El Presidente, el Papa y el Comandante

Hace casi diez años, un periodista inglés publicó un libro («El presidente, el Papa y la primera ministra») que seguía el curso de las vidas paralelas de Ronald Reagan, Juan Pablo II y Margaret Thatcher, y examinaba la profunda influencia que este trío de líderes había tenido en el acontecimiento más importante de la segunda mitad del siglo XX: el desmoronamiento de la Unión Soviética y la liberación de la decena de países europeos que habían vivido varias décadas bajo dictaduras comunistas.

Otro Papa y otro presidente norteamericano han vuelto a ser noticia en relación con una de las dos últimas dictaduras comunistas que quedan en el planeta, la de la familia Castro en Cuba. No se trata, por supuesto, de comparar el final de la guerra fría con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos después de medio siglo de hostilidad implacable. El proceso cuyo símbolo es la caída del muro de Berlín tuvo repercusiones planetarias y una relevancia histórica de primera magnitud. En cambio, las declaraciones simultáneas de Barack Obama y de Raúl Castro no pasan, por el momento, de ser un hecho notable en el ámbito del continente americano. Es cierto que el eco de la noticia se oye con especial fuerza en nuestro país, lo que en parte se debe a la extraña y nunca del todo explicada fascinación que el régimen cubano ha ejercido sobre un amplio sector de la izquierda española.

Hay, sin embargo, en este acercamiento de Cuba y Estados Unidos algunos elementos que merecen una reflexión más detenida. Uno de ellos es la mediación del Papa Francisco I. La historia de los arbitrajes pontificios en América es muy larga: unos meses después del descubrimiento del nuevo continente, una bula papal fijó la línea que serviría para dividirlo entre españoles y portugueses. En realidad, aquella bula fue todavía emitida en ejercicio de la función de árbitro natural y garante de la armonía entre los príncipes cristianos que al Sumo Pontífice correspondía en la Europa medieval. Muy poco tiempo después, el desafío de Lutero rompió la unidad espiritual de la cristiandad y el Papa dejó de tener la posición «super reges et regna», sobre los reyes y los reinos, que durante tantos siglos había ocupado. Pero si Lutero triunfó y Roma perdió aquella supremacía fue porque con frecuencia el Papa olvidaba la naturaleza espiritual de su misión y se convertía en un gobernante secular más de los que pugnaban por el poder en Europa.

Tras el Concilio Vaticano II, el pontificado adquirió una renovada influencia espiritual en materia política, que Juan Pablo II ejerció con especial vigor y que ahora corresponde a Francisco I. Así lo reconoció Barack Obama en la visita que hizo al Vaticano en marzo pasado. «La suya es una voz que el mundo debe escuchar», dijo el presidente norteamericano. Y añadió que la autoridad moral del Papa hacía que sus palabras contaran: «Con una sola frase, él puede focalizar la atención del planeta». En el fondo, esta situación no es sino un éxito más, ahora a escala internacional, de la aplicación del principio que con tanta valentía defendieron Montalembert y otros católicos liberales en el siglo XIX: la iglesia libre en el estado libre. El Concilio Vaticano II vino a aceptar sin reservas los fundamentos de la democracia, a romper los últimos vínculos de la Iglesia Católica con el poder político y a renovar así su autoridad en asuntos seculares.

¿Será este acercamiento del régimen castrista a Estados Unidos el primer paso de una transición a la democracia en Cuba? En abril de 2005, inmediatamente antes de la elección de Benedicto XVI, escribí en estas páginas lo que transcribo a continuación, no sin antes rogar al lector que me perdone si parece que presumo de clarividente: «Un Papa latinoamericano sería un formidable profesor de libertad para nuestra parte del nuevo continente».

Bien podría la roca de Pedr o a ca bar tr i unf a ndo donde f ra ca s ó l a Si e r ra Maestra. Piensen quienes lean esto con escepticismo que, en su largo camino a través del socialismo, la Europa del Este dio lugar a un hombre nuevo que contribuyó decisivamente a liberar el continente. Pero no fue un Prometeo que enarbolara la antorcha del materialismo histórico, sino un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan: o, si se prefiere, «Karol». Ahora tengo la convicción de que la influencia de Francisco I será clave para traer la democracia a Cuba. El comandante Raúl Castro puede desempeñar en esta transición un papel positivo, quizá semejante al que correspondió al general Jaruzelski en Polonia durante los años 1989 y 1990. Para ello le bastará con seguir el viento de la historia y dejar que la Sierra Maestra vuelva al ámbito de la orografía, del que nunca debió salir.

Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín, abogado.

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