El Presidente de Europa será estadounidense

Les guste o no, el próximo presidente de Estados Unidos será también su presidente, aunque no sean ustedes ciudadanos estadounidenses. Sobre todo en tiempos de guerra, pero también para contener las amenazas internacionales que afectan a nuestra seguridad. Un ejemplo: hace tres años, una hora después de que François Hollande anunciara públicamente un ataque aéreo contra el Ejército de Bashar Al Assad que acabaría masacrando al pueblo sirio, Obama informó al presidente francés de que los estadounidenses no apoyarían esa ofensiva; la aviación francesa, considerable a escala europea, fue incapaz de golpear más allá sin el apoyo logístico de Estados Unidos. La retirada de Obama abrió de par en par las puertas de Siria a Daesh y al Ejército ruso, que en ese momento redujo Alepo a cenizas. Pero gracias a la Marina estadounidense el comercio mundial funciona sin problemas, especialmente gracias a la VII ª Flota, gendarme del Pacífico: sin ella no tendrían en el bolsillo un smartphone barato que llegó de forma segura desde Taiwán o Corea del Sur. El orden mundial y el desorden mundial dependen esencialmente del presidente de Estados Unidos, jefe de los Ejércitos: como tal, tiene mayor libertad de análisis y de intervención fuera de su país que en el interior. Y una paradoja: el presidente de Estados Unidos es más presidente del mundo que presidente de los estadounidenses, pues en su país, según los deseos de los padres fundadores y autores de la Constitución, está atado por los contrapoderes del Congreso, de los estados y del Tribunal Supremo.

La paradoja que esos padres fundadores no imaginaron –por lo minúscula que era su nación– es que solo los estadounidenses designarían a la persona que gobierna el mundo. Y así estamos, pues, en estos días, espectadores impotentes de un espectáculo desconcertante: un puñado de ciudadanos de New Hampshire, después de los de Iowa, poco representativos de la sociedad estadounidense (ni negros ni hispanos, todos protestantes) catapultan hasta la Casa Blanca a personajes excéntricos: un bufón multimillonario y un abogado marxista. Ninguno de los comentaristas ilustrados, ni en Estados Unidos ni en Europa, imaginó que el proyecto de Donald Trump de construir un muro en la frontera con México para impedir a «violadores y asesinos» (sic) entrar en Estados Unidos pudiera superar la etapa del reality show y convertirse en el programa presidencial en torno al cual todos los demás candidatos se sienten obligados a tomar posiciones. En la carrera por la designación entre los republicanos, se llevará la palma el que mejor consiga frenar la inmigración en una nación que se compone solo de inmigrantes. El éxito de Bernie Sanders también nos deja atónitos: quitar a los ricos para dárselo a los pobres. Algo a medio camino entre Karl Marx y Robin Hood en un país que se ha convertido, gracias al capitalismo, en el más rico del mundo, en un lugar donde un «pobre» vive mejor que la mayoría de las clases medias europeas, es un programa tan paradójico como el de Trump. Lo que no impide que Bernie Sanders fuerce a su rival, Hillary Clinton, a salir de su reserva, que la obligue a denunciar la miseria que se supone que asola Estados Unidos; ella solo se distingue insistiendo en los homosexuales y los negros, cuyo apoyo ve más claro.

Pero hay que ser razonables: aun suponiendo que Trump y Sanders sean los candidatos finales para la elección presidencial de noviembre, su teatro grandilocuente no se convertirá nunca en un programa real: el Congreso y la realidad lo impedirán. Estas primarias muestran sobre todo la rebelión de los votantes contra los profesionales de la política, formateados, sin imaginación. Más allá de Trump y Sanders, los estadounidenses están buscando un nuevo Ronald Reagan que les haga soñar con algo mejor que un Clinton o un Bush más.

En este espectáculo, la política exterior es el figurante. Sanders, que es judío, protegerá a Israel, pero cualquier estadounidense se comprometería a hacerlo. Trump, al que le cuesta situar Siria en el mapa, anunció que bombardeará a los terroristas y doblegará a Putin con solo mirarlo a los ojos. ¿Y Europa? No se la menciona, pues todos los candidatos la ven como un lugar de veraneo, de golf para Trump. Obama, por lo menos, tenía un proyecto, aunque no fuera otro que ser el gendarme del mundo, no involucrar al Ejército sobre el terreno, alabar el pacifismo como religión universal y enfriar el planeta. Sus sucesores, más realistas y más vanidosos, nos dicen: «Ya veremos cuando estemos allí». Este será el programa del futuro presidente, sea quien sea. ¿Deberíamos preocuparnos? No del todo. La Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Ejército funcionan para muchas cosas con el piloto automático. Es raro que un presidente no apoye la estrategia que el Estado Mayor finge presentarle para su aprobación. Ningún presidente, por ejemplo, sería capaz de retirar a la VII ª Flota del Pacífico, aunque tuviera unas ganas locas de hacerlo.

Un exembajador de Francia en Washington, Jean- David Levitte, proponía irónicamente que los europeos pudieran designar a algunos miembros del Senado de Estados Unidos: sería, según explicó, la única manera de que los europeos estuvieran representados en Washington y de que se les escuchara. Como casualmente yo soy a la vez ciudadano francés y ciudadano estadounidense, tendría el derecho y el privilegio de votar dos veces, eligiendo al presidente francés para los asuntos internos y al presidente estadounidense para los asuntos exteriores; sin partidismos, apoyaría al menos excéntrico, con la esperanza de encontrar al menos uno aquí y allá.

Guy Sorman

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