El PP y el mal menor

Un congreso es uno de los actos de mayor trascendencia en la trayectoria de cualquier formación política, al determinar tanto la estructura organizativa del partido como su proyecto político. Cuando un partido está ya consolidado en el sistema institucional, ninguno de los dos aspectos —ni el organizativo ni el ideológico— pueden ser ajenos a la realidad política, social y económica que atraviesa el país. El contexto importa y hace imprescindible un análisis que comprenda el pasado —de dónde venimos— y el presente —en qué condiciones llegamos— para abordar el futuro. Teniendo esto en cuenta —y dado que en los últimos tiempos los congresos del PP no se han celebrado con la frecuencia debida— sería un error considerar el cónclave que se celebrará este fin de semana como un mero trámite.

El 18º congreso llega después de haber obtenido la dirección del PP el menor respaldo electoral desde 1989. Un resultado al que antecede una mayoría absoluta sin precedentes. Este es un hecho determinante frente al argumento justificativo que sostiene que todos los partidos tradicionales empeoraron sus resultados, porque ninguno venía de cosechar un apoyo tan abrumador.

El congreso debería partir de una reflexión profunda sobre qué ha pasado desde el último congreso —celebrado en febrero de 2012— para haber perdido la confianza de tres millones de españoles. ¿Han castigado los ciudadanos la aplicación gubernamental del programa con el que concurrió el Partido Popular a las elecciones de 2011? ¿Ha tenido un impacto la gestión de los casos de corrupción? ¿Se siente su electorado “natural” de centroderecha identificado con el PP, con lo que representa y con sus ideas? ¿Ha dado señales la dirección del Partido Popular de modernizar la organización política según las demandas sociales? ¿Ha tenido la respuesta a la crisis el mismo efecto en todas las generaciones?

Los españoles no han castigado al PP por haber aplicado su programa electoral de 2011, puesto que en gran medida no lo llevó a la práctica. La gestión de la corrupción ha tenido un coste elevado que no se circunscribe exclusivamente al PP y que también ha afectado al conjunto del sistema político. Así lo corroboran las encuestas del CIS, en las que la “corrupción y el fraude”, junto con “los políticos, en general, los partidos políticos y la política”, siguen destacando entre los principales problemas para los españoles, y a nivel mayor que en 2011 y 2012.

El electorado “natural” no ha desaparecido, pero un porcentaje muy elevado sigue sin comparecer ante la ausencia de políticas inspiradas en los principios políticos del PP: las ideas tienen consecuencias; y su no aplicación, también. A pesar del esfuerzo por transmitir una imagen de modernización con el cambio de portavoces en algunos cargos orgánicos, el PP sigue lejos de recuperar la confianza de los más jóvenes, a lo que se suma que la crisis no ha tenido el mismo efecto en todas las generaciones. Según la Encuesta Financiera de las Familias, la riqueza de los hogares formados por menores de 35 años ha descendido un 94% desde 2008.

Es cierto que el PP se encuentra en una situación relativamente mejor si lo comparamos con el resto de partidos, pero también que la estrategia del mal menor como atractivo electoral resulta insuficiente y ahonda en la percepción ciudadana del PP como un partido tecnocrático carente de política y políticas, más dispuesto a hacer arreglos de carácter administrativo que a impulsar reformas que resuelvan no sólo las dificultades inmediatas, sino también las futuras. Por si fuera poco, vivimos tiempos en los que el nacionalismo y el populismo se han abierto camino en nuestras democracias. Ambos requieren una respuesta política, además de jurídica y administrativa; pero, ante todo, precisan de una agenda orientada a recuperar la confianza en la política y en los partidos como instrumentos necesarios para hacer de España un “sugestivo proyecto de vida en común”.

Por eso, el 18º congreso del PP no es un congreso cualquiera. Marcará el futuro del partido, cuya dirección quedará retratada por las medidas de carácter organizativo y de proyecto político que se adopten. En breve, veremos si apuestan por una organización más flexible, participativa y abierta —es decir, más democrática— y por un proyecto político nacional ambicioso, atractivo e integrador con vocación de mayoría, que no se resigne a ser el más votado por ser el menos malo; o si, por el contrario, optan por seguir el mismo camino que nos ha traído hasta la situación actual, francamente mejorable.

Isabel Benjumea es directora de la Red Floridablanca.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *