El precio de la estupidez

Hubo una época en que el gobierno de Israel gozó de una reputación de actuar con inteligencia (aunque no siempre con sensatez), pero tal reputación se ha resentido notablemente. Israel ha sido condenado de forma casi universal por el ataque contra la flotilla que iba a llevar alimentos y medicinas a la hambrienta Gaza. Concediendo que Gaza no se esté muriendo de hambre, quienes deseaban ayudar podrían haber llevado los víveres de muchas otras maneras. La flotilla en cuestión, en otras palabras, fue una provocación planeada para quebrar el bloqueo parcial impuesto por Israel, considerado generalmente ilegal. En lugar de eludir la provocación, Israel cayó en la trampa.

¿Es ilegal el bloqueo? Probablemente, no, mientras Hamas, que es la fuerza gobernante en Gaza, se declare en estado de guerra con Israel y muestre la voluntad de destruirlo.

Sin embargo, ¿era muy eficaz el bloqueo? ¿Era necesario para salvaguardar la seguridad de Israel como mantiene el Gobierno israelí? Resulta altamente dudoso, porque el armamento, incluso el armamento pesado, puede llegar a Gaza a través de decenas de túneles desde Egipto; se han visto incluso camiones atravesando estos pasos. Si así son las cosas, ¿por qué mantener un bloqueo que no ha hecho más que causar problemas a Israel? Tal situación le ha acarreado la acusación de castigo colectivo a la población de Gaza.

¿Ha constituido una agresión gratuita el ataque israelí a la flotilla en mar abierto? De repente han aparecido miles de expertos en derecho marítimo internacional (igual que, en la última década, el número de expertos en el islam ha crecido a miles). Pero el derecho internacional, en especial el marítimo, raramente ofrece respuestas inequívocas. Las aguas territoriales se extienden 22,2 kilómetros desde tierra, en los cuales se aplica la ley del país adyacente. Pero existe también una “zona contigua” (44 kilómetros) en la cual el país de referencia tiene derecho a interferir la libre navegación en caso de haber razones para creer que se infringen las leyes del país en cuestión. En este momento, no se sabe de forma digna de crédito el grado de proximidad de la flotilla a tierra firme. Pero, aunque estuvieran en aguas internacionales, no contaban con protección de manera absoluta, dado que prevalecía el estado de guerra.

En pocas palabras, según el derecho internacional, cabe argumentar que los israelíes actuaron correctamente al abordar a los barcos en cuestión – e igualmente las personas a bordo al oponerse-si lo juzgaban un acto de piratería.

Pero abordar un barco no justifica matar gente; ha sido claramente un caso de uso desproporcionado de la fuerza. Difícilmente cabe aventurar que los israelíes tuvieran el objetivo de matar gente dado el enorme daño político que tal conducta podía acarrearles. Sin embargo, es evidente que esta acción fue mal planificada y ejecutada e, independientemente de las intenciones israelíes, resultó en la muerte de personas. Cargan con la responsabilidad de ella y lo mínimo que pueden hacer es indemnizar a las familias de los muertos.

El error fundamental de Israel no consistió en que intentara defender su seguridad; no hay un derecho internacional que diga que un país haya de suicidarse porque no gusta a sus vecinos. El error fundamental fue una falta de comprensión de las realidades básicas de la política internacional. La gente en Israel se pregunta:

¿por qué nos acusan y nos castigan sólo a nosotros? Si un torpedo norcoreano hunde un barco surcoreano con el resultado de la muerte de más de cuarenta personas, el Consejo de Seguridad no será convocado y nada les pasará a los culpables del ataque no provocado. Pero Corea del Sur cuenta con protectores poderosos, en tanto que Israel es un pequeño país, rodeado de enemigos, sin grandes yacimientos de petróleo ni otros recursos importantes de carácter estratégico. Está aislado del mundo; Europa lo juzga un incordio e incluso no cabe dar por descontado un apoyo pleno de parte de la nueva Administración en Washington.

Diga lo que diga el derecho internacional, no hay una ley para todos, grandes y pequeños, poderosos y débiles. Nos hallamos ante realidades de la política mundial y un país en esta situación no puede actuar como si fuera una gran potencia. Por esta y otras razones, fue un error no ceder la mayor parte de los territorios conquistados en la guerra de 1967 y, hablando en términos generales, adoptar un perfil discreto en una parte del mundo llena de encarnizados conflictos. Aunque Israel intentó en varias ocasiones ceder la mayor parte de los territorios conquistados, para los palestinos no era suficiente. Querían que regresaran todos los refugiados de 1947 y sus descendientes como si tal cosa hubiera sucedido tras una guerra en la historia reciente… En consecuencia, los israelíes se reafirmaron en el convencimiento de que, si ceder los territorios no propiciaría la paz, ¿por qué cederlos desde un principio? No obstante, ahora se puede constatar que fue un error; deberían haber cedido los territorios de todos modos… en interés propio a largo plazo.

¿Qué sucederá en el futuro? Probablemente, otras crisis en Oriente Medio tomarán un día la delantera. Habrá una investigación independiente y los manifestantes se dedicarán a ver el Mundial de fútbol. Sin embargo, la crisis de la flotilla ha demostrado cabalmente el grado explosivo de la situación en Oriente Medio, de forma que la menor provocación, mal gestionada, puede resultar en una grave crisis de imprevisibles consecuencias. Debería constituir una lección. Pero ¿lo será?

Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington.