El poder, donde siempre estuvo

La irrupción de Internet, las redes sociales y determinados avances científico-técnicos llevaron a muchos a pronosticar una transformación radical del poder. Se hablaba de estructuras en red que lo repartirían y controlarían mejor, además de hacerlo más eficiente. La deliberación digital y la toma de decisiones de abajo arriba daría lugar a lo que el ensayista Steven Johnson llamó “peer progresive” o par progresista: ese ciudadano comprometido con la igualdad y el papel del Estado en la redistribución de la riqueza, pero también desconfiado de su poder y razonablemente optimista respecto a la capacidad del mercado para crear riqueza.

La red le habría proporcionado a este nuevo sujeto la herramienta definitiva con la que compatibilizar los dos mundos -el Estado y el mercado, la igualdad y la libertad- que habían marcado la frontera política esencial de la modernidad analógica. Se darían por tanto las condiciones ideales para establecer algo parecido a una socialdemocracia 2.0. Cabe preguntarse entonces por qué no ha sido así y por qué, además, son precisamente los partidos socialdemócratas que asumieron esta idea los que más están sufriendo el desgaste del malestar.

El poder, donde siempre estuvoEn su interesante El fin del poder, Moisés Naím hablaba en 2013 de las transformaciones de las jerarquías: empresas centenarias que se iban a pique, Estados impotentes ante revueltas incitadas y coordinadas a través de la red, gobiernos incapaces de afrontar retos globales como el cambio climático. En un artículo previo, Naím ponía como ejemplos que “Rusia y China no pueden solucionar la crisis en Siria”, o que Merkel sería incapaz por sí misma de atajar la crisis del euro. En sus propias palabras, no es que el poder hubiera desaparecido sino que se había hecho “cada vez más difícil de ejercer y más fácil de perder”.

No obstante, tras la crisis económica, la irrupción tecnológica y el auge asiático, la resaca digital ha dejado un dibujo del poder bien parecido al de siempre. No es que la realidad no haya cambiado ni pueda hacerlo, pero cuando así ha sido, dichos cambios se han decidido desde poderes que residen en los lugares en los que siempre estuvieron y a través de las herramientas habituales. Además, una de las paradojas del exceso de voces en la era digital es que ha traído de vuelta viejos recursos analógicos que sobresalen y clarifican un panorama muy confuso. Para bien y para mal. Ahí están Macron o Trudeau, pero también Trump y Orbán.

Hay excepciones notables, como es el caso de las denuncias por acoso, maltrato y machismo. El movimiento feminista, horizontal y en red, sí ha conseguido un cambio profundo de percepciones y, ojalá, de determinados comportamientos. La manera en que nos relacionamos hombres y mujeres es ya distinta. Sin embargo, muchas de sus reclamaciones concretas -igualdad salarial, concienciación temprana, protección a maltratadas, persecución de las mafias de la prostitución o la despenalización del aborto allí donde todavía es delito- pasan por los resortes de poder clásicos: nuevas leyes penales y educativas, impulso judicial y acción policial.

Aunque es en el tablero internacional donde mejor se percibe esta naturaleza inalterada del poder. Desde 2013, el presidente Vladimir Putin ha consolidado una autocracia en Rusia y ha expandido la influencia exterior de su país con la herramienta cibernética en Occidente, de la misma forma que ha recurrido al hard power en Oriente y zonas de conflicto como Ucrania. Frente a lo pronosticado, Rusia puede no haber “solucionado” por sí misma la guerra en Siria como escribía Naím, pero sin su intervención o la de una Turquía en regresión democrática, las cosas habrían sido bien distintas.

La India de Narendra Modi y, especialmente, la dictadura china de Xi Jinping han recuperado el culto a la personalidad y al poder jerárquico. El pasado octubre, las autoridades de Pekín reforzaron el control de internet y apps de mensajería antes y durante el XIX Congreso del Partido Comunista. Como suelen hacer los gobiernos de Turquía o Irán de forma continua apelando a razones de seguridad sin que el poder de Erdogan o los ayatolás sufran amenazas reales más allá de protestas bien vistas o jaleadas desde Occidente. En Europa, los mandatarios de Francia y el resto del sur imploran a Merkel (canciller de primera economía de la UE) que acepte las reformas institucionales que le proponen para competir en un mundo más apto para Hobbes que para un “peer progresive“. Se apela, en fin de cuentas, al BOE alemán y no a un movimiento político de base en red. Silicon Valley aún no ha acabado con Westfalia, y no parece que vaya a hacerlo pronto.

Las redes han facilitado y mejorado muchos aspectos de la vida diaria, y han sido también importantes en el nacimiento de movimientos políticos de distinta naturaleza. Pero no han transformado radicalmente el poder político, y tampoco el económico. Al menos si por cambio entendemos que varía en su estructura y no que pasa de unas manos a otras.

También es cierto que sin las redes no se conciben las primaveras árabes, ni tampoco el Euromaidán de Kiev, una revuelta que estalló en 2013 tras un mensaje de Facebook que terminaría por derribar la cleptocracia pro rusa del país tras meses de protestas. No obstante, pocos años después los países árabes se encuentran sumidos en una contrarrevolución innegable ejercida con herramientas clásicas de poder duro, mientras Ucrania vive en estado de guerra de baja intensidad, una situación que incluye la ocupación paramilitar del este de su territorio y la anexión a las bravas por parte de Rusia de la península de Crimea.

El poder ni desapareció, ni se transformó, ni cambió de tantas manos, por más que se haya complementado con otras herramientas mediáticas y cibernéticas que establecen eso que se ha dado en llamar guerra híbrida. El propio ecosistema mediático occidental muestra que, si bien han nacido muchos medios digitales meritorios que han arraigado, la mayoría pasa por dificultades permanentes o cierra. Son los medios de siempre -aunque con otros accionistas y puede que con otras líneas editoriales- los que consiguen sortear la falta de modelo de negocio. Lo hacen gracias a factores nada nuevos ni horizontales como la capacidad de influencia general y las economías de escala.

También ha querido verse en Trump el ejemplo claro de un outsider del sistema que se impone al establishment político-económico y al cuarto poder gracias al uso -manipulador y malicioso en este caso- de las nuevas herramientas digitales. Sin embargo, su éxito se fundamentó en tres pilares clásicos del sometimiento: la propaganda, el dinero y la ayuda de otro Estado que además dirige, controla y utiliza en su provecho las mencionadas redes que supuestamente restaban poder a los Gobiernos. El ejercicio de Trump del poder político (reforma fiscal, sanitaria, migratoria) finalmente apuntala la vieja estructura de poder que, supuestamente, venía a derribar.

Por otro lado, el discurso corporativo horizontal de las grandes compañías tecnológicas se compadece mal con monopolios publicitarios y estructuras accionariales clásicas. Sigue habiendo accionistas muy mayoritarios, es decir, jefazos y mandamases que ejercen de tales aunque vayan en chándal a la oficina y el despacho sea transparente, si es que tienen uno. Por su parte, las empresas de la Gig Economy bajan precios al mismo ritmo que lo hacen con la protección social de sus “proveedores”. Trabajadores que utilizan la red para denunciar pero buscan la acción legislativa y reguladora para la solución efectiva a sus problemas.

Esta recomposición hacia formas clásicas del poder tiene implicaciones para cualquier proyecto político reformador. Para un buen tratamiento, lo primero es un buen diagnóstico. Quizá es hora de despertar del sueño de un poder horizontal que, si bien existe, no lo hace en la medida de nuestras esperanzas.

Antonio García Maldonado es analista y consultor independiente.

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