El porvenir de España después de la era dorada

Muchos fueron los analistas internacionales y expertos en España que describieron los años a partir de la transición democrática como una nueva era dorada, y esta impresión tenían también la mayoría de los españoles que la vivieron, especialmente los que eran suficientemente mayores para compararla con épocas anteriores. A partir de 1977 España no slo consolidó una sólida democracia, sino que también experimentó cambios que transformaron profundamente el país y su imagen exterior. Muy notable fue la otra gran transición, la internacional, mediante la cual los españoles abandonaron definitivamente décadas de marginación y ensimismamiento, especialmente en el ámbito europeo. Tras su ingreso en la Comunidad Europea, España se convirtió en el ejemplo más destacado del poder transformador que podía tener esta organización sobre sus miembros. Durante los gobiernos de Felipe González, el país asumió plenamente el papel que le correspondía como una de sus cinco grandes naciones y además hizo una importante contribución a los proyectos más ambiciosos de la nueva Unión Europea que surgió en los años noventa. La etapa de José María Aznar en el Gobierno continuó la senda europeísta, y durante estos años España logró convertirse en uno de los socios fundadores del euro.

En las dos décadas que siguieron a la transición, España logró consolidar una verdadera relación especial con Iberoamérica. Ello sirvió también para sacar mayor partido a la lengua y la cultura de los españoles, y llegar a ser una gran potencia cultural. Y todos estos logros tuvieron lugar en un contexto de extraordinaria modernización y crecimiento económico que llegó a su punto álgido cuando el país se convirtió en la octava potencia económica.

En el año 2000 la prestigiosa revista The Economistdescribía la etapa por la que atravesaba España como una nueva edad de oro, se refería al país como una democracia dinámica y resaltaba sus éxitos en el ámbito económico y europeo; también comentaba que se especulaba con la posibilidad de que España se uniera al grupo de las siete grandes potencias industriales «Si esto fuera así —concluía—, España estará donde siempre ha estado, entre las grandes potencias». Comentarios tan elogiosos como este eran frecuentes en la prensa internacional de aquellos años. Los más destacados historiadores coincidían con el análisis de la revista británica El historiador John H. Elliott decía en 2010 que los últimos veinticinco años habían sido una edad dorada para España, aunque luego añadía: «Excepto los cuatro o cinco últimos años».

En menos de un lustro, a partir de 2005, la era dorada dio paso a una nueva era de la ansiedad. España descendió del octavo al duodécimo lugar en la lista de las grandes potencias económicas, el desempleo se disparó hasta rondar los cinco millones, su Estado del bienestar comenzó a resquebrajarse. Muy preocupante fue que después de haberse convertido en un país de inmigración desde comienzos de los noventa volvió a ser un país de emigrantes; muchos de los que habían llegado atraídos por la reciente bonanza decidieron irse, y especialmente dramático fue que también los españoles comenzaban a buscar su futuro en otros países. España pasó rápidamente de ser un modelo de progreso, dinamismo y modernidad a ser un ejemplo de los problemas que asolaban la Unión Europea. La inclusión del país que unos años atrás estaba cerca de las siete grandes potencias dentro del grupo de los peyorativamente llamados PIGS constituyó el máximo símbolo del deterioro de su imagen exterior. A lo largo de este proceso, los elogios hacia España fueron sustituidos por críticas, y lo peor de todo es que volvieron a utilizarse tópicos sobre el país que pensábamos ya definitivamente superados.

Evidentemente, el Gobierno actual no puede exculparse de este desastre, por mucho que insista el presidente Zapatero en que el país ha sido víctima de la peor crisis de los últimos ochenta años, pues otros países en peor posición que España han sabido defenderse de la crisis y comienzan a salir de ella. Los últimos cuatro años merecen ser recordados como la legislatura de la indignación, y no solo por los indignados que se han manifestado en la Puerta del Sol con tanto eco mediático. Hay una gran mayoría silenciosa de ciudadanos indignados que llevan tiempo contemplando cómo se empobrecen sus vidas, parados, estudiantes, pensionistas, y también funcionarios, autónomos y empresarios. Todos ellos tendrán la oportunidad de manifestarse en las urnas el próximo 20 de noviembre y traerán el necesario cambio político, que debe verse no simplemente como un cambio de ciclo por el que el Partido Popular sustituya al PSOE en el Gobierno, sino como el comienzo de una nueva etapa en la que se logre poner fin a este periodo de declive inesperado y recuperar la esencia de la última edad dorada.
Por esta razón las próximas elecciones pueden ser unas de las más decisivas en España desde 1977, y por ello es oportuno recordar el espíritu de la transición, también puesta en entredicho en los últimos años, pues en esa época los españoles supieron superar enormes dificultades para dejar atrás su difícil pasado y comenzar uno de los periodos más brillantes de su historia.

Por otro lado, es de justicia recordar que el Gobierno actual, a pesar de sus errores, no es el único culpable de los problemas que han abrumado a España en los últimos años. La época dorada también tuvo sus sombras. El crecimiento económico no venía suficientemente respaldado por sectores realmente productivos, la economía especulativa cuyo máximo exponente fue el boom de la construcción era una burbuja condenada a estallar. La educación, un pilar de toda sociedad avanzada, nunca llegó a estar a la altura de lo que requería una potencia económica y cultural y de las exigencias de la economía global del conocimiento. No se logró crear un mercado laboral verdaderamente competitivo, en muchos ámbitos de la sociedad civil y de la clase política sobró la endogamia y faltó la verdadera meritocracia. Proliferaron muchos falsos paradigmas sobre lo que se entiende por progreso y bienestar, que han sido analizados recientemente en este periódico. Todas aquellas sombras son asignaturas pendientes que habrá que tener en cuenta en la próxima regeneración del país.

Los próximos años van a tener una importancia crucial para la Unión Europea, pues en ellos se decidirá si se logra consolidar como una de las grandes potencias globales. Con este fin será preciso superar definitivamente esta crisis, hacer frente a la competencia de las potencias emergentes y ser capaz de marcar las pautas del progreso que siga el resto del mundo en el siglo XXI. En este proceso España tendrá mucho que hacer, pues no en vano es una de las cinco grandes naciones de la UE y una de las más comprometidas con el proyecto europeísta; su recuperación es urgente para Europa, ya que, si España es inviable al margen de la UE, esta tampoco puede progresar debidamente si una de sus grandes naciones permanece estancada en la crisis.
Por fortuna, España sigue teniendo muchos activos para dejar atrás esta era de la ansiedad que ha sustituido a la era dorada. Un dato aleccionador es que, según el índice de países con mayor presencia global elaborado por el Real Instituto Elcano, España ocupa el noveno lugar, según muchas variables que incluyen la presencia económica, cultural, científica, social y militar. Mucho de lo sembrado en la última época dorada sigue dando buenas cosechas. Por ello, con el debido sacrifico por parte de la ciudadanía y muchos cambios en su forma de gobernar, España a partir del próximo 20 de noviembre puede volver al camino del crecimiento y recuperar el sitio que se había ganado entre las grandes naciones de Occidente.

Por Julio Crespo Maclennan, historiador y escritor.

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