El poder saudí en la crisis de Oriente Próximo

Por Emilio Menéndez del Valle, embajador de España y eurodiputado socialista (EL PAÍS, 17/03/07):

“Hermanos, reyes, presidentes y emires árabes: los tiempos no nos son favorables”. Así de patético se pronunciaba en 1982 Yasir Arafat, ante una veintena de dirigentes en la cumbre de Fez. La OLP acababa de ser expulsada militarmente de Beirut por el ejército invasor israelí y el líder palestino iniciaba la larga y pragmática marcha político-diplomática que habría de culminar en los acuerdos de Oslo una década más tarde.

Gobernaba Reagan, los árabes seguían tan divididos como de costumbre, había un antisionista Frente de Rechazo (Argelia, Siria, Yemen del Sur, OLP), Egipto había sido expulsado de la Liga Árabe por hacer la paz con Israel (una paz “fría” que se prolonga hasta hoy) y el histriónico Gaddafi, mientras que los demás se reúnen en Fez, visita Polonia y Checoslovaquia, donde su petróleo es deseado y él adulado. Se trata del sui géneris jefe de la Yamarihiya árabe y socialista que unos meses antes -en pleno asedio israelí a Beirut- recomendaba a la resistencia palestina que “se suicide con honor”.

En ese cónclave marroquí de 1982 se impusieron la moderación y la realpolitik. El rey saudí Fahd, recién asumido el trono, y el rais Arafat se sincronizaron para lanzar una estrategia de paz aceptable para Europa e incluso para Washington, basada en el plan que, un año antes, el entonces príncipe heredero Fahd había presentado. Precisamente dos años antes Europa había proclamado la histórica Declaración de Venecia (13-6-80) en la que por vez primera manifestó que el problema palestino no es simplemente uno de refugiados y que ha de encontrarse una solución justa mediante la cual el pueblo palestino ejerza plenamente su derecho a la autodeterminación. Los Nueve afirman que los asentamientos israelíes en la Palestina ocupada son ilegales según el Derecho Internacional y advierten que no tolerarán ninguna iniciativa unilateral que persiga el cambio de estatus de Jerusalén. No exigía aún la creación de un Estado palestino, pero abría la vía.

El Plan Reagan (1-9-82), publicado una semana antes de la cumbre árabe de Fez, asume la idea de Venecia de que la cuestión palestina es algo más que una de refugiados, pero no reconoce las fronteras de 1967, es ambiguo sobre Jerusalén y preconiza una asociación de Gaza y Cisjordania con Jordania.

En este marco se mueven los saudíes en los años ochenta. De ellos se dijo que “contemporizan cuando surgen temas controvertidos y ante las crisis les entra el pánico. Conscientes de sus limitaciones y vulnerabilidad, los saudíes actúan con precaución en política exterior. No son líderes. Como mucho, son creadores de consenso” (William Quandt, 1981).

Es verdad que en esta descripción hay vicios, pero también virtudes. ¿Acaso no lo son moverse con cautela y crear consensos? Por cierto, en lo interior el régimen saudí no es precisamente virtuoso. La intolerancia política, social y religiosa es obvia y la situación de la mujer, que es esencialmente no-persona, lamentable. Trato únicamente de valorar el papel de Riad como sujeto de relaciones internacionales en Oriente Medio que -en un crescendo de tres décadas- le ha llevado a tener una posición clave en relación a Irán, Palestina, Irak y otras zonas calientes.

Ya en 1975 Riad se mueve activamente y crea consensos. El príncipe heredero Fahd consolida las relaciones con el Irak baasista, tradicionalmente hostil a la Casa de Saud, y en ese mismo año propicia y obtiene un acuerdo sirio-iraquí sobre las aguas del Éufrates. Y también en 1975, Jaled, recién coronado monarca, lleva a cabo un discreto pero -en el contexto saudí- audaz movimiento. Dice estar preparado para reconocer a Israel su derecho a existir en las fronteras anteriores a 1967 a cambio de su retirada de los territorios ocupados y el establecimiento de un Estado palestino en los mismos.

Dos años más tarde, el presidente egipcio Sadat da el arriesgado e histórico paso de plantarse en Jerusalén -queriendo “hacer de la esperanza un código de conducta”- para defender ante el Parlamento judío la necesidad de firmar una paz justa. En septiembre de 1978 se celebraría la cumbre de Camp David (Carter, Sadat y el premier israelí Begin) que conduciría al tratado de paz israelo-egipcio. La reacción de la mayoría de los Estados árabes es feroz. Riad se indigna, pero -haciendo gala de la paciencia casi eterna que proporciona el desierto- se opone inicialmente a reducir a Egipto al ostracismo. No rompe con él y convence a Irak para que tampoco lo haga. Hasta el último momento Fahd intenta lograr de Sadat que presente los acuerdos de Camp David a losministros de Exteriores árabes e islámicos para que analicen si pueden ser base de un compromiso aceptable. Sadat y Carter se niegan. Sólo cuando meses más tarde Cairo y Tel Aviv firman su tratado de paz, Riad y la Liga rompen con el primero y lo expulsan de su seno. En el fondo, lo que Arabia Saudí rechaza y condena es la decisión egipcia de actuar unilateralmente.

La estrategia de Sadat conduciría únicamente a recuperar el Sinaí, pero Israel se negaría a avanzar en la solución del conflicto israelo-palestino. Habría de transcurrir más de una década para que se abrieran paso los acuerdos de paz de Oslo (1993), madurados en la conferencia de Madrid (1991). Tras el asesinato del primer ministro israelí Rabin, en 1995, el proceso de paz sufre diversas vicisitudes hasta que se estanca. Egipto -que había mediado con el laico Fatah- no puede hacerlo con el islámico Hamás y es entonces cuando Riad decide salir nuevamente a la palestra. Sus dos anteriores intervenciones diplomáticas de importancia habían creado una impronta. En 1990 logró reunir en Taif a las partes en conflicto y poner fin a la larga y fratricida guerra del Líbano. Y en 2002 propicia la fundamental Declaración de Beirut, en la que se ofrece a Israel el fin del conflicto, establecer relaciones diplomáticas y concluir un tratado de paz, a cambio de la aceptación por Tel Aviv de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza con Jerusalén Este como capital. La Liga pide a Israel que declare -como los Estados árabes- que una paz justa es también para él una opción estratégica.

En 2007 el panorama de la región es catastrófico. Israel no tiene interés en lograr una paz justa en Palestina y Estados Unidos y la Unión Europea llevan seis años sin proponer iniciativa sustancial de paz alguna y la descomposición interna de la sociedad palestina -a causa, entre otros factores, del boicoteo occidental a Hamás, llegado al Gobierno limpia y democráticamente- es creciente.

Hay de nuevo peligro de guerra civil en Líbano. El caos en Irak que la invasión norteamericana ha producido es inconmensurable (en 2005, Riad había propuesto, infructuosamente, al presidente provisional iraquí sustituir las tropas de la coalición invasora por tropas árabo-islámicas) y la actividad iraní en la zona es manifiesta. A estos efectos, Egipto está prácticamente fuera de juego. Arabia Saudí -legitimada por su condición de custodia de los santos lugares del islam y apoyada por su potencia financiera- convoca al presidente Abbas y al primer ministro Haniya y fuerza un pacto de pacificación intrapalestino. Paralelamente, y alarmada por una posible retirada de Irak ante la victoria parlamentaria de los demócratas norteamericanos, lo que puede llevar al aumento de la influencia del chií Irán en el mayoritariamente chií Irak, redobla su actividad diplomática.

Teherán tiene intereses y presencia indirecta en Irak, Líbano y Palestina, pero no puede ignorar al “Vaticano” del islam suní, Riad, porque sólo el 10% de todos los musulmanes del mundo son chiíes y, además, afirma desear, como Riad, la seguridad y estabilidad en el Golfo arábigo-pérsico. ¿Cómo, si no, exportarían todo su petróleo? Y en esas estamos. Arabia quiere influir y, si es posible, disuadir, a Irán de determinadas acciones. No confrontarlo. Se opone a otra agresión norteamericana. Está haciendo lo que Washington y Bruselas deberían hacer: reconocer el papel de Irán, pero obligándole a integrarse en el sistema de relaciones internacionales de la región. De momento, Riad ya ha logrado el sostén iraní al acuerdo Abbas-Haniya y lo busca en el compromiso chií-suní libanés. Por cierto, la diplomacia saudí acaba de obtener el reconocimiento (24-2-07) del ministro galo de Exteriores, que ha declarado: “Francia estará dispuesta a cooperar con el nuevo Gobierno palestino de unidad nacional, siempre que se constituya en base a los acuerdos de La Meca”. Como es sabido, dichos acuerdos no mencionan a Israel, pero garantizan el respeto a lo convenido entre éste y los palestinos, lo que supone un reconocimiento indirecto del Estado judío por parte de Hamás.

Toca ahora a Tel Aviv mover ficha y la Unión Europea debería decidirse de una vez por todas a actuar, no sólo declarar. Hay una nueva oportunidad en ciernes. El 23 de marzo se reúne en Arabia Saudí la cumbre de la Liga Árabe y, al parecer, Riad tiene la intención de relanzar su propuesta de Beirut 2002: el mutuo reconocimiento israelo-árabo y la conclusión de un tratado de paz en base a las premisas indicadas. ¿Otra oportunidad desechada?