El polvorín balcánico tras las elecciones de Serbia

Por Predrag Matvejevic, es escritor croata, profesor de Estudios Eslavos en la Universidad de Roma. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 30/01/07):

Lo que está sucediendo hoy en los Balcanes, en la estela de una tragedia que dura ya más de 16 años, podría ocurrir mañana en el Cáucaso o en varios países de Oriente Próximo, pero también en las difíciles relaciones con las minorías de diversos Estados, como los kurdos, los chechenos, y otros muchos. Desde que acabó la guerra fría no sabemos exactamente qué nombre dar a estos nuevos conflictos, que han surgido tras un reguero de contradicciones. El protectorado de la ONU y el envío de 16.000 cascos azules, por ejemplo, no han resuelto en absoluto el problema de Kosovo.

En los últimos tiempos, una gran masa de serbios ha abandonado Kosovo y otros, más de 100.000, han quedado “abandonados” en enclaves rodeados por la población de origen albanés. Si a eso añadimos los más de 200.000 exiliados procedentes de Croacia y otras regiones, es comprensible que la vida política y social de Serbia esté agravándose hasta el paroxismo.

Tras el absurdo referéndum contra la independencia de Prístina -sobre Kosovo como territorio “inalienable” de Serbia-, las elecciones del 21 de enero muestran una situación desesperada. Los vencedores se anunciaron antes de conocer los votos; por desgracia, los pronósticos resultaron acertados. Según los resultados, que no parece que vayan a cambiar sustancialmente la situación, el Partido Radical serbio, presidido por Vojislav Seselj -en prisión por orden del Tribunal Internacional de La Haya- es la agrupación política más fuerte, con el 28, 56 % de los votos. Aun así, no puede gobernar ni aunque sume sus votos a los del Partido Socialista Serbio, la antigua coalición de Slobodan Milosevic, que consiguió un poco menos del 6%. El partido de Seselj ha obtenido 100.000 votos más que en las elecciones de 2003. En cambio, el de Milosevic ha perdido aproximadamente 50.000.

El Partido Democrático del actual presidente de Serbia, Boris Tadic (que se hace con el 22, 84 % de los votos), podría aliarse, como se preveía, con el Partido Democrático Serbio de Vojislav Kostunica, en la actualidad jefe del Gobierno serbio, nacionalista moderado pero conservador y clerical (que ha obtenido entre el 16, 38%). Esta alianza sería posible pese a la escasa sintonía existente entre los dos políticos y el precario acuerdo entre los representantes de los dos grupos. Para gobernar, por consiguiente, habría que buscar el apoyo de los partidos pequeños, los que apenas han superado el umbral del 5 %, entre ellos el partido llamado G-17, de perfil claramente europeo, y el Partido Liberal Democrático, el grupo más positivo, vinculado a la labor del presidente Zoran Djindjic, que murió asesinado en marzo de 2003.

Es decir, existe la posibilidad de que haya una mayoría filoeuropea, a pesar de todas las divisiones internas entre los grupos políticos. Numerosos observadores cualificados opinan que el mediador de la ONU, el finlandés Martti Athisaari, debe reconocer lo que quiere el 90% de los albaneses de Kosovo: una autonomía que piden y aguardan desde hace años. El aplazamiento de esta decisión en Viena se debió, sobre todo, al deseo de evitar que las elecciones de Serbia se vieran arrastradas por una oleada de nacionalismo radical.

¿Y cómo gobernar racionalmente en una situación así? El derecho histórico de la provincia de Kosovo se opone al derecho natural de una nueva mayoría. Y aquí pueden verse, tal vez, similitudes con la situación de Israel y Palestina. Tras la separación de Montenegro y la inminente pérdida de “la cuna de Serbia”, la “República de Srpska” podría solicitar su incorporación a Serbia y su separación de Bosnia-Herzegovina, cuya unificación -y cuyo funcionamiento como Estado real y autónomo- frena desde hace mucho tiempo. De esa forma, la parte central de los Balcanes volvería a encontrarse en una situación de enorme conflictividad. Hasta ahora, las intervenciones de la Unión Europea, la ONU y Estados Unidos han resultado inadecuadas o insuficientes.

Rusia desearía apoyar a Serbia, no tanto por una “vieja alianza eslava”, que hasta el momento ha dado siempre escasos resultados, como por temor a que se propongan otras situaciones de este tipo en las fronteras del antiguo imperio soviético. Putin declaró hace unos días: “Queremos una solución que agrade tanto a Belgrado como a Prístina”. Pero no existe una solución de ese tipo, y casi ni es imaginable.

En resumen, lo que está en juego no es sólo una política de los Balcanes o una política europea. En estas tierras, que “producen más historia de la que se puede consumir”, como decía Churchill durante la Segunda Guerra Mundial, se pueden descubrir las alianzas políticas e históricas más amplias y, al mismo tiempo, las consecuencias más graves y trágicas, porque los Balcanes no son sólo “la vieja cuna” de Europa o su escaparate, sino también su “polvorín”.