El PP y su gato negro

Viendo la satisfacción impostada de los cuadros del Partido Popular tras la Junta Directiva Nacional del pasado martes, después de una Semana Santa en la que muchos de sus más cualificados dirigentes hicieron lo que mejor saben hacer, que es criticar a los suyos, no pude menos que acordarme de Le Mirliton, el cabaret de Montmartre que hizo famoso el corrosivo Aristide Bruant. Allí, en el 84 del Boulevard Rochechouart, en pleno barrio del picante Pigalle, noche tras noche desde su inauguración en 1881, Bruant, mitad cantante y mitad propietario de locales nocturnos, recibía a su importante clientela. Eran en su gran mayoría gente acomodada de la capital o bien postulantes a la gloria social, económica o política, que disfrutaban escuchando por unas horas y entre copa y copa un lenguaje descarnado propio de obreros poco cualificados, indigentes, prostitutas y chulos que vivían en las afueras de París.

Decía Santiago Rusiñol, que residió durante un tiempo en la capital francesa y publicó sus artículos en La Vanguardia ilustrados por Ramon Casas, con quien compartía apartamento en Montmartre, que para oír el lenguaje del pueblo en toda su pureza y conocer a fondo sus inquietudes había que sentarse en una mesa de Le Mirliton y escuchar a Bruant entonar las coplas escritas y compuestas por él mismo. Su fama fue tal que Toulouse-Lautrec lo inmortalizó en un famoso cartel caracterizado con su habitual bufanda roja, gabán de terciopelo negro, botas altas, guantes y sombrero de ala ancha. La historia del local y del personaje no tienen desperdicio. Arranca en Le Chat Noir, uno de los cabarets de solera de la belle époque que burbujeaba en París entre finales del XIX y la Primera Guerra Mundial. En este escenario, Bruant consiguió fama y dinero suficientes para abrir negocio propio y comprar el establecimiento cuando el gato negro se trasladó a uno mayor. Sin embargo, el día de la inauguración había tan poca gente en la sala que en un golpe de genio se dirigió a los presentes empleando el lenguaje sarcástico y grosero que tan famoso le haría. Fue un éxito. La concurrencia, lejos de molestarse, se multiplicó. El publicó subía en legión a Montmartre. Cuanto más desprecio mostraba y más elevaba el tono corrosivo, mayor era el poder adquisitivo de los presentes. El título de una de sus canciones, Ah, les salauds! (Ah, los hijos de puta!), lo dice todo.

Las crónicas parisinas de la época, que se hicieron eco del fenómeno que se producía a diario en Le Mirliton, hablaban de la fama de Aristide Bruant como comunicador y recordaban que antes había sido mozo de ferrocarril. Mientras eso sucedía, nuestro hombre ideaba un plan que, sin renunciar a la prosperidad del negocio, le permitiera retirarse poco a poco a una granja de las afueras de París. Buscó un doble al que vistió con toda su indumentaria habitual, le hizo cantar con su inseparable guitarra las crueles canciones como si fuera él mismo y comportarse con el público presente en la sala con idéntica grosería. La audiencia, masoquista, resistió el cambio ya que se le ofrecía el mismo tratamiento insultante de siempre. Pero el impulso fue menguando. El figurante era sólo eso, un figurante. Un doble. Faltaba talento y con el tiempo el éxito se esfumó.

La política tiene mucho de espectáculo. A veces incluso también puede resultar insultante. Pero requiere igualmente talento. Y liderazgo. Y capacidad de comunicar y de escuchar. Si los dirigentes del Partido Popular hubieran descendido de su pedestal cuando se les advirtió desde muchos sectores sociales que estaba produciéndose una importante fractura respecto a su electorado tradicional y que perdían apoyos a raudales en las empobrecidas clases medias de la sociedad española, no hubiera llegado a la agónica situación actual. Con más de 4,45 millones de personas en paro y registradas en los servicios públicos de empleo –alrededor de 2,5 millones de personas más que al inicio de la crisis– alardear de los datos conocidos de empleo del pasado mes de marzo no tiene, ni de mucho, el efecto de tiempos anteriores. La mejora económica que se empieza a vislumbrar en algunos sectores de la economía española y a la que se había fiado la respuesta a los problemas existentes, va a quedar, mal que le pese al Gobierno, fuera del próximo ciclo electoral. Sus efectos van a ser muy pequeños en los resultados finales ya que esta no ha sido una legislatura de perfil político bajo sino, al contrario, ha transcurrido en permanente ebullición política durante cuatro años.

El PP no ha ganado en este mandato la batalla de la opinión publica en casi ninguno de los temas más relevantes. Al contrario, se ha generalizado la idea de que sus políticas restringen libertades fundamentales, recortan servicios básicos y hacen más pobres a amplias capas medias de la sociedad. Desde la polémica ley Wert en materia educativa hasta la reforma de la ley del aborto pasando más recientemente por la ley de seguridad ciudadana, conocida coloquialmente como ley mordaza, o también la prisión permanente revisable, una especie de cadena perpetua, que ha encontrado acomodo en el acuerdo contra el terrorismo yihadista firmado con el PSOE. A principio de la legislatura, tampoco inclinó a su favor el debate sobre proyectos de ley siempre ingratos para un gobernante como las reformas laboral y de pensiones o la ley de amnistía fiscal. El sentimiento de politización de la justicia ha calado de una manera significativa, el anuncio de tasas judiciales tuvo que ser retirado y la Agencia Tributaria está sometida a un insólito debate sobre su uso partidista. Por no hablar de la cuestión territorial y la financiación autonómica donde el Gobierno simplemente no ha comparecido y ha dejado que los tribunales hicieran el trabajo que correspondería a la política. Y así podríamos seguir enumerando iniciativas. Con este bagaje, ciertamente pobre, la única buena noticia para los populares, en su intento de amortiguar el previsible desplome en las próximas municipales y autonómicas de mayo, es la mala salud de los socialistas, hoy aún distorsionada por el efecto de las recientes elecciones andaluzas y el triunfo de Susana Díaz. Las encuestas predicen pérdidas de mayorías absolutas en zonas emblemáticas de la geografía peninsular y un mapa mucho menos azul que en el 2011, al tiempo que dirigentes del Partido Popular empiezan a tocar a la puerta de Ciudadanos y a recomponer puentes con Albert Rivera, denostado en Andalucía pero aliado imprescindible si quieren conservar muchos grandes ayuntamientos y algunas autonomías. Rivera es, sin discusión ninguna, la nueva musa del sistema político-económico-financiero-mediático español que se asustó tras el fuerte arranque de Podemos y Pablo Iglesias en las europeas y fabricó rápidamente un antídoto mucho más digerible para el establishment. Hoy Rivera está en el tablero de la política española y en sus medios de comunicación, de una manera muy especial en los audiovisuales.

Y mientras, el Parlamento que se constituirá en el Reino Unido en menos de un mes dependerá, si se cumplen los pronósticos, de los independentistas escoceses, que ya buscan un segundo referéndum. Sin embargo, en España, el escenario constitucional, lejos de dejar resquicios para un acuerdo con Catalunya, camina a pasos agigantados hacia un cierre aún más hermético de la mano de Ciudadanos. Un Estado intransigente que pretende enconar la fractura aunque ello le cueste perder definitivamente Catalunya. Ni el genio de Bruant con sus dotes de comunicador y el gabán de terciopelo negro conseguiría en este escenario arrancar aplausos del castigado público.

José Antich

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