El poder amarillo, en alza

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 31/12/07):

Según el consenso historiográfico, el XIX fue el siglo de Gran Bretaña, la era victoriana y el apogeo del imperialismo, de la misma manera que el XX fue el siglo de Estados Unidos, la primera potencia económica, tecnológica y militar, un poder que devino universalmente hegemónico tras el ocaso del comunismo y la desintegración de la URSS. Muchos augures coinciden en pronosticar que el XXI será el siglo de Asia y que los Juegos Olímpicos de Pekín del 2008 se utilizarán como un rutilante escenario para la exhibición del poder amarillo, un hito en el ascenso de China.
Pese a las elecciones presidenciales que se celebrarán en Rusia (marzo) y Estados Unidos (noviembre), muchos factores influyentes en la marcha del planeta dependerán en gran medida del país más poblado, convertido en primera potencia comercial y contaminante, sustituto de Japón en la compra de deuda estadounidense. Petrochina desbancó a las petroleras tejanas como la primera empresa mundial por capitalización bursátil y los fondos asiáticos (China, Singapur, Taiwán, Abu Dabi) socorrieron a los bancos atacados por la crisis de las hipotecas. Una situación humillante que inspiró a The Wall Street Journal la amarga y obvia observación de que “el capitalismo no es perfecto”.

EN EL 2008, el año de la rata, según el horóscopo, China será seguida por Japón, que no acaba de superar su atonía económica, así como por India y otros dragones asiáticos en la frenética carrera desarrollista y en el suministro del oxígeno necesario para evitar la asfixia del sistema globalizado, a riesgo de encarecer aún más los precios del petróleo y de las materias primas que inciden sobre el escaso dinamismo de Europa, hasta el punto de resucitar el fantasma de la estanflación (estancamiento e inflación).
La emergencia de China como superpotencia tendrá implicaciones sin precedentes sobre la economía, la seguridad y la diplomacia, como ya se deduce del creciente activismo de Pekín en los asuntos asiáticos o africanos (Corea del Norte, Birmania, Vietnam, Darfur), de la actitud inflexible con respecto a Taiwán, en cuyos estrechos siempre puede saltar la chispa, y de la alianza expresa con Moscú para oponerse coordinadamente a la supremacía norteamericana. Los tiempos en que Deng Xiaoping aconsejaba “un perfil bajo” para eludir la confrontación pasaron a la historia.
La incertidumbre global se alimenta del carácter oligárquico y dictatorial del régimen chino, que descansa sobre la anquilosada estructura del partido comunista (PCCh), aunque rejuvenecido en el congreso de octubre último, reducto de la represión oprobiosa y de la galopante corrupción que se deriva de la buena marcha de los negocios. Los Juegos serán una oportunidad para que los disidentes escenifiquen su protesta y confirmen su soledad en la defensa de los derechos humanos.
Tras las elecciones, Vladímir Putin pasará de presidente a primer ministro sin solución de continuidad, a las teóricas órdenes de Dimitri Medvedev, en una insólita transición. Con reputación de liberal en economía, Medvedev era el único de los aspirantes al sillón del Kremlin que no pertenecía al círculo hermé- tico que integran los hombres del ex-KGB. Y ya se sabe que en Rusia “el poder real pertenece solo a la persona que controla el sistema de seguridad”, según el análisis de la Rossiyskaya Gazeta moscovita.
Putin condujo a su país desde una agónica anarquía a una estabilidad envidiable y un progreso indiscutible, de manera que resurge con fuerza en la escena mundial como actor incuestionable, hiperpotencia gasista y petrolera, cuya diatriba antioccidental y su influencia recorren los países del que fue imperio soviético. Como alegó la revista Time al proclamar a Putin hombre del año 2007, es evidente que este eligió “el orden antes que la libertad”, en una especie de retorno al modelo chino de despotismo desarrollista, pero no es menos cierto que Rusia está en el centro de las inquietudes europeas.

LA CAMPAÑA electoral en Estados Unidos se desarrolla bajo la impresión de que la era conservadora está electoralmente exhausta. Los demócratas, que disponen de mayoría en el Congreso, podrían volver a la Casa Blanca en las elecciones de noviembre. Los aspirantes demócratas Hillary Clinton y Barack Obama deberán superar los obstáculos de la feminidad o el mestizaje ante alguna de las mediocridades republicanas que conectan con una sociedad cada día más piadosa. Obama tiene más ideas, algunas de escasa corrección política, pero solo Clinton dispone de la experiencia y los apoyos precisos para aplicar las menos osadas.
La retirada de Irak no es para mañana, ni los cambios sonarán tan estridentes como sugieren los debates electorales. La diplomacia de EEUU está abocada a sufrir un viraje relevante, corolario de la situación multipolar de poder e influencia que pugna por llegar a las candilejas, pero no abandonará la tentación unilateral. Pese a la inclinación americana de líderes como Sarkozy y Merkel, “el Atlántico se ensanchará un poco”, según el diagnóstico de Richard Haas, secuela de las divergencias sociales, la discrepancia religiosa y el declive europeo. Amenazada por el terrorismo islámico, suspirando por las paz perpetua de un nuevo cosmopolitismo, Europa deberá contentarse con ratificar el tratado de Lisboa, insípido sucedáneo de los sueños europeístas.