El poder de las palabras

«¡Muerte!» proclamó Imelda, una rubia alta, de talla escultural, voz decidida, facciones severas y cejas fruncidas que atemorizaban a los chicos de la clase.

«Sí», susurró Cecilia, una compañera majita, a quien todos admiraban o, en algunos casos, adoraban.

No se trataba de un pacto suicida, ni de una conjuración terrorista, ni de fantasías de violencia compartidas entre jóvenes propensas al sensacionalismo, sino que, al cabo de una cena que yo ofrecí a la clase para celebrar el final de curso, nos estábamos entreteniendo con un juego inventado por Leandro, un chico colombiano taciturno y enigmático, a quien le encantaban las diversiones intelectuales. El juego se llama ¿Qué palabra más? El concepto es sencillo. En un trozo de papel cada jugador escribe un verbo para completar la frase. «¿Qué palabra más…?». O sea, podía ser: «¿Qué palabra más te asusta?» o «¿Cuál te inspira más?» o «¿Cuál te horroriza o te da asco?». Los papeletes se sacan, uno por uno, desde una bolsa o del interior de un sombrero, y cada jugador tiene que contestar a la pregunta que salga con la palabra que le parezca mejor. Sigue un debate. El que gana es el que convence a los demás.

Habíamos sacado la pregunta, «¿Qué palabra más… te emociona?». Imelda nos explicó que la muerte es emocionante por ser la última aventura desconocida en un mundo que conocemos excesivamente y que carece de atracciones inexperimentadas. Nos contó –y hay que reconocer que lo hacía con pasión– todos los poemas y pinturas y predicaciones elaborados por artistas y santos que se habían enamorado de la danza macabra. «La muerte», dijo, «es la única fuente de justicia en este mundo corrompido. Trata a todos con indiferencia igualitaria, por ricos o pobres que sean. Manifiesta la caridad de Dios, liberando a los enfermos y encarcelados y esclavizados. Provoca penitencia. Anula dolores».

Todos quedaron impresionados y pienso que hubieran votado a Imelda si no fuera por la intervención de Cecilia. «Al contrario», dijo. «La muerte anula oportunidades. Las aventuras que lanza duran, por lo que sepamos, sólo un instante. Luego sucede una eternidad de la más aburrida, cuando a lo mejor no pasa nada. A mí, la palabra que más me emociona es » y lo dijo con un suspiro de coqueta para fascinar y atrapar a sus compañeros masculinos. «Es la palabra que abre puertas y evoca posibilidades. Facilita iniciativas, bendice innovaciones, fortalece convicciones y confirma la fe. La muerte dice que no, pero dentro de lo que cabe» –e incluyó a todos los varones presentes con una mirada afectadamente seductora– «yo procuro decir que ».

Luego le tocó el turno a Nathan, neoyorquino bajito e ingenioso, el payaso de la clase. Sensual fue su palabra, que pronunció exageradamente, entre saliva y dientes, con ojos saltones y lengua ligeramente emergente. Habló de tono vulpino y hacía gestos de avance a tientas hacia Cecilia, que estaba sentada al otro lado de la mesa. Ni le permitimos seguir con su explicación.

El próximo en jugar era Oleguer, el catalán. Yo ya sabía cuál iba a ser la palabra que más le emocionara y, efectivamente, independencia, dijo. Todos los demás alumnos reaccionaron desesperados, gimiendo y alzando las manos como para defenderse de una estupidez brutal. «Has elegido la palabra menos emocionante y más aburrida de todo el juego», insistió Imelda. «La política no sirve a nada, sino para intercambiar descontentos y sustituir disgustos por insatisfacciones. Cuando tengáis independencia, lo único que habréis logrado será el privilegio de detestar al Govern en lugar de al Gobierno».

«Nosotros conseguimos nuestra independencia de la Monarquía española», añadió Leandro, «en un momento de locura hace doscientos años, cuando pasábamos un momento de dificultades en lo que había sido una época larga de prosperidad. Desde entonces hemos sufrido dos siglos de estancamiento económico e inestabilidad política. Lo que os hace falta en España en este nuevo momento de crisis es más reciprocidad, más sustento mutuo y más colaboración; no gastar energía en resentimientos anticuados ni entregaros al lujo de riñas egoístas».

«De acuerdo», comentó Nathan, abandonando el papel de payaso y poniéndose serio. «En este hemisferio lo hemos visto todo. Las repúblicas hispánicas se hicieron pedazos persiguiendo los intereses y orgullos propios de sus élites y acabaron en pobreza y miseria. Mientras tanto, en los Estados Unidos, Brasil y Canadá, logramos superar el patriotismo chico, nos perdonamos nuestras guerras civiles, logramos respetar el pluralismo, y alcanzamos ser países modélicos, ricos, y eficaces en el mundo. En los Estados Unidos seguimos teniendo a nuestros separatistas, sobre todo en Tejas y Puerto Rico, pero no les hacemos caso, porque somos lo suficientemente maduros para comprender que un pasado conflictivo es el punto de partida de un futuro colaborador. Confiamos en un futuro que compartiremos para el bien de todos. Si los franceses y alemanes, cuya historia es aun más rencorosa que la de castellanos y catalanes, son capaces de perseverar con la construcción de la Europa de todos, ¿por qué demonios no váis a seguir construyendo la España de todos?».

«No me explico, Oleguer», dijo Cecilia, con ese aire de condescendencia que se permite a una mujer guapa, «cómo os permitís los catalanes engañaros por vuestra clase política. Es evidente que Artur Mas y su banderilla no quieren en absoluto la independencia, porque consiguiéndola se les quitará su razón de ser, y sus partidos serán aniquilados en las próximas elecciones –justo como en el caso de UCD, que desapareció una vez que se realizó la Transición–. Reclaman su independencia –a pesar de que carece de sentido político y económico– para enemistarse con el Gobierno. En cada búnker hay que tener enemigos para mantener el poder».

«El caso vuestro», dijo Imelda, dirigiéndose a Oleguer «me recuerda al de Escocia, cuya unión con Inglaterra se estableció en 1707, pocos años antes del decreto de Nueva Planta, y por el mismo motivo: porque para ser una gran potencia no hay que ser un país chico. Luego se suprimieron rebeliones, se marginaron idiomas y culturas nacionales, pero al fin y al cabo se terminó respetando lo especial que vale Escocia dentro del Reino Unido, y mientras tanto se multiplicaban los vínculos, los matrimonios, las migraciones, las colaboraciones económicas. Así que la historia anglo-escocesa se parece mucho a la catalano-castellana. No sería racional perjudicar a tanta historia por unos apuros económicos a corto plazo. El líder nacionalista escocés, Alex Salmond, tanto como Artur Mas, tiene la astucia de insistir en la celebración de un referéndum porque espera perderlo. Pero con la campaña electoral logrará más publicidad, más celebridad, más apoyo, y con la bendita derrota dispondrá de aún más motivos de resentimiento. Después de todo, la gente seguirá votándole para fastidiar al Gobierno en Londres, sin tener miedo de que se realice ese proyecto loco de independencia, que acabaría perjudicando a todos».

«Así es». Leandro volvió a tomar la palabra. «Me encanta el catalanismo. Hay que reivindicar y celebrar la gran tradición cultural de Cataluña. Pero la represión ya se acabó definitivamente. No la añora nadie. Insistir en mantener los resentimientos del pasado es absurdo. Yo admiro, Oleguer, tu patriotismo catalán. Pero el nacionalismo me fastidia. Es una ideología moribunda, que sirve de refugio a políticos deshonrados que no tienen soluciones prácticas a los agravios de las vidas cotidianas de sus conciudadanos. Como siempre nos cuenta nuestro querido profe, un patriota es el que acierta esperando a que su país sea el mejor. Un nacionalista es el que se decepciona pensando que ya lo es».

Para mí, llega el momento de intervenir. «Efectivamente. Yo soy galleguista. Mi padre escribió su primer libro en gallego. Mi tío Fermín fue autor de un diccionario gallego-castellano y quiso enterrarse envuelto en la bandera gallega. Pero todos apostábamos siempre, y sigo apostando yo, por una España plural y colaboradora. Si fuera catalán, las palabras que más me emocionarían –y ojalá se las oyese en la actualidad– serían paradójicamente: calma, paciencia, confianza, solidaridad. No sé si la palabra independencia es digna de tanta emoción, pero el jugador que al final más debate provoca es el que merece vencer. Oleguer, no estamos de acuerdo contigo, pero te concedemos el galardón de la noche».

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Italia).

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