El Portugal de José Sócrates

Por Antonio R. Rubio Plo, profesor de Relaciones Internacionales, C.U. Villanueva, Universidad Complutense de Madrid (REAL INSTITUTO ELCANO, 25/02/05):

Tema: La mayoría absoluta alcanzada por los socialistas portugueses en las elecciones del pasado 20 de febrero ha llevado a José Sócrates a la jefatura del gobierno. ¿Cuáles son los retos internos y europeos que deberá abordar el nuevo primer ministro?

Resumen: Portugal inicia la era de José Sócrates, político con fama de pragmático y calculador, representante de un socialismo más “nórdico” que latino. Es percibido como un continuador de la etapa de Antonio Guterres en sus intenciones de elevar la competitividad de la economía portuguesa, pero a diferencia de Guterres, Sócrates tendrá que ganar la batalla de la reducción del déficit presupuestario, sin poner en riesgo el crecimiento económico, como hicieron los gobiernos del centro-derecha. También tendrá que construir el lugar de Portugal en Europa, tras los retos planteados por la ampliación, en sintonía con el “europeísmo atlantista” del país luso y sin quedarse al margen de las cooperaciones reforzadas.

Análisis: El resultado de las elecciones portuguesas, que han dado la mayoría absoluta al partido socialista (PS), no ha sido sorprendente, dado el clima de “fin de reinado” que vivía Portugal tras la salida de Durão Barroso de la jefatura del gobierno para presidir la Comisión Europea en el pasado mes de julio. Si bien Barroso ha puesto un broche de oro a su carrera de europeísta convencido, tanto en lo académico como en lo político, su proyección europea ha perjudicado las expectativas de su partido, el socialdemócrata (PSD). Por de pronto, su salida de la política nacional estuvo a punto de provocar la disolución de las cámaras y elecciones anticipadas, prerrogativa en manos del presidente de la República, el socialista Jorge Sampaio. La sustitución de Barroso por el que fuera alcalde de Lisboa, Pedro Santana Lopes, pudo interpretarse más como una tregua en las agitadas aguas políticas portuguesas que como una solución estable antes de las elecciones previstas para marzo de 2006. Aunque el PSD puede definirse como liberal, Santana daba la imagen de líder populista, consolidada por su presencia no sólo como analista político en medios de comunicación sino también como protagonista de la “crónica rosa” portuguesa, sin olvidar otras actividades como la presidencia del club de fútbol Sporting de Lisboa. Mas el primer ministro fue incapaz de desprenderse de su percepción de líder controvertido no sólo ante la opinión pública sino entre las filas de su propio partido. Las urnas le castigaron con el peor resultado del PSD en más de veinte años (28,2%). Es significativo que el ex primer ministro Aníbal Cavaco Silva, otro de los dirigentes históricos del PSD, se desmarcara de Santana en la reciente campaña electoral, pues Cavaco podría ser una sólida alternativa a la presidencia de la República para sustituir a Sampaio.

Si bien es cierto que los socialistas habían sido los vencedores en las elecciones europeas del pasado junio, desde el punto de vista legal y de la aritmética parlamentaria no había motivo urgente para unas elecciones anticipadas teniendo en cuenta la mayoría absoluta con que contaba en la Asamblea de la República el PSD y su aliado, el democristiano Centro Democrático Social (CDS-PP). De ahí la sorpresa que constituyó en diciembre que el presidente Sampaio decretara la disolución del Parlamento, apenas tres meses después de que el PS contara con un nuevo líder en ascenso, José Sócrates, ex ministro de Medio Ambiente en el gobierno de Antonio Guterres y significado representante de la llamada “tercera vía”, en sintonía con las tesis de Blair y Schröder, o si se prefiere con las ideas del clásico del socialismo reformista, Eduard Bernstein, cuyos escritos constituyeron para Sócrates una revelación en los inicios de su carrera política.

Se podrá poner en duda la oportunidad de la disolución o si Sampaio actuó llevado por intereses partidarios, mas lo cierto es que Santana y su gobierno aparecían “tocados”, por ejemplo, por la sucesión de declaraciones contradictorias de los miembros del gobierno, empezando por su presidente. El gobierno vivía una crisis anunciada, amplificada por un aumento importante del paro (7,1%) o por la incapacidad de cuadrar las cuentas públicas para cumplir con los objetivos del Plan de Estabilidad y Crecimiento (PEC). El balance del gobierno del PSD es el haber sacrificado el crecimiento económico al rigor presupuestario. No ha gozado, en definitiva, Santana del carisma de otros políticos del PSD como Marcelo Rebelo Sousa, y los socialdemócratas podrían estar un largo tiempo en la oposición, aunque quizá sus posibilidades mejorarían algo con Cavaco Silva en la presidencia del país.

Pese a no tener el carisma de Santana, Sócrates se presentaba como un político capaz de atraer votos moderados. De hecho, Santana le acusó de querer llegar al poder con medidas del PSD, y efectivamente las perspectivas ofrecidas por el gobierno socialista no se alejarán radicalmente de sus antecesores, pues las reformas se hacen más urgentes para Portugal, sobre todo tras la ampliación de la UE, cuando Portugal puede perder el tren de la competitividad ante el empuje de unos países que tienen una mano de obra cualificada y ofrecen bajos costes. A título de ejemplo, Sócrates se opuso a la reducción al 25% del impuesto de sociedades, mas ahora reconoce que la decisión tomada por el gobierno anterior fue correcta.

Aunque el PS ha obtenido mayoría absoluta (120 diputados) y ya no le es necesario, Sócrates se caracterizó por su rechazo sistemático de fomentar mayorías de izquierda, contando con el apoyo del Bloco de Esquerda (BE) o del Partido Comunista, algo que Eduardo Ferro, antecesor de Sócrates en el cargo, acaso no habría descartado. En cualquier caso, Ferro representaba la “izquierda” del PS. No olvidemos que la tradición del socialismo portugués, tras la revolución de los claveles, siempre se caracterizó por su rechazo de cualquier connivencia “frentepopulista” en el gobierno, lo que le distingue de otros socialismos latinos como el francés. Ferro no podía dar, desde luego, una imagen de “moderación”, capaz de atraer a sectores decisivos en las urnas portuguesas, cuando compitió con Barroso en las elecciones de marzo de 2002. A esto habría que añadir el fuerte deterioro de la imagen pública de Ferro, por su relación, aunque fuese indirecta, con alguno de los implicados en el escándalo de pedofilia de la Casa Pía. Así pues, su dimisión del cargo de secretario general del PS supondría la vuelta de lo que los adversarios de Sócrates llaman despectivamente el “guterrismo blairista”. Esto no significa en absoluto una fractura en el seno del PS, pues Ferro manifestó su apoyo al nuevo secretario general y no cabría descartar su presencia en el futuro gobierno. Asistimos así a una especie de ley no escrita en el seno de los partidos socialistas europeos: el debate ideológico suscitado por la era poscomunista y los retos de la globalización no se traduce en escisiones sino en convivencia, más o menos tranquila, entre las distintas tendencias de “izquierda” y “derecha”, pues toda división interna suele ser castigada por los electores. Sócrates fue elegido como sustituto de Ferro porque representaba una oposición más efectiva, capaz de combatir en su propio terreno al PSD, y cuya imagen de seriedad, asociada a la de honradez, contrastaba con el populismo amable y heterodoxo de Santana Lopes. Sus apariencias externas de gravedad, su fama de hombre pragmático más que ideólogo, apartan a Sócrates del mesianismo social de algunos políticos de izquierda. No necesita a la izquierda radical para gobernar, pero el ascenso electoral de ésta –entre comunistas, ecologistas y BE suman casi un 15% de votos– augura movimientos de protesta en la calle si realmente el nuevo gobierno pone en marcha las reformas que encaminen a Portugal por la senda de la competitividad.

Con todo, es cierto que Sócrates sitúa entre sus políticos de referencia a Blair y Guterres, aunque también al socialdemócrata sueco Goran Persson, destacado exponente del modelo nórdico del Estado del bienestar. Sócrates representa un socialismo que apuesta por una combinación de la competitividad y la solidaridad, como modo de hacer frente a los desafíos de la globalización. Si el gobierno del PSD insistía en la creación de riqueza, Sócrates habla de la creación de empleo, pero a la vez afirma que el empleo y la riqueza nacional son objetivos perfectamente compatibles. Este será, sin duda, el principal reto de su mandato, aunque resulte aventurado pronosticar si tendrá éxito en su promesa electoral de 150.000 empleos.

A este respecto, Sócrates ha recordado su identificación con las tesis de Guterres, padre de la estrategia de Lisboa, una clara apuesta por ligar el empleo a la competitividad, aunque, dadas las dificultades de algunas economías europeas, el objetivo de que la UE fuera en 2010 la zona económica más competitiva del mundo parece haberse evaporado por completo. El énfasis puesto en la competitividad de Europa fue una acertada aportación de Guterres a la presidencia portuguesa de la UE en 2000. La competitividad –así lo entiende también Sócrates– no va ligada únicamente al mantenimiento del empleo o a los beneficios empresariales sino que es una prioridad absoluta para Europa, y por supuesto para Portugal. Una Europa no competitiva –y en esto estarían de acuerdo otros políticos no socialistas– perderá capacidad de influencia en la escena mundial. Por lo demás, en la visión de Sócrates la competitividad va asociada al desarrollo de las nuevas tecnologías. De ahí su insistencia en un “plan tecnológico” para Portugal con el horizonte de 2020, con un destacado incremento de los gastos en I+D.

No tiene evidentemente Sócrates la obsesión por el control del déficit que tenía el gobierno del PSD, aunque para no superar la barrera del fatídico 3% tuviera que recurrir a ingresos extraordinarios como la venta de patrimonio inmobiliario del Estado o la utilización de fondos de pensiones de las instituciones públicas. Sócrates, sin embargo, aboga por criterios menos “ciegos” en el PEC. En ese sentido, el nuevo jefe del gobierno portugués estará en sintonía con los vientos que soplan desde la Comisión: el control del déficit parece perfilarse como un objetivo para el conjunto de un ciclo –entiéndase una legislatura–, sin la rigidez de una periodicidad anual, lo que constituye un balón de oxígeno no sólo para el “motor franco-alemán” sino para el propio Portugal que fue sometido a un procedimiento por déficit excesivo durante el gobierno de Barroso, si bien las alegrías presupuestarias se remontaban a la época de Guterres (1995-2002). Aquella época puede considerarse de oportunidades perdidas para Portugal: los bajos tipos de interés que trajeron la introducción del euro podrían haber sido una magnífica ocasión para las reformas y concretamente para un “adelgazamiento” del Estado, sin embargo se crearon 200.000 nuevos funcionarios. Portugal no ha podido desprenderse de su tradición “estatalista” (representa el 15% del PIB), un problema que ya era contemplado por Barroso al comienzo de su mandato. Pese a todo, Sócrates piensa prescindir de 75.000 funcionarios en los próximos cuatro años por el procedimiento “indoloro” de crear un puesto de trabajo por cada dos jubilaciones. Será una de tantas medidas para reducir el gasto público, aunque el primer ministro no se ha prodigado en el empleo del término “sacrificios”, que para los electores va unido al mensaje de los gobiernos del PSD y, en consecuencia, al fracaso de su gestión. Mas el problema portugués sigue siendo el mismo que hace tres años pretendía solucionar Barroso: el modelo económico portugués no es competitivo, pues abunda una mano de obra no cualificada, lo que no es extraño teniendo en cuenta el 40% de fracaso escolar.

Sócrates ha prometido asimismo mantener los compromisos internacionales del gobierno anterior, lo que significa, entre otras cosas, no retirar el contingente de la Guardia Nacional Republicana, destacado en Irak. El nuevo primer ministro consideró en su momento que la guerra era un “error”, pero no hizo de la participación lusa un argumento continuo de crítica contra el gobierno de centro-derecha. Hay que decir que fue el ex presidente Mario Soares el que mayor vehemencia demostró en este asunto. Sócrates parece considerar que anticipar el regreso de las tropas no sirve a los intereses de Portugal. Pese a la endémica violencia terrorista, las elecciones han clarificado algo más el futuro de Irak. Las tropas extranjeras, que tienen un plazo fijado a su presencia, pueden salir en las fechas previstas y esto no significará en modo alguno que cese su colaboración con las autoridades de aquel país. La misión de la OTAN, en estado ciertamente embrionario, con su objetivo de entrenar policías y militares iraquíes, así como los cuadros de la administración de justicia, puede brindar a una serie de países, entre ellos a Portugal, la oportunidad de contribuir de un modo algo más eficaz a la estabilidad del país.

¿Mejorarán las relaciones con España tras la llegada de los socialistas lusos al poder? La historia demuestra que las identidades ideológicas entre los gobiernos de Madrid y Lisboa no siempre se traducen en un reforzamiento de los lazos políticos. No es una cuestión de regímenes políticos sino de diversidad de intereses: hay muchas cosas que separaban a Salazar de Franco y a Mario Soares de Felipe González, aunque pudimos asistir en los últimos tiempos a una cierta sintonía entre Guterres y Aznar, o entre éste último y Barroso. La agenda europea, en la que cobraba una especial relevancia la estrategia de Lisboa, contribuyó, sin duda, a este acercamiento. En cualquier caso, el enfoque atlantista de los gobiernos del PP potenciaba, en mayor o menor medida, la búsqueda de un mayor entendimiento político entre Madrid y Lisboa, por encima de los componentes ideológicos y de las suspicacias e indiferencias históricas. Desde el momento en que el gobierno de Rodríguez Zapatero convierte en una de sus señas de identidad europeísta el “retorno al corazón de Europa”, la sintonía política con Portugal tiene necesariamente que debilitarse, aunque no se busque este objetivo, pues queda supeditada a la prioridad de formar parte del “núcleo duro” europeo. Si Portugal apuesta también por estar en esa “centralidad” europea, los puntos de entendimiento serán mayores. Fue significativo a este respecto que durante el gobierno del PSD, los portugueses tomaran la decisión de celebrar cumbres anuales con Francia, similares a las que mantienen con España o Brasil. Por lo demás, la intención portuguesa, con éste o cualquier otro gobierno, es no quedar al margen de las cooperaciones reforzadas que se constituyan. La tradicional percepción de las cooperaciones reforzadas como instrumento de la política de los “países grandes” debe quedar atrás, pero lógicamente las reticencias –y no sólo las portuguesas– persistirán, por mucho que el tratado constitucional afirme que las cooperaciones no se harán al margen de los tratados. Lo cierto es que Portugal no pretende quedarse aislado y está interesado en potenciar el desarrollo de la política europea de seguridad y defensa (PESD), salvando en todo momento el vínculo transatlántico como demuestra, por ejemplo, la defensa que en el tratado constitucional hizo la diplomacia lusa de la mención expresa de la OTAN en los apartados dedicados a la PESD. El gobierno socialista será también un defensor del “europeísmo atlantista” portugués, y encontrará en ese sentido socios en la mayoría de los países de la ampliación.

Esta búsqueda de la “centralidad” europea nunca podrá hacer olvidar la realidad de Portugal, como país periférico de la UE a la vez que atlantista. Esto podría llevarle a fijarse en otros modelos de crecimiento económico, diferentes al español, como puedan serlo Irlanda o Dinamarca. Nadie negará que el mercado español es prioritario para Portugal, como muestra el desequilibrio de la balanza comercial entre ambos países. Podrá existir un mercado ibérico, caer las últimas barreras proteccionistas, crecer la presencia económica portuguesa en España, pero los “bloques ibéricos” –el iberismo es sólo hoy un tema para los suplementos culturales–, las “estrategias comunes” en lo político quedan todavía muy lejanas, y en esto quizá siguen pesando viejos recelos. Recordemos que en el Consejo de Niza, Portugal fue un aglutinador de los “países pequeños”, mientras España luchaba por situarse entre los “grandes”. No parece muy probable, por ejemplo, que Portugal y España vayan a asumir posiciones comunes en la defensa de los fondos de cohesión para el ejercicio presupuestario 2007-2013. Y es que una identidad cultural sedimentada a lo largo de ocho siglos de historia, en la que predominaron los desencuentros o el vivir uno a otro de espaldas, no desaparece de un plumazo por mucho que en los últimos veinte años, gracias a la UE, los lazos económicos y la circulación de los respectivos ciudadanos se hayan incrementado.

Conclusión: La acuciante necesidad que Portugal tiene de reformas estructurales que estén orientadas hacia el control del déficit, el crecimiento económico y la competitividad, sitúa al gobierno de José Sócrates en un marco de cierta continuidad de las políticas de los gobiernos de centro-derecha. Al igual que ellos, tendrá que poner énfasis en los intereses de Portugal ante los retos de un mundo global y de la construcción europea. Tiene por delante el objetivo de incorporar plenamente a Portugal a la era de las nuevas tecnologías, aunque no debería olvidar que ésta no es una tarea que recaiga en exclusiva en los presupuestos estatales. El rigor presupuestario conllevará inevitablemente sacrificios, aunque Sócrates eluda ese término, y quizá tensiones con los partidos a la izquierda del PS, que se presentan como “antiglobalización” y “antimercado”, y que han rentabilizado electoralmente la impopularidad del gobierno de Santana Lopes. Respecto a las relaciones con España, seguirán primando los intereses en lo económico –mercado ibérico, mayor flexibilidad en la aplicación del PEC–, pero no se vislumbran a corto plazo estrategias políticas conjuntas en Europa, aunque exista una identidad ideológica entre gobiernos. Convendría, sin embargo, no olvidar ciertas diferencias entre socialismos “nórdicos” y latinos, pese a la profesión de fe común europeísta.