El presidente de EE UU y los europeos

Por Norman Birnbaum, catedrático emérito de la Facultad de Derecho de Georgetown. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAIS, 20/02/05):

No, declaró el presidente Bush, no leía la influyente revista estadounidense Foreign Affairs. Vaya decepción para aquellos colaboradores cuyos artículos son auténticas peticiones de nombramientos dentro de nuestro aparato imperial. Fue en Foreign Affairs, en el 2000, donde Condoleezza Rice esbozó una política exterior para Bush. Su proyecto concebía las alianzas de forma nada sentimental, e insistía en unos intereses nacionales definidos con precisión. Era el documento de estrategia de una gran empresa multinacional. Lo que nos llega ahora de la Casa Blanca son declaraciones de una iglesia universal que pretende convertir al mundo entero. En comparación con Bush y las afirmaciones recientes de Rice, el Papa y el cardenal Ratzinger parecen modestos. Cuando, mañana lunes, llegue Bush a Europa, ¿se atreverán los líderes con los que se reúna a sugerir que, en esa tierra, conviene tener algo de contención?

Podrían recomendar al presidente que se lea un documento elaborado nada menos que por la CIA, el Informe Mundial 2020 del Consejo Nacional de Inteligencia. Se ocupa del conflicto cultural, la desigualdad económica, los peligros ambientales y la violencia de una forma que hace que el tono moralizador del presidente resulte absurdo. Un absurdo al que contribuyó la doctora Rice en París, cuando exigió el compromiso europeo de colaborar en una campaña en favor de la democracia -ante un público seleccionado y que hacía preguntas autorizadas por la Embajada de Estados Unidos- y alternó las amenazas a Irán con las garantías de cooperación a los europeos, absolutamente inconsciente del mensaje contradictorio que estaba transmitiendo.

Los ciudadanos de las democracias maduras quieren ser socios de sus Gobiernos en la elaboración de las políticas, no sujetos pasivos de la manipulación. Tanto Chirac como Schröder han ofrecido recientemente ejemplos de franqueza. En Davos, Chirac invitó a las élites capitalistas del mundo a aceptar un impuesto sobre las transacciones financieras internacionales, que serviría para ayudar a las naciones más pobres. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, Schröder declaró que la OTAN está anticuada y que debe ser sustituida por nuevas formas de cooperación entre Estados Unidos y la Unión Europea. Schröder reconoció que la cooperación transatlántica es indispensable, pero no aduló a Estados Unidos con afirmaciones de que fuera el único país del mundo que hay que tener en cuenta.

Cada vez son más los estadounidenses que saben que las tareas que Bush ha asignado a Estados Unidos son imposibles. La debilidad del dólar y el déficit en la balanza de pagos ponen en peligro el futuro de la economía estadounidense y mundial. El presupuesto presentado por el presidente al Congreso aumentará las tensiones sociales en el país. Hay sectores del Ejército y el aparato de política exterior que discrepan abiertamente. Antiguos funcionarios que ocuparon cargos de responsabilidad en el imperio estadounidense han rechazado el triunfalismo exhibido tras las elecciones en Irak y han dicho que la guerra ha sido un gran regalo exclusivamente para Irán.

Los demócratas, más combativos en política nacional, temen el chantaje ideológico de los republicanos y tienen miedo de parecer “antipatrióticos” (los senadores Boxer, Durbin y Kennedy son las honrosas excepciones). El ambiente nacional está cambiando, y quienes componen el 49% que votó contra Bush tienen cada vez menos reparos en oponerse a la guerra. Eso ha provocado airadas reacciones por parte de la Casa Blanca y sus defensores, para los que ningún recurso al autoritarismo y el patrioterismo es demasiado burdo.

Tienen algunos aliados en Europa. José Durào Barroso vivió en Washington cuando su partido estaba en la oposición. No es un gran partidario de la autonomía europea, y sus ideas económicas parecen haberse forjado en Estados Unidos. El secretario general de la OTAN critica mucho más los esfuerzos europeos para independizarse que el unilateralismo estadounidense.

Berlusconi sigue en el Palazzo Chigi, pero se expone a una derrota electoral el año que viene. Blair, probablemente, será reelegido, pero tendrá que vérselas con un electorado poco partidario de la política de Estados Unidos. Existe un bando proamericano en los medios académicos, burocráticos, mediáticos y políticos de Europa. Está desconectado de las realidades de la cultura y la sociedad de Estados Unidos, pero resulta tranquilizador para los unilateralistas estadounidenses. En una crónica desde la conferencia de Múnich, la periodista de The New York Times Elaine Sciolino, habitualmente comedida, decía que los europeos estaban “ansiosos de contar con la atención y el respeto de Washington”. Quizás había hablado sólo con los que aceptan la imagen que da la Casa Blanca sobre la función de los líderes de nuestro país. Su frase preparó el lienzo, como en el arte barroco, para la visita de Bush, que va a ser una inmensa muestra de trompe l’oeil para un público estadounidense.

Los Gobiernos, partidos políticos y medios de comunicación europeos podrían creer las afirmaciones estadounidenses de que buscan el diálogo. Cuando Jacques Derrida y Jürgen Habermas dijeron que la negativa francesa y alemana a unirse al ataque a Irak era una declaración europea de independencia, en Estados Unidos pocos se enteraron de lo que habían dicho los dos filósofos. Chirac, Schröder, Zapatero y Solana son más difíciles de ignorar. Y lo serán especialmente si dejan clara su intención de no participar en lo que Schröder, en 2002, denominó “aventuras”.

La preocupación de Estados Unidos por Irán, su posible capacidad nuclear y su régimen, tiene rasgos de obsesión. Parece que ya han comenzado las actividades preliminares del Ejército estadounidense en dicho país (infiltraciones y vigilancia desde aviones no tripulados). Una manera de evitar que el conflicto se extienda a todo Oriente Próximo sería que los países de la Unión Europea, o algunos de ellos, dejaran claro que no van a permitir el uso de sus bases ni su espacio aéreo para atacar a Irán. (El Gobierno español retiró a sus tropas de Irak, pero no restringió el uso de las bases a Estados Unidos. ¿Se lo han agradecido?).

Mientras tanto, los europeos, en los últimos tiempos, han mostrado una pasividad extraordinaria sobre el conflicto entre Israel y los palestinos, al no utilizar sus relaciones comerciales con Israel como forma de presionar a su Gobierno. Los que han vivido los años transcurridos desde 1967 tienen motivos para temer que el nuevo alto el fuego vaya a durar poco. No se puede dejar este asunto en manos de un Gobierno estadounidense que, hasta ahora, ha vivido atado de pies y manos por el lobby israelí y las fantasías de los unilateralistas sobre la omnipotencia de Estados Unidos.

La oposición a Bush dentro de Estados Unidos es discordante, carece de coordinación y se muestra algo dudosa. La claridad por parte de los europeos ayudaría a los estadounidenses que desean el regreso a las tradiciones liberales e internacionalistas de nuestro país. Vamos a ver si los europeos, en Bruselas y Maguncia, están a la altura de sus oportunidades de hacer pedagogía. Bush asegura que busca el ejercicio de la democracia en todo el mundo: ¿por qué no enseñarle cómo se practica en Europa?

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