El ‘Prestige’ y el ‘barril de los milagros’

Por Manuel Rivas, escritor (EL PAÍS, 13/11/04):

En La mejor democracia que se puede comprar con dinero, el brillante y perturbador Greg Palast dedica un espeluznante capítulo a las consecuencias del desastre del Exxon Valdez en la vida de algunas comunidades afectadas de Alaska, y cuenta la curiosa historia del barril de los milagros. Una de esas historias, como él dice, de las que nunca se habla.

El barril de los milagros era un recipiente con agua de mar limpia y que estaba depositado en el laboratorio de análisis preventivos, allí donde se efectuaba la lectura del «petróleo en el agua», ese «texto» producido por los pequeños vertidos, pero que avanzaba un relato más grande. Estos datos podrían haber servido para alertar a las autoridades encargadas de la protección costera de la insolvencia en el sistema de contención previsto para frenar un gran vertido en caso de accidente. Una técnica del laboratorio, Erlene Blake, contó a Palast que la superioridad les había ordenado modificar los resultados preocupantes por el más sencillo método de llenar los tubos de análisis con el agua limpia contenida en el barril de los milagros.

Que se sepa, en Galicia, antes del Prestige, no había un barril de estas características, pero la catástrofe puso en evidencia que la protección costera, y los operativos de prevención y contención, se encontraban en una dimensión milagrera. Es más, todo lo sucedido, desde el periplo errante del Prestige hasta los ímprobos esfuerzos para frenar la comisión en el Parlamento Europeo, y después de sabotear una e impedir otra en las cámaras autonómica y española, nos permite acudir a la precisión de una metáfora. Vivíamos en el interior de un gran barril de los milagros. En la forma de gobernar, en la política informativa, en la relación con la ciudadanía, el agua real era sustituida en el laboratorio del poder por un agua milagrosa, pues sabido es, como señala Fabricius en su Teología del agua, que «no hay ni Pólipo ni Camaleón que pueda cambiar de color tan a menudo como el agua». Cuando esa agua preparada no surtía efecto, por ejemplo, en el campo informativo, era relevada por otra fórmula destinada a los insensibles y desafectos al «milagro histórico» de la era Aznar. Para ese brebaje, la prensa libre británica había acuñado un término en la época Thatcher: «La intimidación».

En Galicia, donde el Gobierno de la derecha conservadora adquiere formas geológicas (de ahí quizá la exitosa consigna con la que Fraga ha cerrado cada campaña: «¡Buscad el voto debajo de las piedras!»), algunos críticos, arrastrados a la hipérbole por la fatiga, han hablado de una asfixiante atmósfera política de «excepción permanente». La ciencia política en este caso parece referirse a una conjunción de anormalidades democráticas: caracterización del adversario como enemigo, ocupación particular de la Administración (partido-facción) y, sobre todo, una consideración del líder como enviado de la providencia, que conduce al decisionismo, el acatamiento incondicional. Por más que alguno «escupiera por el colmillo», ése era el común denominador de la reciente rebelión en el poder gallego, pues mientras uno pedía en forma casi conmovedora: «¡Debajo de Fraga, democracia!», el otro, de manera también entrañable, posponía: «¡Después de Fraga, democracia!».

Pero pese a los antiguos vínculos de Fraga con Carl Schmitt, aquel «Epimeteo cristiano» (autorretrato de quien se prestó a abrir terribles cajas de Pandora), es verdad que Aznar representaba el modelo con una precisión tonal apodíctica que todavía hoy retumba en las hemerotecas. Había dado ya algunas muestras de decisionismo, impulsadas con alegría lapidaria, pero es frente a la ciudadanía movilizada por el caso Prestige cuando se produce su gran corte epistemológico. «Se les acabó el chollo a los agitadores del resentimiento. ¡Se acabó!» (26 enero de 2003). Y fue ese mismo día, en Santiago de Compostela, donde instó a la Xunta y al PP gallego a «acallar a los que ladran su rencor por las esquinas». Aznar perdió una magnífica oportunidad para emular a Oscar Wilde: «Es escandaloso que la gente vaya diciendo por ahí, a espaldas de uno, cosas que son absolutamente ciertas». Pero estaba claro entonces que el presidente no bromeaba cuando ordenaba el fin de la realidad. Hubo quien se puso de inmediato a la obra. Por ejemplo, el fiscal general. Hubo medios de prensa que colocaron en portada como forajidos a los portavoces más visibles de la protesta ciudadana. Los servicios informativos de la televisión pública, dirigidos por Urdaci, dieron pábulo a las infamias sin posibilidad de respuesta. Los voluntarios fueron puestos bajo sospecha, e insultados en algunos municipios controlados por el partido gobernante. Y tanto los portavoces del Gobierno central como de la Xunta insinuaron que era un diablo terrorista quien movía los hilos de la protesta. Hasta los 50.000 escolares que se dieron la mano frente al mar tuvieron que cargar en las mochilas terribles anatemas. De ese acto, quizás el más emotivo a nivel mundial en defensa del mar, no busquen imágenes aéreas de TVE. No existen. La jefatura prohibió esa filmación a los profesionales del centro gallego.

La inmersión de los gobernantes en el barril de los milagros dio lugar a una sarta de frases célebres durante aquel periodo, y que hoy leemos, con la mejor voluntad, como accidentales versos dadaístas. Uno de los métodos de Dadá era llenar el sombrero de palabras y lanzarlas al azar para componer textos. Recuerdo en esa situación embarazosa, aunque no llevaba sombrero, al entonces ministro de Medio Ambiente, señor Matas, justo el día en que terminó por hundirse el petrolero. La escena transcurría en una playa, Barrañán, ya cubierta de fuel, pero la gran comitiva estableció un círculo, el del barril de los milagros, y el ministro volvía a negar la evidencia de una marea negra. En general, el primer problema de las autoridades, tanto en el Gobierno central como en la Xunta, fue que no estaban preparados para una desobediencia por parte de los hechos. Pese al gran empeño mediático del Gobierno, la realidad seguía un desastroso curso y los hechos se insubordinaron.

Es verdad que no había ni planes actualizados ni medios suficientes. Y eso en una zona marítima altamente sensible, con un intensísimo tráfico de mercancías peligrosas y con un historial espeluznante de catástrofes. No cabe tampoco referirse a una general indiferencia, aunque es cierto que en España no existe la debida conciencia de país marítimo. He aquí una de las historias que no se podían contar, inmersos en el barril de los milagros: tan sólo 18 días antes de producirse el siniestro, la Asociación Profesional de Marinos de la Administración Marítima Española (Aspromar) remitió un informe dramático sobre las deficiencias en seguridad y prevención de la lucha contra la contaminación. Otra asociación profesional, la de Titulados Náutico-Pesqueros (Aetinape), llevaba años emitiendo avisos sobre los peligros en el «corredor atlántico». En algunas intervenciones de portavoces de la era Aznar subyacía un reproche por la gran protesta ciudadana en torno al caso Prestige: «¿Por qué ahora y no antes?». Con el caso Urquiola, en 1976, todavía dominaba el miedo franquista, pero aun así en Galicia se alzaron muchas voces, incluida la indignada del gran escritor Álvaro Cunqueiro, conservador pero también conservacionista. Pero fue a principios de los ochenta cuando se produjo en Galicia una movilización cívica que tuvo casi la misma amplitud y sentido que el Nunca Máis. Y lo que es más importante: se saldó con éxito. Hablo de las protestas contra el cementerio de residuos radiactivos situado en la fosa atlántica, no muy lejos del lugar donde la combinación de mala suerte y mala puntería llevaron al Prestige. La gran protesta ciudadana, que incluso se llevó a alta mar para bloquear el depósito de los bidones radiactivos por los cargueros, obtuvo al final eco en los organismos internacionales y se consiguió paralizar aquel disparatado cementerio y otros semejantes en diferentes mares. No obstante, hubo una diferencia sustancial entre aquella movilización y lo ocurrido con el petrolero hundido en noviembre de 2002. Entonces, el Gobierno de Unión de Centro Democrático no se entusiasmó con la movilización, pero tampoco reaccionó con hostilidad. Aquellos ciudadanos que ejercían la ciudadanía eran algo extraños, eso sí, pero todavía no eran marcianos.

Hay un dicho que se atribuye a san Agustín: «Errar es humano, perseverar es diabólico». En el caso Prestige se cumplió el irónico aforismo de que los expertos son esos técnicos a los que se convoca para tomar una decisión que otros ya habían tomado de forma equivocada. Pero lo que de verdad llama la atención («poderosamente», con perdón) no es el error con un barco cargado de fuel pesado; es el perseverante error con la gente. La movilización cívica fue lo mejor que pudo pasar una vez confirmada la tragedia ecológica. La acción comunitaria (grito, denuncia, voluntariado) es una terapia fundamental en una catástrofe que afecta al hogar. He aquí uno de los párrafos más interesantes y menos leídos de la Constitución: «Los poderes públicos velarán por la utilización racional de todos los recursos naturales, con el fin de proteger y mejorar la calidad de la vida y defender y restaurar el medio ambiente, apoyándose en la indispensable solidaridad colectiva». ¿Dónde estamos dos años después? No podemos aceptar el discurso de la derrota. Estamos en otro hemisferio mental. Los gobernantes tienen que dar cuenta de sus incumplimientos, y con la cabeza fuera del barril de los milagros.

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