolio de Euskadi. De dar los números, es probable es que el PSE y los peneuvistas reeditaran su acuerdo para la lehendakaritza, puesto que gobiernan juntos en las diputaciones forales y varios municipios.

El caso es que Alberto Núñez Feijóo ha captado ese malestar de un PNV que se siente destronado. El líder del PP se movió en su investidura fallida bajo la premisa de que los peneuvistas estarían mejor siendo la niña de sus ojos que uno más en la coalición Frankenstein. Aunque el problema de que no hubiera pacto no solo es la evidente concurrencia de Vox en la ecuación: el PNV está atrapado también por la competición identitaria con Bildu, y además, por el hecho de que las heridas del procés aún no se han cerrado. Prueba es que Aitor Esteban hizo malabares en el Congreso, en relación con sus entendimientos con el PP, cuando Rajoy aplicó el artículo 155 en Cataluña en 2017.

Con todo, la pérdida de fuerza del PNV no es inédita en la historia de la democracia española. El período del plan Ibarretxe (2003-2004) tensó los lazos con el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero. Jugar a repartir etiquetas de nacionalista bueno, frente al nacionalista malo, entre CiU y la derecha nacionalista vasca, también ha sido útil a los gobiernos de turno para restar capacidad a sus socios.

En consecuencia, el PNV no es tanto una víctima de Sánchez como de sí mismo: está pagando ahora las consecuencias tardías de la moción de censura contra Rajoy en 2018. Al tumbar al Gobierno del PP, simplemente a cambio de que se le mantuviera el acuerdo por el cupo vasco, los peneuvistas abrieron la puerta a la relación que luego el PSOE ha desarrollado con otros socios, hasta entonces impensables, como fueron Podemos, ERC, Junts, e incluso Bildu. El bumerán ha regresado a Sabin Extea, esta vez para reventar su hegemonía. La deslealtad raramente sale gratis en política. Y ahí estará Feijóo, esperando, por si los peneuvistas se hartan del Frankenstein, y deciden regresar al redil de la derecha española.

Estefanía Molina

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