El precio de la igualdad

Con el feminismo hemos topado. No resulta fácil cuestionar las verdades oficialmente establecidas por la corrección política feminista dominante. Al respecto, hay que admitir que, cuando se habla de la mujer —de la liberación de la mujer, por utilizar la expresión feminista al uso—, la hegemonía discursiva está en manos, no de la mujer, sino del fundamentalismo feminista. Y eso, que se contempla como una cosa natural, comporta un absolutismo discursivo que frena cualquier crítica bajo pena de excomunión ideológica. ¿Cómo criticar a quien dice defender los auténticos intereses de la mujer? ¿Qué opinan el feminismo posibilista, el llamado feminismo femenino, la mujer no feminista o el hombre sobre la liberación de la mujer? En el llamado debate de género, cualquier disidencia frente al catecismo feminista es inmediatamente descalificada como si escondiera algún arrière-pensée reaccionario y machista. Así las cosas, ¿cómo superar el autoritarismo de un movimiento feminista autorreferencial que se ha institucionalizado y ritualizado hasta convertir sus ideas y prácticas en lo más parecido a un artículo de fe? ¿Cómo romper la hegemonía discursiva de determinada modalidad de feminismo, seguramente la más combativa, pero desgraciadamente no la más consistente? Hay que democratizar el discurso feminista en favor de la mujer. Y para empezar, nada mejor que poner en entredicho la joya de la corona del feminismo oficial: el trabajo fuera del hogar como vía que conduce a la liberación y la emancipación de la mujer. ¿Y si ello no fuera cierto?

El feminismo —como el infierno— está empedrado de buenas intenciones. El trabajo fuera del hogar es una de ellas. Pero, como muestra la historia, el afán de redención suele provocar consecuencias indeseables. El feminismo no se escapa de esa ley de hierro que señala que todo propósito de cambiar el mundo sin tener en cuenta la complejidad de lo real acaba generando lo contrario de lo deseado. ¿El trabajo fuera del hogar como vía de acceso a la emancipación? Cuando hay crisis, cuando el trabajo es escaso, cuando los salarios se recortan, cuando predominan trabajos poco gratificantes y mal pagados, ¿por qué hay que obligar a uno de los dos miembros de la pareja —hombre o mujer— a salir del hogar para realizar un trabajo extra —se supone que los dos comparten las tareas del hogar— si no es necesario para la subsistencia? ¿Merece la pena que el hombre o la mujer apuesten por la libertad y la independencia que brinda un trabajo poco grato y mal remunerado si no es estrictamente imprescindible? ¿Merece la pena una liberación y una emancipaciónasí? ¿No resulta más razonable apostar por la división familiar del trabajo y, si procede, por la división sexual del trabajo?

Acepto la objeción: si tenemos en cuenta que la mujer, laboralmente hablando, suele ser la peor situada de la pareja —la mujer de una cierta edad acostumbra a tener un menor capital humano entendido como capacidad productiva adquirida a lo largo de la vida—, ello equivale a condenarlaa permanecer en el hogar. Al respecto, cabe precisar dos cuestiones.

Primera cuestión: no siempre es cierto que sea la mujer quien se encuentra laboralmente peor situada en relación con el hombre en el seno de la pareja y, por tanto, condenadaa permanecer en el hogar.

Segunda cuestión: quien sostiene que la permanencia de la mujer en el hogar, con el objeto de dedicarse al trabajo doméstico, es una condena, suele ser la mujer con trabajo gratificante, socialmente considerado y bien remunerado que, por lo demás, convive con una pareja con similar trabajo e ingresos. Pero la mayoría de las mujeres —de las parejas— no se encuentran en esa situación de privilegio. Sin ningún tipo de circunloquio: esas mujeres privilegiadas no deberían imponer, por decreto ideológico, su modelo de liberación y afirmación personal a las económicamente y profesionalmente no privilegiadas. Concreto: a muchas feministas preocupadas por la liberación y la emancipación de la mujer les convendría dejar el aula, el despacho profesional o el escaño parlamentario para trabajar durante unos años en una cadena de montaje, en el gremio de la restauración o en un servicio de limpieza. Entonces, percibirían con exactitud el precio de la igualdad que impulsan. Y percibirían, también con exactitud, el precio de la emancipación que quieren hacer pagar a aquellas mujeres que se han empeñado en redimir.

Sostengo que es inadmisible la corrección política e ideológica del absolutismo discursivo feminista —la politización del sexo, por así decirlo— que se quiere imponer a todas las mujeres. Sostengo que la mujer que desee trabajar en el hogar —como la que prefiera hacerlo en la empresa— lo haga sin remordimiento, porque a fin de cuentas la libertad de elección es un valor fundamental de nuestra civilización y debe seguir siéndolo. Y, retomando la relación entre el trabajo doméstico y el extradoméstico, sostengo que, en determinadas circunstancias como las señaladas más arriba, la lógica aconseja que uno de los miembros de la pareja —el laboralmente peor situado, hombre o mujer— se dedique al trabajo doméstico, mientras que el miembro de la pareja laboralmente mejor situado —hombre o mujer— se dedique al trabajo extradoméstico. La división familiar del trabajo, decía. ¿Qué ocurre cuando, laboralmente hablando, el miembro peor situado de la pareja es la mujer? La tradicional división sexual del trabajo, decía. Pues sí. ¿Qué hay de malo en ello cuando es aceptada voluntariamente o —teoría del mal menor— viene aconsejada por la crisis? Nada. Me explico. La racionalidad económica, así como la tendencia del ser humano a obrar racionalmente, permite considerar también la familia como una suerte de empresa en que la relación entre coste y beneficio está presente. Siendo esa la realidad, se impone la asignación de recursos que pueda maximizar resultados. Así las cosas, ¿por qué desaprovechar el capital humano doméstico que, en general, posee una mujer que a veces tiene un salario inferior al del hombre en el mercado laboral? La familia eficiente es aquella que divide sus esfuerzos entre el hogar y el mercado con la perspectiva puesta en la obtención de una mayor ventaja comparativa. De ahí, la virtud de la división familiar o sexual del trabajo.

Se dirá que la división sexual del trabajo consolida el papel subalterno de la mujer. Falso. La mujer ha conquistado los derechos civiles, se ha incorporado al mundo laboral, ha llegado a la Universidad y goza de tiempo libre. ¿Y si la mujer no quiere liberarse al modo feminista y sí quiere hacerlo al modo posfeminista que entiende que la emancipación también puede conseguirse en el hogar? Hay que dar las gracias al feminismo por los servicios prestados y jubilarlo con los honores que se merezca. Pero también hay que apreciar los méritos de la mujer que individualmente ha luchado por sus derechos, de los gobiernos que los han reconocido, de la revolución tecnológica impulsada por un capitalismo que, en su afán de lucro, ha tenido la virtud de colmar el hogar con una serie de artefactos —frigoríficos, lavadoras, lavaplatos, aspiradoras, robots de cocina— que han contribuido enormemente —no es una broma— a la liberación de la mujer. Y a partir de ahí, ¿qué? Igualdad de oportunidades y libre decisión.

Miquel Porta Perales, articulista y escritor.

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