El populismo ante el futuro

El populismo es un hecho político peculiar. Hace poco, Daniel Innerarity señalaba en HERALDO (3 de mayo, pág. 23, ‘Cuando ocurre lo improbable’) la anomalía teórica que supone incluir en el mismo rubro a Pablo Iglesias, Beppe Grillo, Donald Trump y Marine Le Pen. ¿Puede la misma corriente política albergar ambos polos del espectro ideológico? El filósofo llamaba a renovar la Ciencia Política para entender este rampante fenómeno. Pero la ciencia es lenta y el sector mediático debe comentar las noticias cada día, porque los ciudadanos demandan su interpretación de la actualidad para formar opiniones, adoptar actitudes y tomar decisiones. Lo que llamamos populismo es, de hecho, un marbete mediático de urgencia cuya utilidad teórica las ciencias sociales apenas han empezado a explorar y que incluso podría resultar al fin una noción estéril.

Pensemos primero por qué necesitamos esa etiqueta. Para eso debemos desechar el presentismo con que han impregnado nuestra vida cultural las nuevas tecnologías de la información. Dejamos de escribir cartas para redactar ‘e-mails’ y estos se quedan para formalidades desplazados por el Whatsapp; un toque borra un epistolario; lo que se escribió ayer es ya un olvido. Y, en la prensa y en la vida pública, casi nadie debe desdecirse de lo que dijo porque todos saben que el pasado ya no existe. Vivimos, a la par que la revolución real, la de los negocios y las ciencias, una pseudorrevolución de la información donde solo importan qué acaba de ocurrir y qué será tendencia (fugazmente, antes de olvidarlo); y que parece volver la historia irrelevante, casi tanto como la filosofía.

A eso se añade, como señaló Zygmunt Bauman en sus últimas obras, que para muchos el futuro, o al menos el futuro que hasta hace poco se daba por supuesto, también está desapareciendo. La última moda escapista recomienda vivir solo en ‘el aquí y el ahora’ y para el propio ‘estar bien’, malinterpretando la doctrina de la ‘Atención Plena’, pero pocos son capaces de instalarse en ese narcisista individualismo. Somos transeúntes colectivos de una edad histórica a la que, hasta que termine y a falta de mejor nombre, llamamos Edad Contemporánea. Y esta se caracteriza por el conflicto entre partidarios del autogobierno del mercado y de su firme control político: en 1776 trece colonias se alzaron contra una injerencia del Estado británico en su economía; en 1789 Babeuf publicó la primera gran obra del pensamiento socialista moderno. Esta es la raíz de casi tres siglos de violencia y de nuestro pragmático presente.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la política de las democracias se basó en el bipartidismo de la democracia-cristiana pro-burguesa y la socialdemocracia pro-proletaria. El sistema funcionó bien hasta 1973, año de la primera crisis del petróleo, que las políticas económicas keynesianas no supieron combatir y que llevó a la actual ola neoliberal, a la que hasta los socialdemócratas se han adscrito, añadiendo solo el ‘rostro humano’ de preservar lo que puedan del Estado de bienestar y una política sociocultural más abierta y tolerante con la diversidad y la disensión. El neoliberalismo es el padre y la crisis ecológica la madre (‘Los límites del crecimiento’ se publica en 1972) de una globalización cuyo momento político crítico es la ‘Gran Recesión del Norte Global’ de 2008.

La ciudadanía, contra lo que puedan pensar algunos, no es necia ni ignorante y percibe perfectamente las contradicciones de nuestro presente: el bienestar material depende del crecimiento de un mercado que causa crisis periódicas, aumenta continuamente la desigualdad y nos lleva al colapso ecológico. Las políticas progresistas que combaten esos efectos suelen aumentar los impuestos y la deuda, reduciendo los ingresos disponibles personalmente. Ningún partido ‘tradicional’ parece capaz de resolver el dilema. Ante esa situación, como señaló Albert Hirschman, los ciudadanos tienen tres opciones: la salida hacia la vida privada y la abstención electoral, la lealtad interesada o resignada a las opciones clásicas o la voz de los nuevos partidos. Que en realidad no tienen nada de nuevo: los de derecha defienden el viejo pasado de una gran mayoría étnica y cultural dominante, conservadora y localista, bajo la égida de quienes saben hacer dinero; los de izquierda, el viejo futuro universalista de un bienestar sostenible para todos, aunque acaso demasiado parco, y amplia tolerancia con el cambio cultural.

Durante casi tres siglos hemos dado por sentado el progreso, como cada cual lo entendiera. Esa fe está en crisis porque la rapidez del cambio sociotécnico actual ha opacado el futuro y eso da mucho miedo a muchos. Echamos en falta discursos, éticos y prácticos, originales y verosímiles, que nos den esperanza. El populismo es solo un mal sucedáneo.

Juan Manuel Iranzo Amatriain, Doctor en Sociología y Profesor de la Universidad Pública de Navarra.

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