El precio de la felicidad

La cuantificación nos tranquiliza y nos permite situarnos en el mundo y con respecto a los demás. Desde la infancia, aprendemos que hay que estar bien «clasificados», y eso vale tanto para los países como para las personas; así, leo esta semana que India va a ocupar dentro de poco el segundo lugar de las grandes potencias económicas, por delante de China, colocándose por detrás de EE.UU., el eterno primero.

¿Qué crédito se le puede dar a esta clasificación? No refleja en absoluto la riqueza, y menos aún el bienestar, de los estadounidenses, de los chinos o de los indios. La renta media anual de un estadounidense es del orden de 56.000 dólares al año, mientras que la de un chino es de 8.000 y la de un indio de 2.000 (España, 27.000). Si India remonta, es porque su población aumenta más rápido que la de China y porque crece un poco más deprisa; esta aceleración del crecimiento indio se debe a que era más bajo y a que su apertura al comercio internacional –la clave del desarrollo– empezó 20 años después que la de China, 1991 y 1979, respectivamente. Estos valores del PIB, el producto interior bruto, solo tienen sentido a largo plazo, siempre que las estadísticas sean exactas (dudoso en el caso de China) y que los criterios no cambien de un año para otro. Así pues, disponemos de un índice bastante impreciso que permite determinar la orientación de la producción. ¿Aumenta, a qué ritmo y por qué? Por tanto, este producto interior bruto no refleja la situación real de las personas, ni la composición de la riqueza; un ordenador ensamblado en China no equivale a su diseño en EE.UU., ni a su mantenimiento en India, aunque las cifras publicadas sean equivalentes. El PIB no es cualitativo. No tiene en cuenta la distribución de las riquezas dentro de un país. China es el país menos igualitario del mundo, mientras que EE.UU. tiene la mayor clase media, pero los PIB globales no lo reflejan. El economista bengalí, que enseña en Harvard, Amartya Sen, observa –lo que le ha valido un premio Nobel– que la riqueza nacional tal y como se mide no tiene en cuenta algunos bienes inmateriales como la democracia, la libertad de prensa y la libertad de expresión. Ahora bien, estos valores, no cuantificados, interactúan con la economía. Así, India tiene una importante industria de programas informáticos, mientras que China no la tiene. Amartya Sen y otros consideran que la falta de debate en China impide que se desarrolle una cultura favorable a la creatividad.

¿Pero cómo se puede cuantificar la democracia para incluirla en el PIB? Sin duda no se puede, y Amartya Sen saca la conclusión de que no hay que intentar algo imposible, sino considerar que la libertad es un valor en sí que debe buscarse como tal y que forma parte del llamado «desarrollo». Por el contrario, existen unos valores negativos que deberían restarse al desarrollo y que no se restan. El futurólogo Bertrand de Jouvenel denunciaba hace 50 años la paradoja que consiste en añadir al PIB el valor de un árbol que se tala; ¿no debería restarse? Pero, ¿cuál sería el importe? Hoy en día, Pekín, Nueva Delhi y Seúl son las ciudades más contaminadas del mundo. Esta contaminación refleja la forma de industrialización que siguen estos países y la desorganización del tráfico urbano; es la causa de numerosas patologías y los directivos internacionales huyen de estas ciudades. Nada de esto aparece en el PIB.

Quisiera mencionar un intento importante para definir mejor el desarrollo cualitativo: la publicación anual por parte de la ONU de un índice de desarrollo humano que incluye en el cálculo, además de la prosperidad material, especialmente la tasa de mortalidad infantil y el nivel educativo. Y no es ninguna sorpresa, los países ricos salen mejor parados que los países pobres. El PIB no basta para mejorar el bienestar, pero, sin crecimiento, no es posible ningún progreso, salvo que se tome en serio el desparecido índice de la felicidad propuesto por Bután y que, a pesar de su pobreza, lo situaba en primer lugar entre los países.

¿Es la felicidad el objetivo más importante del desarrollo? En la década de 1980, Milton Friedman respondió que, como la felicidad no es medible, el objetivo del crecimiento era incrementar el número de elecciones individuales que cada uno podía realizar, lo que llamaba «libertad de elección». Amartya Sen completa esta aspiración hablando de «capacidad», según la cual cada uno de nosotros dispone de un abanico de capacidades, y el desarrollo debería permitir que cada uno ejerciese esta capacidad. A este respecto, Occidente, Japón e India se acercan más a la libertad de elección y a la capacidad que China, ya que los dirigentes chinos, evidentemente, anteponen el poder nacional al desarrollo personal.

Por último, el PIB, útil e inútil, no tiene un gran carácter predictivo. El vaticinio es un género difícil, pero existe un índice más seguro que el PIB, y es el número de patentes innovadoras registradas cada año, las cuales anuncian los productos y los servicios del futuro. EE.UU. sigue en cabeza, seguido por Europa, Japón, Taiwán y Corea del Sur. China, India y Rusia les siguen de lejos, y el mundo árabe y África más de lejos todavía. El mundo del mañana se parecerá probablemente al de hoy, pero después de mañana, no sabemos.

Guy Sorman

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