El populismo es una pornografía

El asunto que me viene a la cabeza y que me sirve de inspiración para el título de esta crónica se remonta a 1965. En EE.UU., la película francesa de Louis Malle Los amantes fue prohibida en algunos estados con el pretexto de que era pornográfica. El litigio llegó hasta el Tribunal Supremo, donde la película fue autorizada por su valor artístico, dando lugar a esta definición, que se ha hecho famosa, del juez Potter Stewart: «No sé definir la pornografía, pero la reconozco cuando la veo». Ocurre lo mismo con el populismo en política, porque es difícil de definir y es fácil de reconocer. Es evidente que Donald Trump, Viktor Orban, Lech Kaczinsky, Marine Le Pen y Nigel Farage son líderes populistas. Está claro que no son los primeros; Berlusconi les precedió. Si nos remontamos lejos en la historia occidental, me parece que los primeros populistas fueron los hermanos Tiberius y Gaius Gracchus, unos cónsules romanos del siglo II a. C. que sublevaron a la plebe contra los patricios. Si la hipótesis es correcta, el populismo siempre ha existido y se basa en dos principios elementales: la oposición entre ellos y nosotros y la redistribución de la riqueza en vez de su creación.

Nosotros, según las circunstancias, son los ciudadanos romanos contra los bárbaros; los cristianos contra los judíos o los árabes; la gente decente contra las élites; la gente sin educación, los incultos, o know-nothing, estadounidenses en el siglo XIX, antepasados del trumpismo contra los expertos; y el pueblo contra los traidores, los metecos y los bárbaros. Para los populistas, el otro es odioso, y hay que excluirlo, reducirlo e incluso exterminarlo; puede ser imaginario y carecer de influencia, porque los mitos en política son objetos reales. La redistribución como principio económico también se remonta a los Gracchus, ya que los cónsules distribuían víveres y tierras a todos los ciudadanos si eran romanos. Sus equivalentes contemporáneos están tan dispuestos como ellos a conceder al pueblo unos recursos públicos inexistentes hasta que las arcas estén vacías, e incluso a ir más allá, imprimiendo moneda falsa, como los assignats de la Revolución francesa, y mediante la inflación. Los populistas siempre le dan la espalda a la realidad porque consideran que solo es una construcción intelectual o un complot contra el pueblo. En EE.UU., los trumpistas esgrimen unas realidades alternativas ante los hechos demostrados; el saber no vale más que la credulidad.

Es fácil entender por qué el populismo es popular. Como todas las ideologías, es sencillo y fácil de entender, y es la inteligencia del modo. Y quita responsabilidad: «La maldad del otro es la causa de mis desgracias. No soy culpable de nada, mi destino no me pertenece». «Si el otro fuese sacrificado, todo me iría bien». Mientras esperan esta liberación sacrificial, los populistas se unen en masa y se animan los unos a los otros, y el calor colectivo y la burbuja sustituyen a la fría responsabilidad individual. Si es cierto que nuestro cerebro es doble, metafórica y biológicamente, el populismo enfrenta a nuestra mitad pasional con la otra mitad racional.

¿Por qué surge ahora el populismo? La explicación habitual es que la globalización asusta, el terrorismo desestabiliza, la inmigración aumenta, el mestizaje cultural modifica las antiguas referencias y la innovación destruye nuestros empleos con la misma rapidez con que crea otros. Para aquellos a los que les asusta este nuevo mundo, el populismo es el refugio.

A la larga, el populismo siempre pierde, porque la realidad se impone. Por ejemplo, Trump no va a restablecer el EE.UU. blanco y machista, porque ya es mestizo y feminista. Tampoco va a hacer que la tasa de crecimiento aumente del 2% al 4%, porque es técnicamente imposible y porque el proteccionismo que promete frenará el crecimiento y destruirá empleo. De la misma manera, el Brexit no enriquecerá a los británicos y el Frexit que preconiza Marine Le Pen arruinaría a la economía francesa. Podríamos concluir que basta con esperar a que el populismo se estrelle contra la realidad. Pero ¿cuánto tiempo hay que esperar y a qué precio? Observamos que los primeros fracasos de Trump, contra la inmigración ilegal o contra Al Qaida en Yemen, solo hacen que multiplique sus mensajes en Twitter y que se cree otra realidad en la que sus fracasos son victorias, según este presidente, y sus partidarios lo aprueban. Nada garantiza tampoco que los populistas se marcharán tranquilamente al finalizar su mandato, porque la mayoría de las veces el populismo acaba en violencia, no en una transición democrática. Por eso es urgente proponer, sin demora, alguna alternativa que sea al mismo tiempo realista y que entusiasme, pero, por el momento, no la vislumbramos en ninguno de los países concernidos.

Por tanto, la anemia de sus adversarios también es responsable de este populismo. Los partidos, los líderes y los pensadores políticos clásicos, de derechas y de izquierdas, los que se supone que conocen el mundo tal y como es, los que aportan soluciones válidas, los que al mismo tiempo explican, tranquilizan y exaltan, todos ellos, se ven superados por la velocidad del cambio, por sus costumbres anticuadas y por su desconocimiento del populismo. No sirve de nada protestar contra el populismo, porque a veces se corre el riesgo de reforzarlo, pero es fundamental comprenderlo. Y es exigente, porque uno tiene que saber replantearse sus ideas.

Guy Sorman

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