El potencial transformador del comercio trasatlántico

Luego de la fanfarria instantánea y aparentemente coordinada tanto en Europa como en los Estados Unidos, la propuesta para una zona de libre comercio entre la Unión Europea y los Estados Unidos ha generado poca atención en los medios de comunicación. Ello se debe a tres razones, y las tres ponen de relieve las limitaciones más amplias para el buen diseño de políticas nacionales económicas y la coordinación transfronteriza productiva.

En su informe sobre el estado de la Nación en febrero, el presidente estadounidense, Barack Obama, propuso la creación de una “asociación trasatlántica global de comercio e inversiones” entre su país y Europa, basada en un comercio “libre y justo.” Su administración percibe esta propuesta como parte de un enfoque amplio para generar “empleos estadounidenses bien remunerados”.

La ambiciosa propuesta de Obama se recibió con entusiasmo en Europa. En las siguientes horas, José Manuel Barroso y Herman Van Rompuy, presidentes de la Comisión Europea y Consejo Europeo, respectivamente, declararon ante los medios que la propuesta era “innovadora”. Argumentaron que podría incrementar la tasa anual de crecimiento económico de Europa en medio punto porcentual y señalaron que las negociaciones formales arrancarían pronto.

Al principio hubo un gran interés general, lo que es comprensible. Se trata de una propuesta en la que participarían las dos zonas económicas más grandes del mundo y que tendría implicaciones a nivel regional, nacional y global. Con todo, a pesar del hecho de que un acuerdo podría alterar fundamentalmente la naturaleza del comercio global y las redes de producción, en solo pocas semanas el interés por el tema disminuyó.

Una razón tiene que ver con las condiciones iniciales que limitan los beneficios directos de un mayor comercio, pero que a la vez aumentarían las posibilidades de tensión y conflicto. Lo acuerdos de libre comercio que prometen tener los beneficios más grandes son aquellos que unen economías caracterizadas por aranceles altos, bajos niveles de comercio y poca coincidenciaen los patrones de producción y consumo. Este no es el caso de la UE y de los Estados Unidos. Los niveles arancelarios promedio son tan solo de 3%. Las importaciones procedentes de la UE ya representan el 20% en los Estados Unidos, y las procedentes de los Estados Unidos a la UE, son del 11%. Además, dada la similitud de los ingresos per cápita y las orientaciones culturales, las coincidencias de consumo y producción son significativas.

Dicho esto, habría posibilidades de mejoras inmediatas gracias a una mejor asignación de recursos, regímenes de inversión más armonizados, estándares más sólidos y eliminación de barreras no arancelarias y reglamentarias obsoletas. Los sectores de fabricación de automóviles, biotecnología, cosméticos, farmacéuticos y aeroespaciales serían los que tendrían más beneficios. Existe también el potencial de hacer reformas a enfoques ineficientes de alimentos y agrícolas, en particular en Europa.

La segunda razón por la que ha disminuido el interés hacia la propuesta de asociación tiene que ver con un asunto más amplio: un aparente desarrollo constante de tensiones políticas de corto plazo que han dificultado mucho a Europa y los Estados Unidos enfocarse durante largo tiempo en cualquier iniciativa estructural y secular.

En Europa, las discusiones se vieron socavadas por los resultados de las elecciones italianas –el ejemplo más reciente de cómo ciudadanos frustrados de un número creciente de países están rechazando a los partidos políticos convencionales y el status quo político. En ese contexto se hace más difícil emprender objetivos de política de largo plazo, lo que genera una mayor incertidumbre sobre el curso exacto de la integración europea económica y financiera.

En los Estados Unidos, la interrupción tomó la forma de otro minidrama fiscal. El Congreso disfuncional está fallando nuevamente al pueblo estadounidense y el país ahora es víctima de un secuestro presupuestal –otro obstáculo autoimpuesto al crecimiento económico, la creación de empleos y los avances para reducir las desigualdades de los ingresos y la riqueza.

Si se juntan los dos, el resultado es una barrera a las negociaciones comerciales entre la UE y los Estados Unidos –una que vuelve ambicioso (aunque no del todo irrealista) el plazo de dos años que se ha establecido para completar el acuerdo.

La tercera razón tiene que ver con el pobre estado del diálogo global político, pese a todas las discusiones optimistas acerca de los desafíos mundiales y responsabilidades compartidas. La reunión del G-20 del mes pasado resultó en otra cumbre cara, sin suficiente sustancia y seguimiento. En lugar de ser un catalizador de la coordinación política constructiva ha fomentado sin querer la autocomplacencia.

Las tres razones son muy lamentables. Ponen de relieve la aparente incapacidad de Occidente para escapar de la actitud de corto plazo a fin de responder a los riesgos y oportunidades relacionados con realineamientos históricos nacionales y globales.

La verdadera promesa de un tráfico trasatlántico más libre consiste en su potencial de transformar el comercio global, las redes de producción y las organizaciones multilaterales en beneficio de todos. Al nivel más general, serviría para racionalizar el sistema actual de modo que pase de cuatro bloques que funcionan mal – centrados en China, Europa, los Estados Unidos y el resto- a tres y ulteriormente (y tal vez bastante rápido) a dos bloques que funcionen mejor y que no tendrían más opción que trabajar bien juntos: uno encabezado por China y el otro por la Unión Europea/Estados Unidos.

Tal estructura global tiene el potencial de alentar mejores alineamientos a mediano plazo para reducir barreras arancelarias, fijar normas adecuadas y mejorar la cooperación mutuamente benéfica. Facilitaría la coordinación sobre normas y principios globales más fuertes, incluidos los que se refieren a los derechos de propiedad intelectual y el comercio de servicios. Además, obligaría a las organizaciones multilaterales a reformarse, si es que quieren conservar al menos la limitada importancia que tienen ahora.

La propuesta de un comercio trasatlántico más libre tiene un potencial transformador. Llega en un momento en el que los trastornos de corto plazo y la continua inercia política están frenando a los países occidentales. No obstante, las perspectivas de aplicación distan de ser prometedoras. La propuesta puede actuar como catalizador para adaptar los enfoques políticos a las realidades actuales, pero está sujeta a las fuerzas entorpecedoras de las formas de pensar y las instituciones del siglo XX que se adaptan con lentitud a los desafíos y oportunidades del siglo XXI.

Mohamed A. El-Erian is CEO and co-Chief Investment Officer of the global investment company PIMCO, with approximately $2 trillion in assets under management. He previously worked at the International Monetary Fund and the Harvard Management Company, the entity that manages Harvard University’s endowment. He was named one of Foreign Policy’s Top 100 Global Thinkers in 2009, 2010, 2011, and 2012. His book When Markets Collide was the Financial Times/Goldman Sachs Book of the Year and was named a best book of 2008 by the Economist. Traducción de Kena Nequiz

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