El poder de las pesadillas

El 11-S del 2001 nos cambió el futuro. Los aires de libertad y esperanza impulsados ​​por la caída del muro de Berlín (1989) y el colapso comunista en la URSS (1991) se estancarían brutalmente con los atentados a las torres gemelas de Nueva York. De repente, los negros presagios de Samuel Huntington sobre el choque de civilizaciones parecían hacerse realidad con la siniestra efigie de Osama bin Laden de fondo. Al Qaeda, una organización terrorista casi desconocida, había golpeado el corazón del imperio, evidenciando su vulnerabilidad. Los neocons podían afirmar que vivíamos en un mundo hobbesiano empapado por una violencia ciega a la que solo podía hacer frente un nuevo Leviatán, Estados Unidos, aunque para ello tuviera que actuar unilateralmente, despreciando, si era necesario, a la ONU y al derecho internacional.

Este fue el discurso que se impuso en gran parte de la opinión pública y de las cancillerías occidentales después del 11-S. Las guerras de Afganistán e Irak, el recorte de libertades en nombre de la seguridad, la islamofobia y el ascenso electoral de la extrema derecha fueron sus consecuencias. Entrábamos en una nueva guerra fría de baja intensidad donde el nuevo enemigo absoluto era Al Qaeda (y, por extensión, el islam, supuestamente incompatible con los valores democráticos), que pretendía acabar con la civilización occidental. Al Qaeda, como antítesis de los neocons, afirmaba que los «cruzados», EEUU, Israel y sus aliados, después de siglos de ocupación, humillación y exclusión del mundo musulmán, querían acabar con el islam.

Y, sin embargo, nada era tan nuevo como parecía. Las raíces de Al Qaeda se encontraban en la guerra de Afganistán de la década de los 80. La insensata política de patrocinar (Pakistán, Arabia Saudí y EEUU) una internacional islamista radical suní para atraer combatientes de todo el mundo musulmán para combatir al Ejército Rojo se había vuelto en contra. En Afganistán gobernaban los talibanes, y Al Qaeda se había convertido en una amenaza real para los intereses occidentales en Oriente Medio y los países musulmanes. Desde 1993, había llevado a cabo varios atentados contra objetivos de EEUU (aparcamientos de las torres gemelas en 1993; bases militares en Arabia Saudí en 1995 y 1996; embajadas en Kenia y Tanzania en 1998; destructor USS Cole en Adén en el 2000) y decenas más en países islámicos.

La respuesta de George Bush a los atentados del 11-S fue la guerra contra el terrorismo. Según las conclusiones del informe de la comisión de investigación sobre el 11-S del Congreso de EEUU de julio del 2003, era la respuesta que más convenía a Al Qaeda: una respuesta militar desproporcionada que generaría una corriente antinorteamericana en los países musulmanes y de simpatía hacia Al Qaeda. La invasión de Irak fue un nuevo error. Con el impacto mediático de los atentados del 11-S y la inadecuada respuesta neocon, Bin Laden logró convertir Al Qaeda en un icono que actuaría a través de franquicias como en los atentados de Madrid (2004) y Londres (2005 ), las capitales de los dos gobiernos que habían apoyado la invasión de Irak. Era la socialización del terror, que tan bien se avenía con el análisis de la inseguridad mundial hecho por los neoconservadores, y el paso a la cadena de acción-reacción-acción, que tanto convenía a Al Qaeda. La guerra de Irak abrió un nuevo campo de batalla a la organización terrorista, mientras la de Afganistán le permitía extenderse en la región tribal pastún de Pakistán, donde Pervez Musharraf cultivaba una calculada ambigüedad entre la alianza con EEUU y el apoyo a grupos terroristas que operaban en Cachemira y Afganistán.

En suma, una doble pesadilla de consecuencias trágicas que durante casi una década ha secuestrado a la opinión pública occidental con el temor de la amenaza terrorista y, tal como han demostrado las revueltas árabes, llevó a apoyar dictaduras que masacraban a los pueblos, negaban las libertades y conculcaban los derechos humanos. Pero Al Qaeda se encuentra hoy muy debilitada, fruto de la cooperación internacional (policial y judicial más que militar) y de sus contradicciones internas: la yihad global se alimenta de militantes de conflictos locales poco interesados en ir más allá de sus fronteras, ha fracasado en Arabia Saudí y no ha podido consolidarse donde hay movimientos de liberación nacional fuertes (Palestina). Además, la intransigencia de su discurso religioso, el antichiísmo, la violencia sectaria y la adopción del takfir, que convierte en infieles y permite matar a otros musulmanes, son un obstáculo para incrementar sus menguantes bases de apoyo. Por otro lado, el giro dado hacia el mundo musulmán por Barack Obama se ha mostrado bastante más efectivo que el uso de la fuerza y, pese a los reproches a la forma en que se hizo, ha sido Obama, y no Bush, quien ha acabado con Bin Laden. Parece, pues, que el poder de las pesadillas que abrieron los atentados del 11-S toca a su fin. Como legado, una crisis económica que tiene mucho que ver con los sueños imperiales de Bush y sus guerras preventivas.

Por Antoni Segura, catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona.

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