El poder blando

Una clasificación sin demasiado valor científico, pero simbólica, publicada por la cadena de televisión estadounidense CNN, nos revela que Francia se habría convertido en el primer país del mundo en soft power o poder blando, superando a EE. UU. ¿Qué quiere decir? El término es reciente y fue popularizado por un universitario estadounidense, Joseph Nye, quien se oponía a las intervenciones militares estadounidenses y a las posturas demasiado ofensivas, y defendía que las relaciones internacionales en realidad estaban dominadas por estrategias de influencia cultural. A un Gobierno se le escucha sobre los asuntos del mundo si representa a un país respetado o envidiado. Desde esta óptica, el sueño americano, el estilo de vida americano y lo que EE. UU. representa sería más determinante que la potencia de fuego del Ejército estadounidense. El poder blando, que no es medible, se contrapone al poder duro, militar y cuantificable. El Vaticano, que no tiene «divisiones», ejerce por tanto una influencia internacional más significativa que lo que hace suponer su Guardia Suiza. Joseph Nye tiene razón, en parte, siempre que no nos enfrentemos a un adversario que no cree en las virtudes del poder blando, ya que Hitler, Al-Assad y Kim Jong-un se mostraron, y siguen mostrándose, insensibles a los encantos de EE. UU. o a la moda francesa.

La teoría del poder blando me parece más determinante en los intercambios económicos. La imagen positiva de un país aporta una especie de valor cultural añadido que orienta los flujos económicos. Nos compramos un coche alemán porque la industria alemana tiene una imagen de solidez. Nos compramos un perfume francés por encima de su precio real porque al hacerlo, tenemos la sensación de compartir un poco de la civilización francesa. Un objeto japonés tiene la reputación, a priori, de ser bonito –y caro– porque esa es la idea que tenemos de Japón. En cambio, China, que tiene poco poder blando, e incluso un poder blando negativo, vende al precio más bajo del mercado, y no compramos nada chino porque es chino. El poder blando determina los flujos turísticos, y Francia se beneficia de ello, aunque su capacidad de acogida sea inferior a las expectativas de los viajeros, pero también Italia y España venden tantos sueños blandos como sol y monumentos. El poder blando también atrae los flujos migratorios hacia países que tienen una imagen positiva, como EE. UU. y Alemania. Por el contrario, algunos destinos objetivamente superiores, como Canadá o Australia, atraen menos porque estos países tienen poco poder blando. Canadá hace publicidad para atraer a inmigrantes, mientras que a Alemania les gustaría desviarlos hacia otros destinos.

¿Se puede influir en el poder blando para mejorarlo? No es fácil, porque la imagen de los países depende de los mitos, pero también de las realidades. Un recuerdo de familia: en 1933, mi padre, que huía de la Alemania nazi, quiso emigrar a España. Le negaron el visado y se instaló en Francia. ¿Pero por qué España? Mi padre no sabía mucho de la España de la década de 1930, pero su imaginación estaba repleta de imágenes del Siglo de Oro y de la lectura de Don Quijote. El primer lugar de Francia también se debe, en gran parte, a una cierta idea del país que se remonta a Luis XIV, a Balzac y a los impresionistas; la Francia contemporánea es mucho menos conocida y contribuye menos a su buena imagen que el pasado. Por tanto, el poder blando no se puede determinar, pero se puede mantener y se puede influir en él. España tiene sus Institutos Cervantes en el mundo, Gran Bretaña tiene los British Councils, Francia los Instituts Français y Alemania los Goethe Institut. EE. UU. no tiene nada, pero, sin duda, el cine estadounidense basta. Los países asiáticos son muy conscientes de la influencia del poder blando con efectos ambiguos. China implanta por todas partes sus Institutos Confucio, cuyo propio nombre contradice la ideología comunista en el poder; estos institutos, aparte de la enseñanza del idioma, no tienen influencia cultural y no autorizan ningún debate en su seno. Cuando el poder blando entra en conflicto con la realidad, esta se impone. En cambio, Japón ha cosechado grandes éxitos, ya que después de la Segunda Guerra Mundial, los centros culturales japoneses, con importantes medios, han logrado restaurar la imagen del país empañada por la guerra y han conseguido restablecer el vínculo con el Japón eterno que tanto sedujo a los occidentales a finales del siglo XIX. Y hoy en día, Corea del Sur, inspirada por el ejemplo japonés, hace que el mundo descubra su poco conocida civilización, y el país, que no tenía una imagen, empieza a tener una positiva.

El mundo se describe como un conjunto de países, pero también es un conjunto de imágenes míticas, que se han forjado a lo largo de los siglos, y más gracias a los artistas que a los políticos. ¿Quién se acuerda del nombre del soberano español cuando Cervantes escribía o cuando Goya pintaba? ¿Y del presidente francés en la época de los impresionistas? El poder blando también es una lección de humildad.

Guy Sorman

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