El porvenir de la democracia

Han desaparecido diversos vocablos en el discurso de los políticos europeos. A pesar de no estar de moda, son fundamentales. Las palabras pueblo, popular, lucha de clases, imperialismo, tercer mundo, países subdesarrollados… ningún político las utiliza ya, al menos en Francia. Se dice los ciudadanos, las francesas y los franceses; se dice desigualdades sociales, globalización, países emergentes, etcétera. ¿De dónde procede tal renuncia lingüística? Indudablemente, el mundo ha cambiado desde la guerra de Vietnam, desde que el partido comunista era una poderosa fuerza y los países del tercer mundo eran muy pobres. No obstante, no por el cambio de terminología han desaparecido las realidades a las que nos estamos refiriendo. El pueblo existe, las clases sociales existen más que nunca, el dominio de la economía mundial es flagrante, los países roídos por la corrupción e incapaces de salir de la miseria están ahí ante nuestra mirada. Sin embargo, por razones electorales se maquilla y disfraza esta realidad con palabras menos hirientes que quieren dar la sensación de una posibilidad de mejorar. Esta técnica recibe el nombre de populismo. En estos momentos, la extrema derecha e incluso una minoría de extrema izquierda recurren al populismo a la hora de presentar su programa. Por populismo debe entenderse una simplificación extrema de la realidad. Se apela a los instintos susceptibles de motivar con mayor facilidad una reacción; se dispara precisamente contra el ámbito donde la posibilidad de reflexión se revela vana y estéril o, al menos, se ve relegada a un segundo plano.

El populismo es, de hecho, el desprecio del pueblo. Se habla al pueblo infantilizándolo, reduciéndolo a una masa compacta en cuyo seno se ha suprimido la complejidad de los problemas como por arte de magia. Se hace creer a la gente que sus problemas se solucionarán cuando tal partido rija los destinos del país. Se miente, se inventan o amañan las cifras y se engaña a quienes piensan que el resto de los partidos están podridos, que todos los políticos son corruptos y no valen nada. Se les dice: “Son todos unos mentirosos y unos ventajistas” dando por descontado que quienes hablan son íntegros y sin mácula. Esto se llama demagogia. Entre populismo y demagogia existe acuerdo perfecto.

Ahí radica lo que asquea y disuade a buena parte de la juventud europea a la hora de hacer política. Los jóvenes no se sienten motivados y no se interesan por la construcción y el reto de la democracia.

Sin embargo, la democracia no es únicamente una técnica, una decisión de votar por este o aquel. La democracia es una cultura que debe enseñarse en las escuelas para que el niño crezca en el respeto a valores fundamentales en que se basa el contrato social. En ningún sitio se enseñan los principios y normas de la democracia ni, por lo demás, los estragos de las dictaduras en todo el mundo.

Cabe constatar el avance de las mafias en el mundo. El delito organizado y el inmenso beneficio que acumulan las operaciones ilegales están asestando golpes de muerte a la democracia. El dinero fácil, el desprecio de la ley, el secuestro del derecho, la arrogancia de quienes controlan el mercado de la droga y de la prostitución… es adonde lleva el populismo que repite que “todos los políticos son corruptos”. El descrédito de la política y de la nobleza del trabajo en beneficio de todos se ven alimentados por la acción de demagogos y mafiosos. El delito organizado se aprovecha de hecho de la democracia a la que asesina cada día. Obsérvese la situación de Italia, de Rusia y de otros numerosos países.

Alguien ha dicho: “¡El porvenir de la democracia es el reinado de las mafias!” Si la democracia es privada de sus principios, se abrirá la puerta a todas las demagogias, incluida la del delito y de la mafia.

En la actualidad, Europa se esfuerza por salvar el euro; es valiente acudir en auxilio de un país como Grecia, pero nadie ha mencionado el robo y la corrupción que han arruinado a este país. ¿De qué sirve salvar a Grecia si quienes han destruido su economía no son identificados, detenidos y juzgados?

La fragilidad económica de varios países procede en parte de ese lado oscuro de la sociedad donde el Estado se ve sustituido por otro sistema que obtiene provecho y escapa a los impuestos. Jueces y políticos, por cierto, han sacrificado su existencia luchando a cara descubierta contra el populismo y la mafia. Han caído bajo las armas de ese sistema. Será menester apreciar en lo que vale su nobleza de espíritu, llamar a las cosas por su nombre y enseñar a nuestros hijos que la democracia, que es el respeto de sí mismo y de los demás empieza en la propia casa, que es un sistema imperfecto pero que no se ha encontrado otro mejor. Así es el ser humano, una rata para el hombre. Es mejor saberlo y hacerlo saber.

La historia abunda en ejemplos en que el mal absoluto (Hitler, Stalin, Pol Pot, etcétera) es capaz de derrotar al bien y burlar a toda la humanidad.

Es menester permanecer vigilantes. La democracia es frágil.

Tahar Ben Jelloun, escritor. Miembro de la Academia Goncourt. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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